39. Elise
Elise
Evie y mi hermana me recogen en el aeropuerto de La Guardia y nos dirigimos a su casa.
Viven en un pequeño apartamento en Brooklyn, cerca del hotel donde trabaja Emily, y, nada más poner un pie dentro, me dejo inundar por el olor a hogar que se respira entre estas cuatro paredes.
Pasamos el día las tres juntas viendo películas como hacíamos cuando aún vivía mamá, jugando a juegos de mesa y riéndonos a carcajadas mientras vemos vídeos en internet o recordamos anécdotas o intentamos hacer la última receta viral de TikTok.
Estar con ellas me permite conectar con el presente de nuevo, con mis raíces, con las cosas realmente importantes de la vida.
—Estoy muy orgullosa de lo que has construido —le digo a mi hermana cuando por fin Evie se va a la cama y las dos nos acomodamos en el sofá con una copa de vino.
—Gracias. No siempre es fácil, ¿sabes? Criar en solitario y tratar de tener una vida. Pero lo hago lo mejor que puedo y eso parece ser suficiente.
—Lo estás haciendo genial. Eres una madre increíble.
—Ya... —Su mirada se enturbia unos instantes—. A veces, me siento muy sola. Pero todas las noches, cuando las dos estamos en casa y la veo relajarse al final del día, siento que merece la pena.
—Claro que merece la pena. Ojalá estuviera más cerca para ayudarte.
—Podrías venir a vivir aquí —sugiere mi hermana de pronto—. En Nueva York hay muchas cadenas importantes, cientos de posibilidades para alguien como tú.
—No tengo el perfil —respondo—. Mis únicas experiencias son en una cadena local donde una entrevista mía se hizo viral porque un actor me pidió salir, un trabajo como reportera que todo el mundo sabe que conseguí gracias a él y otro en un pequeño programa que solo se emite en San Francisco de madrugada.
Nadie va a tomarme en serio en Nueva York.
—Pero al menos no estarás sola.
—Eso es verdad.
—Ni tampoco cerca de él.
Suspiro.
—También es verdad.
Me desahogo con mi hermana sobre lo que han supuesto los últimos meses. No solo en lo relativo al tema de Jake o lo profesional, sino a Wes. Cómo lo que empezó como un espacio seguro para él se fue complicando hasta transformarse en algo dañino para mí.
Los sentimientos que un día nacieron estallaron de golpe hasta que fueron imposibles de gestionar. Y cómo, de pronto, me vi envuelta en una dinámica peligrosa, con un hombre comprometido con otra, que me mandaba señales contradictorias mientras yo permitía que eso creciera y creciera y creciera.
—Ver a Laurie fue demasiado —le digo a mi hermana—. Es una persona real. Y sé que no la ha engañado, pero...
—¿Crees que no la engaña, Elise? —me corta Emily—. ¿Crees que porque no os hayáis acostado está siéndole fiel?
—No. Tienes razón.
—No es honesto con ella. Ni justo contigo.
No os está respetando a ninguna. Y antes de que me hables de su pasado, su hermano muerto y sus rollos.
.. voy a suplicarte que dejes de justificarlo.
Tú también cargas mucho a tus espaldas y no es una excusa para portarte mal con la gente que te importa.
Si no lo hace él, tendrás que respetarte tú misma.
Y mucho me temo que poner tierra de por medio es el primer paso.
Agacho la cabeza mientras analizo las palabras de mi hermana.
Sé que tiene razón. Sé que mi vida en San Francisco se ha construido sobre cimientos que no se sostienen, que tardarán poco en venirse abajo.
Un trabajo que no me gusta, por más agradecida que esté de que me dieran la oportunidad en su día. La compañía de alguien que no puedo tener, que no es bueno para mí porque no va a elegirme.
Wes nunca me elegirá, pero yo seguiré soñando que lo hará algún día. Seguiré esperando a que esa versión suya que vive encerrada en su interior rompa su caparazón, su propia crisálida, y tome las riendas de su vida.
Y la espera acabará destrozándome.
—Mañana a primera hora llamaré a Sam —decido al instante—. Voy a pedirle que mueva un par de contactos.
—Esta es mi chica. —La sonrisa de mi hermana me reconforta como lo haría el abrazo de nuestra madre.