El verano que fuimos libres 38. Wes
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38. Wes

Wes

Días después, me acerco al cementerio para visitar la tumba de mi hermano.

Lo hago en ciertas ocasiones, cuando siento que he perdido la perspectiva de una situación hasta el punto de volverme loco.

Suelo sentarme junto al lugar donde descansan sus restos y dejo pasar el tiempo. A veces le hablo en voz alta. A veces, en silencio.

Si cierro los ojos, casi puedo olerlo o escuchar su voz.

Cuando ya llevo un rato observando la maleza que ha crecido alrededor de su lápida, siento una presencia a mi lado.

Me sorprende ver a mi madre.

Por un instante, me pregunto si ella también hace que me sigan o si este encuentro es fruto de la casualidad.

—Mamá, ¿qué haces aquí?

No dice nada. Yo me pongo en pie y ella permanece parada, a mi lado, mirando el lugar donde se lee el nombre de su hijo.

Al cabo de un rato, empieza a hablar:

—Cuando erais niños, a Marcus no le interesaban los juguetes, ni la televisión, ni nada de eso. Él solo quería salir de excursión, perderse en el bosque, rescatar animales heridos. Tenía una sensibilidad que no he visto nunca en ninguno de mis hijos.

Yo asiento, despacio.

—Era muy especial.

—No pasa un día sin que piense en él.

La emoción que se siente en su voz me pone un nudo en la garganta.

En casa, nunca se menciona a Marcus. A veces parece que todos hayan olvidado su existencia.

Sin embargo, en los ojos de mi madre se trasluce una pena profunda. Una similar a la que me azota a mí por dentro. Quizá sea por eso por lo que me atrevo a hacerle una pregunta que, hasta este momento, jamás había tenido el valor de formular:

—¿Te arrepientes? De haberle dado la espalda por querer algo diferente de la vida.

Las manos de mi madre tiemblan ligeramente, pero no parece sorprendida por la pregunta.

—Es complicado, Wes. Ser quienes somos conlleva tantos sacrificios... Hay gente que viene al mundo para ser feliz. Otra, para cumplir con un propósito que va más allá de los deseos propios. Nosotros somos ese tipo de gente.

Dejo escapar el aire y miro al cielo. Los rayos de sol se filtran a través de un grupo de nubes y lo impregnan todo de una luz blanquecina.

Mi interior se resigna al comprender, de viva voz, que a mi madre le preocupa más la estabilidad de Allensyr que la felicidad de sus hijos.

—Pero somos humanos, mamá. Sepultar nuestros deseos de por vida en nombre del deber acaba teniendo un precio demasiado alto. ¿No crees?

Mi madre se queda callada durante tanto tiempo que me pregunto si me habrá oído. Entonces, en medio de un suspiro, dice:

—Tienes razón, Wes, somos humanos. Imagino que todos tenemos un límite.

—¿Cuál es el tuyo?

Sus ojos me atraviesan un instante.

Después, recoloca su bolso y mira de nuevo al frente.

—Supongo... que no podría soportar perder otro hijo.

A continuación, guarda silencio y ambos nos quedamos mirando a la nada.