41. Elise
Elise
Mis últimos días en San Francisco están cargados de un sentimiento ambivalente, parecido a mi relación de amor-odio con la ciudad.
Me entristece decir adiós a mis compañeros. Al piso donde he vivido estos tres meses, aunque no haya llegado a sentirlo como mío. A las calles que he pisado a diario. A los amigos que he hecho por el camino.
—Ojalá lo hubiera sabido —me dijo Molly cuando, al contarle que me marchaba, me encontré a mí misma confesándole todo: lo de Wes, lo del festival, la elección que no había hecho.
—¿Por qué?
—Te hubiera aconsejado que te alejases de él. Lo quiero muchísimo, es uno de mis mejores amigos, pero... no te merece, Elise.
Molly y Brian organizan una pequeña cena de despedida en su piso, a la que solo acudimos nosotros y Mark y Luke.
Me regalan una pulsera en la que han grabado mi nombre y, antes de dar por finalizada la noche, me aseguran que siempre habrá lugar para mí en San Francisco.
Paso el día siguiente en mi casa, guardando mis cosas en cajas y haciendo las maletas.
Y, justo unos minutos antes de que llegue el taxi que me llevará al aeropuerto, suena el timbre.
Lo primero en lo que pienso es que se trata de él.
Y, aunque no debería abrir la puerta, una fuerza invisible tira de mí.
Solo que no es él quien está al otro lado, solo... la nada.
Y, pese a todo, hubiera dado cualquier cosa por verlo una vez más, por irme de la ciudad con el recuerdo de sus ojos derramándose al decirme adiós.
Él habría dicho algo como: «Sé que soy un gilipollas y que no debería haber venido, pero no podía soportar que te fueras sin decirte que pensaré en ti cada minuto de cada puto día».
Y yo hubiera respondido: «Estaba en tu mano cambiar las cosas, pero dejaste marchar nuestra oportunidad».
Y, después de muchas miradas tristes y algún que otro reproche, le hubiera suplicado que se fuera porque el resultado iba a ser el mismo.
Suspiro con una tristeza que me ahoga y, antes de entrar en casa de nuevo, reparo en el paquete que hay junto a la puerta.
Extrañada, rasgo el papel y contengo la respiración al ver el cuadro. Historia de un desamor . El que analizamos juntos en aquella exposición, durante esa noche que parece tan lejana. El de la chica que sostiene un corazón en la mano. Uno que palpita, que no le pertenece.
Leo la nota que viene pegada al marco:
Siempre fue tuyo.
Y entonces lo veo claro.
La chica soy yo.
Y el corazón, el suyo.