36. Wes
Wes
Algo cambia en Laurie los días siguientes.
Su pose fría e indiferente se relaja y parece más cercana, conciliadora.
Se muestra comprensiva con todo lo que me rodea: el trabajo, los compromisos, las noches que sabe que no logro pegar ojo.
No sé a qué se debe el cambio, pero empiezo a respirar mejor en su presencia. Poco a poco bajo la guardia. Quizá por eso me sorprendo cuando el viernes aparece en el piso de la ciudad, cuando yo ya había dado por hecho que estaría en la casa de las afueras.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto al verla con un vestido de diseño y zapatos de tacón—. Tengo planes. Es la inauguración del restaurante de Mark.
—Lo sé. Tu secretaria me lo comunicó hace varias semanas y lo anoté en mi agenda.
—¿Vas a venir?
—Claro.
—No es necesario. Sé que no te gustan esta clase de planes.
—¿Qué clase de planes?
—En los que no hay prensa. —Y se me escapa cierta acritud que ella pasa por alto.
—Me apetece relajarme. Y me apetece estar contigo.
No se me ocurre ninguna réplica a ese comentario, así que simplemente me doy la vuelta y me dirijo a nuestra habitación.
Abro el armario, cojo una americana y, cuando me doy la vuelta, Laurie está ahí, observándome desde la puerta.
—Creo que tenemos que hablar —me dice—. Estoy... preocupada por ti.
—¿Por qué? Estoy bien. Solo es estrés.
—Apenas vienes a casa. Duermes casi todas las noches en este piso.
—Salgo de la oficina a las tantas.
—Ya lo sé. Pero me preocupas. ¿Te estás escondiendo de algo?
—¿De qué crees que me escondo?
—Si es por la boda, ya te he dicho que me parece bien algo sencillo. No necesito una celebración por todo lo alto. Algo íntimo está bien, algo nuestro.
Dejo escapar un suspiro, pero, cuando voy a inhalar de nuevo, siento que no hay aire suficiente en la habitación. Me ahogo. Por todo. Por Laurie y la culpa. Por Elise y la culpa. Por Marcus. Por mí. Por la parálisis. Por ser incapaz de luchar.
—¿Por qué estás conmigo, Laurie? —inquiero, como si la pregunta flotase a nuestro alrededor de una manera que fuese imposible ignorar por más tiempo.
—¿Cómo? —Me mira desconcertada.
—Sí. ¿Por qué estás conmigo? ¿Qué es lo que te gusta de mí?
—Wes, ya lo sabes: te quiero desde la primera vez que te vi.
—No es eso lo que te he preguntado.
Por un segundo, ella parece descolocada y, después, comprende que este es un momento decisivo. Que necesito una respuesta. Que, al menos, debe hacer el esfuerzo de pararse a enumerar todas las razones por las que se empeña en que lo nuestro siga funcionando.
—Eres un hombre íntegro. Confiable. Leal. Siempre haces lo que tienes que hacer. Nunca traicionarías a los tuyos. Cumples con tu deber. Por eso te quiero. Por eso te queremos todos.
Algo dentro de mí se rompe. Porque es entonces, mientras proceso las palabras de Laurie, cuando me doy cuenta de que la imagen que me esfuerzo por dar, la persona que trato de ser, ha terminado convirtiéndose en la persona real.
La única que mi entorno conoce. La única a la que mi familia quiere, entiende, respeta. Si dejara de ser él, ¿qué me quedaría?
Me froto la cara.
—Debemos irnos ya —digo—. Vamos a llegar tarde.
El trayecto hasta el restaurante de Mark es silencioso. Yo sigo perdido en mí mismo.
Solo cuando cruzamos las puertas del local, una sonrisa consigue asomarse a mi rostro. El lugar es impresionante, con sus vistas a la bahía y al Golden Gate.
—Enhorabuena, colega —le digo a mi amigo, que me abraza con calma al verme llegar.
—Gracias, señor James. Laurie, no sabía que ibas a venir —dice mientras deja un beso en su mejilla.
—Ha quedado espectacular, Mark. Es precioso.
—Muchas gracias.
Mark comparte algunos detalles de la inauguración con nosotros: la carta, el personal, el maridaje escogido. Y, de pronto, las puertas se abren de nuevo.
Molly, Luke y Brian hacen acto de presencia. Con ellos, llega Elise.
Y el aire abandona mis pulmones cuando la veo entrar en la estancia y el foco que bailaba antes por toda la sala se centra solo en ella.
En ella y en su mirada de plata. En ella y en su expresión desbordante.
En ella y en su manera de moverse, como si flotase, como si fuera dueña de sus pasos, del aire, de todo.
Los cuatro se detienen frente a nosotros. Mis amigos y Luke saludan a Laurie. Y entonces alguien le pregunta:
—¿Conoces a Elise?
—No en persona. Pero claro que sé quién eres. —Laurie dibuja una sonrisa amable al dirigirse a ella—. No sabía que eras amiga del grupo. No me lo digas. ¿Una de las chicas de Mark?
—Algo así. —Elise se desenvuelve con naturalidad a pesar de la tensión que rodea esta escena.
—Eres su tipo, desde luego. Sabía que te había fichado una cadena de aquí, pero no veo tu programa. Te seguía más cuando estabas en Los Ángeles.
—Ya, claro. ¿Quién no vio aquella mítica entrevista?
—Yo también le hubiera dicho que sí a Jake Danton. No te ofendas, cariño.
Laurie pasa un brazo cómplice por mi cintura y yo quiero morirme al ver la manera brusca en la que Elise traga saliva ante la intimidad de ese gesto.
—No te dejes engañar por las apariencias —le responde a Laurie, con cierta tirantez—. Con Jake, nada es tan bonito como parece.
—Cierto. —Laurie parece avergonzada—. Disculpa, no quería...
Elise se fuerza a componer otra sonrisa.
—No te preocupes. Encantada de conocerte, Laurie. Voy a por algo de beber.