35. Elise
Elise
Elise: ¿Cómo lo has hecho? Las fotos han desaparecido. Te dije que no hicieras nada.
Wes: No he sido yo.
Elise: No me lo creo.
Wes: Es difícil de explicar.
Los últimos días han sido un infierno que me han llevado de vuelta a meses atrás, cuando se desató todo el escándalo de Jake.
El teléfono sonando, los medios hablando de mí, mis compañeros mirándome de reojo.
La foto es de mala calidad y parece reflejar algo que no es exactamente fiel a la realidad: Wes y yo tuvimos una conversación intensa, pero no llegamos a discutir.
Sin embargo, da la sensación de que esa imagen muestra una trifulca nocturna que me ha puesto de nuevo en el punto de mira.
Y, entonces, las fotos desaparecieron y todo fue aún peor. Las especulaciones comenzaron. ¿Quién era él? ¿Con qué gente influyente estaba relacionado si había sido capaz de retirar las fotos de todos los medios oficiales?
Cuando, en medio de esta vorágine de correos y pensamientos, suena el timbre de mi casa y veo que es él, mi mundo se viene abajo. Ni siquiera recuerdo haberle dicho en qué planta vivía.
—¿Qué estás haciendo aquí? —le pregunto.
—Quería hablar contigo.
Observo la expresión apesadumbrada que luce, la barba de dos o tres días, las ojeras bajo sus ojos y, de pronto, el enfado y la decepción que había acumulado dentro en los últimos días se esfuman. Lo dejo entrar en mi casa.
—¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? —le pregunto mientras él permanece inmóvil, junto a la puerta, sin saber cómo reaccionar.
—Nada.
—¿Nada? ¿Qué ha pasado con las fotos?
Una mueca amarga se extiende en su boca. Parece que quiere decir algo, pero no lo hace, y la incomodidad que ambos sentimos se funde con el silencio.
—¿A qué has venido, Wes?
—Quería verte. Asegurarme de que estabas bien.
La mirada que me dedica atraviesa todas mis capas, se me clava dentro y me hace daño.
Porque es la mirada de alguien vulnerable, que está sufriendo por no tener lo que quiere.
Pero también es la mirada de alguien que no va a luchar porque esto que hay entre los dos no le merece lo suficiente la pena como para empezar, de una vez por todas, a ser valiente.
—Deberías irte. Te dije que no era buena idea que siguiéramos viéndonos.
Traga saliva con dificultad. Parece desolado cuando dice:
—Es que no sé cómo hacerlo. No sé cómo dejarte marchar.
—Pues vas a tener que hacerlo —replico, comenzando a irritarme—. No puedes tenerlo todo. Estás haciéndome daño, ¿sabes?
—No quiero hacerte daño —me asegura.
—Pues entonces sal de aquí y deja de mirar tu propio ombligo.
Suelta una carcajada, seca y sarcástica, y algo en él se derrama. Lo veo en sus ojos, en todo su cuerpo. Un crac. Algo que no es capaz de contener.
—Ojalá fuera capaz de pensar en mi propio ombligo, Elise, porque, si lo hiciera, tú y yo haríamos las maletas y nos largaríamos de aquí hoy mismo. Me daría igual todo. Mi lealtad a Laurie, a mis hermanos, a la empresa, a mi madre...
»De camino al aeropuerto, cogeríamos un maldito mapa y te diría que eligieras un destino al azar para empezar de cero.
Trazaríamos un plan de vida. O no. Ya se nos ocurriría algo en algún momento.
Y a lo mejor saldría fatal. No lo sé... A lo mejor luego no me soportas o yo no estoy tan cómodo en esa situación como me imagino.
A lo mejor tengo idealizada la intimidad contigo, y no hablo de tocarnos ni de.
.. —Se detiene y me observa de una manera que eriza cada centímetro de mi piel—.
Hablo de que me dejes mirar dentro de ti de verdad, hasta el fondo.
De que tú quieras mirarme a mí. Y a lo mejor no duraríamos ni dos semanas.
Pero me gustaría tener la opción de intentarlo al menos, ¿sabes?
—¿Y por qué no lo haces? —Los latidos de mi corazón resuenan por dentro de mí y su eco parece proyectarse en el pasillo de mi casa.
—Precisamente porque no hago y deshago según mi voluntad, Elise, porque no soy capaz de mirar mi propio ombligo.
El silencio se despliega entre los dos y nos atrapa dentro de una espiral densa, confusa, electrizante.
Y, durante un instante, ocurre: todas las capas que protegen el interior de Wes se vuelven invisibles y mis ojos las atraviesan sin dificultad hasta llegar a él.
Al Wes de verdad, al chico que grita por escapar, con el que me crucé una noche de verano hace años y que cambió algo dentro de mí.
Ese chico sigue ahí, atrapado, totalmente fuera de mi alcance, y la realidad de ese hecho me golpea hasta hacerme tambalear.
—Creo que me he enamorado de ti —digo, y la rotundidad de ese hecho y de mis palabras hace que su mirada se nuble y después brille con más fuerza.
—Eso es... —Traga saliva, completamente abrumado.
—Sí. Es lo más estúpido que he hecho nunca.
—¿Cómo es posible?
—Porque conmigo no te escondes, Wes. Y es imposible no querer a la persona que se encuentra debajo del miedo y la inseguridad.
Wes da un paso más hacia mí y la distancia entre los dos ya no existe. El aire se vuelve suyo y se vuelve mío y ambos respiramos y me doy cuenta en este instante de que ese Wes, el auténtico, siente por mí lo mismo que siento yo por él.
Pero ese Wes está amarrado, sin voz, dentro del otro, del que da la cara y toma las decisiones.
Sus manos se deslizan hasta mi rostro y la caricia lenta que deja sobre mi pelo me estremece. Mi piel late. El aire se me escapa.
Solo nos separa un suspiro.
Su nariz acaricia la mía. Y las ganas de llorar se me enganchan en el pecho. Porque todo esto es una ilusión. Es algo que no va a suceder.
—Ojalá fueras para mí —susurra él contra mi boca—. Ojalá fuera yo para ti.
Me quedo sin aire en los pulmones en la lucha contra mi propio instinto.
La Elise más joven y salvaje tomaría un camino.
La Elise cuyas alas quieren romper de una vez la crisálida que la envuelve, el contrario.
Y en el punto exacto donde convergen las dos hallo la fuerza para inhalar más despacio y separarme de él.
—Necesito que te vayas, Wes —le suplico y él, con una última mirada, se aleja de mí—. Por favor.
Después, solo asiente y se marcha.
Se marcha porque ambos sabemos lo que pasaría si se quedara cerca un minuto más.
Y también que, al acabar, ninguno de los dos seríamos capaces de perdonarnos.