34. Wes
Wes
La foto está en todos los portales. Aunque no tuviera una alerta en Google que me notifica cualquier novedad relacionada con Elise, probablemente también me hubiera salido.
Ella y yo, la última noche que la vi, en las inmediaciones del palacio, discutiendo.
A mí no se me distingue. A no ser que se me tenga en cuenta entre las posibilidades. En ese caso, se sabe claramente que soy yo.
Una parte de mí desearía que se me reconociese a la perfección y que la noticia se filtrara en los suficientes medios como para que todo reventara y yo tuviera que posicionarme.
Entonces protegería a Elise. Elegiría a Elise.
Pero no es así como ocurre.
Wes: Si las fotos te están dando problemas, puedo ayudarte a que desaparezcan.
Elise: ¿Te refieres a que te están dando problemas a ti?
Wes: No, Elise. Nadie sabe que soy yo.
Elise: Prefiero que no hagas nada.
La puta cabeza no me da tregua en los siguientes días pensando en ella entre reuniones de estrategia, peleando con accionistas, en cenas que no tienen maldito sentido, en conversaciones difíciles con mis hermanos.
—¿Pasa algo, Wes? —me pregunta Helena en varias ocasiones. De mis hermanos, a veces creo que es la única que conserva un ápice de humanidad y la que realmente siente la esencia de lo que hacemos, que palpa las arterias del negocio porque respeta la tecnología.
Le digo que no en todas ellas y me enseña algunos proyectos en los que su equipo ha estado trabajando, como si quisiera distraerme o ayudarme a poner el foco en la herencia tangible de lo que hacemos.
Las cosas con Laurie siguen distantes. Cada vez son más las noches que ella escapa a la casa de Sausalito mientras yo decido quedarme en la ciudad.
Los reproches se van diluyendo poco a poco para dar paso a una sólida indiferencia y a mí cada día se me hace más complicado salir de casa y enfrentarme a todo lo que me rodea.
Me siento físicamente enfermo al recordar la manera en la que Elise se marchó el otro día, la conversación, las cosas que dijo, mi incapacidad de reaccionar y estar a la altura de las circunstancias.
Así transcurren los días hasta el miércoles, cuando recibo una llamada de Mark pidiéndome consejo sobre un tema fiscal.
—Es un poco complejo de explicar. A mediodía tengo un rato. Si quieres pasarte por mi despacho, podemos pedir algo de picar —le ofrezco.
Un par de horas más tarde, mi viejo colega se sienta en uno de los sillones y trato de resumirle los puntos más importantes que ha de tener en cuenta mientras devoramos una ración de tallarines tres delicias.
Después él me pone al día de la inauguración y, en algún punto entre anécdotas y chascarrillos, algo en mi mesa llama su atención.
Veo que se pone de pie lentamente y coge el vaso de poliestireno donde, desde hace algunas semanas, descansan un par de bolígrafos.
—Interesante —dice, mientras lo estudia con gran atención.
—¿Cogiendo ideas de decoración para el restaurante?
—Algo así. —Me mira—. ¿De dónde has sacado esto, exactamente?
—Es un vaso de café para llevar del sitio donde desayuno todas las mañanas.
—Ya. Interesante —repite.
—¿El qué te parece tan interesante?
—Me parece interesante que desayunes todas las mañanas en el mismo sitio donde Elise desayuna todas las mañanas.
Una expresión de sorpresa se forma en mi rostro. Noto la tirantez en la mandíbula, la presión en las cejas y sobre los párpados.
—¿Puedo preguntar... cómo sabes tú eso?
—Estuve con ella en una fiesta. Cuando terminamos, me pidió que parásemos un momento en ese lugar, Ruffina’s Bakery.
—Estuvisteis en una fiesta...
—Sí. Nos encontramos allí de casualidad.
No voy a decirte que no me he fijado en ella, pero nunca se ha mostrado interesada en mí.
Hasta ahora me he dicho que era imposible que un tipo como yo compitiera con un actor de Hollywood, lo que no sabía era que con quien estaba compitiendo era con Wesley James.
—No estás compitiendo con nadie, Mark.
—Y una mierda. Tendrías que verte la cara. ¿Qué está pasando aquí?
Suelto un suspiro lento y frustrado.
—Que estoy loco por ella. Pero no puede ser.
Mi amigo me observa y a continuación en su rostro se dibuja un gesto de comprensión. Como si acabara de alcanzar una respuesta que llevaba meses rondando por su cabeza y que se le resistía.
—Eres tú el de la foto...
—Sí.
—¿Me lo quieres contar?
Y, aunque no esperaba hablar de esto con nadie, y menos dentro de las paredes de mi propio despacho, lo hago.
Le cuento todo a Mark. Todo.
El festival durante la ruptura con Laurie de hace años.
La noche mágica que Elise y yo vivimos juntos.
Que nunca me olvidé de ella y que reapareció en mi vida cuando no lo esperaba.
Que todo lo que sentí esa noche resurgió con una fuerza que no he sabido controlar.
Que no he podido evitar pasar tiempo con ella.
Que no he querido, en realidad. Que el otro día ella me dijo que no quería que nos siguiéramos viendo y que yo fui incapaz de retenerla porque sigo siendo el mismo.
.. El mismo que no sabe cómo cortar con todo.
Con mi compromiso con Laurie, con las exigencias de mis hermanos, con el dolor que sentiría mi madre si le diera la espalda a la familia.
Que esta no es la vida que quiero y no sé cómo escapar de ella sin volverme loco después.
—Tú entiendes que el problema no existe, ¿verdad? —dice Mark cuando acabo de sacarlo todo—. Dejas a Laurie y le dices a Elise que quieres intentarlo con ella.
—No puedo dejar a Laurie.
—Claro que puedes dejarla.
—No es tan fácil, Mark, y lo sabes. Pero, aunque fuera capaz de hacerlo, Elise y yo... ni siquiera sé si funcionaría.
—Ninguna pareja sabe de antemano si su relación va a funcionar.
—Pero es que a Elise le gusta un Wes que no puedo ser.
—¿Es que tienes personalidad múltiple o qué? A Elise le gusta Wes, en general.
—¿Sabes eso de que con el tiempo la atracción decae y lo que sostiene a una pareja es el cariño y la admiración? No quiero que dentro de un tiempo Elise me mire y encuentre en mí a alguien a quien ya no respete. No quiero que acabe odiándome.
—Estás dándole demasiadas vueltas, Wes. Y la vas a perder.
—Ese es el problema, Mark. Que nunca ha sido para mí.
Mark se pone lentamente de pie después de echar un vistazo a su reloj. Me da las gracias por mi ayuda y, aunque no lo dice, también por la confianza que he depositado en él al hablarle de lo mío con Elise.
—¿Sabes? Creo que todas las complicaciones son una historia que te estás contando a ti mismo.
Sé que para ti sería muy difícil tomar una decisión drástica, pero la opción de romper con todo la tendrás siempre.
Nunca será tarde para ser el Wes que quieres ser.
Aunque eso implique arriesgarte a que él tampoco te guste del todo.
Me quedo pensativo después de mi conversación con Mark.
Trato de centrarme en el trabajo para no rumiar en exceso y, a media tarde, cuando aún sigo enfrascado en la pantalla de mi ordenador, Damien irrumpe en mi despacho sin siquiera llamar a la puerta.
—¿Qué cojones es esto? —brama y, a continuación, deja caer sobre mi mesa las fotos en las que se me ve discutiendo con Elise, aunque no se distinga mi rostro.
—¿De dónde las has sacado?
—¿Bromeas? Están por todo internet.
Una mano apretando mi garganta tendría el mismo efecto que la situación que está a punto de desatarse en mi despacho.
—Me miras como si yo tuviera algo que ver con eso.
La expresión de mi hermano se endurece hasta fundirse con el recuerdo del rostro autoritario de nuestro padre.
—¿Por quién me tomas? Sé que eres tú.
—¿Y cómo estás tan seguro?
La nuez de Damien baja y sube con brusquedad. Y, entonces, lo sé.
—Me estás siguiendo —lo acuso.
—Cuando una mujer empieza a dudar de su marido hay que fiarse de su intuición. Y viceversa, claro. Pero esa no es la cuestión aquí.
—Joder, Damien. ¡Has cruzado una puta línea! —Me pongo de pie, enfurecido.
—Cállate. Vas a echarlo todo a perder, Wesley. Y no hablo de tu unión con Laurie. Hablo de... ¿Elise Parrish? ¡Su novio casi va a la cárcel por acostarse con menores! ¿Sabes lo que podría ocurrir si se nos vinculase con algo así?
—Jake Danton no es su novio. Ella lo dejó.
—¡Da igual! ¿Es que naciste ayer? ¡La mierda siempre salpica, Wes! ¿No te das cuenta? ¡No puedes seguir con esto! No puedes seguir viéndola.
El silencio se extiende por las paredes del despacho como el alquitrán después del grito de mi hermano.
El ritmo de mi respiración acelera hasta cambiar toda la química de mi cuerpo. Siento el pulso en la garganta y ganas de vomitar. Atravieso la niebla que empieza a formarse en mi cabeza y utilizo la adrenalina que corre por mi cuerpo para enfrentarme a mi hermano.
—Tú no eres nadie para decirme lo que puedo o no puedo hacer.
—¿Que no soy nadie? Me temo que estás equivocado.
¿Sabes por qué? Porque todo está a punto de cambiar de nuevo, Wes.
A Gus ya le han echado el anzuelo desde Washington y dentro de nada estará metido hasta el cuello en política.
Entonces, habrá llegado mi momento. Yo seré el dueño de todo esto y no voy a permitir que lo eches a perder.
Haré lo que tenga que hacer para remediarlo, ¿entiendes?
Yo me quedo perplejo, paralizado, sin saber cómo reaccionar.
Que mi hermano estaba loco por tener más poder era algo que ya sospechaba, pero la mirada desquiciada que me dedica me hace estremecer.
—Puedo hacer la vista gorda en lo referente a tu alianza secreta con Helena, pero no haré la vista gorda con esto. Tomaré las medidas que sean necesarias.
La amenaza en su voz hace que me nuble de nuevo.
—No te acerques a ella, Damien. Te lo advierto.
—No me obligues tú a hacerlo.
Dejo escapar un suspiro. Necesito coger aire, respirar, pensar.
—Lárgate, Damien.
—Piensa en lo que te he dicho —dice él—. Me encargaré personalmente de las fotos.
Con un portazo sonoro, abandona mi despacho.