El verano que fuimos libres 33. Elise
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33. Elise

Elise

Agosto siempre ha sido un mes ambivalente en el calendario.

Sobre él depositamos las últimas esperanzas para crear recuerdos memorables del verano y también tememos su ritmo: las horas de luz que van recortándose de manera paulatina, la amenaza del final, la sombra del mes de septiembre acechando en la siguiente esquina.

El verano se vive con urgencia porque sabemos que no es eterno.

El verano es un paréntesis dentro de la vida real —tanta luz, las olas, los destellos—. Pero luego la estación se termina y con ella viene la posibilidad de un nuevo comienzo.

—Deberías venir a visitarnos —insiste mi hermana cada vez que hablamos—. ¿No tienes vacaciones?

—Quizá unos días, a final de mes.

—Pues aquí tienes tu casa. Tu familia. Queremos verte.

Aunque le doy largas a Emily, sé que pasar un tiempo con ellas me vendría bien.

La vida en San Francisco se ha enrarecido de pronto.

Molly se ha ido de viaje con Brian y hace mucho que no nos vemos.

La ciudad está vacía pero llena de turistas al mismo tiempo.

Y luego está Wes y el significado de la distancia que se ha instalado entre nosotros.

Llevamos muchos días sin vernos. Primero, por trabajo. Segundo, por un cúmulo de circunstancias que sé que son una excusa.

Y, aunque sé que esta distancia es lo mejor que nos podría pasar, el hecho de no nombrarla, no significarla, no darle espacio hace que todo sea mucho más confuso.

«Hoy acabaré pronto. Cerca de la 1 a. m. Palacio de Bellas Artes. ¿Te apuntas?».

Le mando el mensaje a sabiendas de que no es un horario que le encaje con facilidad.

«Me apunto. Luego te confirmo».

La confirmación no llega, por eso me sorprendo cuando lo veo allí, parado, a la hora acordada.

Su pose parece tensa y por primera vez en mucho tiempo lo percibo inalcanzable, como si realmente viviéramos en mundos distintos.

Me acerco hacia él y tiemblo. Tiemblo porque esto es diferente. Tiemblo porque hay algo aquí que antes no estaba.

—No sabía si ibas a venir —le confieso cuando nuestros ojos se encuentran—. Pensé que habías cambiado de opinión.

—No cambio de opinión con facilidad —declara—. Otra cosa es ser consecuente con lo que opino.

—Vaya, vaya... Cuánta intensidad.

Él sonríe, comedido.

—Debe de ser el cambio horario. Se me está haciendo cuesta arriba. —Mira a su alrededor—. ¿Ya se han ido todos?

—Sí. El especial de final de verano de Réquiem va a dar mucho que hablar este año. Rodamos todas las noches en exterior esta semana.

Paseamos por este entorno elegante y tranquilo, bañado por la penumbra y la luz de la luna. Bordeamos el lago, observamos la cúpula del palacio y escuchamos la melodía que traen los árboles mientras nos ponemos al día.

—Entonces, ¿te irás unos días a Nueva York?

—Sí. Justo después de la inauguración del restaurante de Mark.

Él asiente y, en el acto, pienso que la espontaneidad y confianza que habíamos conseguido construir parece haber sido devorada desde dentro, como carcoma.

—¿Tienes ganas de ver a tu familia?

—Sí. ¿Tú qué tal por Taiwán?

—Planteándome seriamente exigirle a Gus una cláusula que incompatibilice de aquí en adelante que pase más de doce horas seguidas con Damien y Helena.

Yo hago un ademán comprensivo. No es la primera vez que me habla de la mala relación entre esos dos hermanos en concreto.

—¿Por qué se odian tanto?

—Porque son rivales directos. Si a Gus le pasara algo o por fin se decidiera a entrar en política, que es algo que lleva años diciendo que algún día hará.

.., el que tomaría el mando sería uno de los dos.

Tienen la formación y la experiencia. Ambos están preparados.

Así que pasan los días destruyéndose con el objetivo de anular las opciones del otro cuando llegue el momento.

—Eso es triste.

—Sí, pero es lo que pasa cuando te educan para competir y despedazar a tus rivales a cualquier precio. Y así crecimos nosotros.

—Tú no eres así. Al menos, no el Wes que pasea conmigo.

—Porque compite la gente que tiene ansia de algo, Elise. Y a mí en el fondo me da igual el poder. Yo solo quiero vivir en paz.

No añado nada más mientras proceso esas palabras.

En la grieta que se ha ido creando entre Wes y yo durante las últimas semanas han empezado a colarse las dudas, todas esas preguntas que no me he atrevido a hacerme estos meses han ido tomando forma poco a poco.

¿Qué le impide realmente romper con aquello que no desea? ¿Y si, de manera inconsciente, todo es una excusa? ¿Y si, en el fondo, está cómodo en la posición en la que se encuentra, sin arriesgarse a errar en sus propias decisiones y cargar con la culpa después?

Porque sí, conozco a Wes, conozco de dónde vienen sus miedos y su sensación de deber desmedido con su entorno, pero a veces la fuerza del interrogante supera a la justificación que mi mente ha creado.

Sacudo la cabeza y los pensamientos parecen rebotar entre sí.

—Este sitio es precioso —digo en medio de un suspiro al visualizar el juego de luces que baña la construcción grecorromana del palacio.

—Es mi sitio preferido de la ciudad —confiesa.

—Lo imaginaba.

—¿Por qué?

—Porque cuando me escribiste aquella vez por redes sociales, cuando vine a hacer la entrevista para Réquiem , me dijiste que viniera a visitarlo.

—Es verdad. No lo recordaba. Aún me sorprende que abrieras ese mensaje.

—¿Por qué?

—Porque tienes muchos seguidores. Deben de entrarte cientos de mensajes. ¿Cómo te fijaste en el mío?

—No lo sé. Fue una corazonada. La foto. Tu nombre. Que a veces pensaba en ti. No te lo puedo explicar.

—Ya.

Entre los dos se cuelan los sonidos de la noche y de las hojas de los árboles.

—¿Te arrepientes de haberme escrito? —me atrevo a preguntarle.

—¿Por qué dices eso?

—No lo sé. Otra corazonada.

Me encojo de hombros y él me mira unos instantes antes de dirigir la atención al lago que hay a pocos metros de nosotros.

—¿Echas de menos Los Ángeles? —pregunta, cambiando de tema.

—Bueno. Es difícil de explicar...

—Inténtalo. Si te apetece.

Yo tomo aire, despacio.

—Echo de menos vivir en aquella capa de irrealidad que cubría la ciudad. Las fiestas, las luces, la frivolidad. Me parecían un refugio. Como que aquello no era la vida real y, por tanto, no podía hacerme daño de verdad.

—¿Y San Francisco?

—San Francisco me parece demasiado real.

—¿Por qué?

Trago saliva con cierta dificultad.

—Porque me duele.

—¿Te duele?

—Sí. Me duele la humedad, la niebla, hacerme un hueco, la soledad, la falta de raíces y...

Me detengo. Él me observa. Como si supiera lo que escondo en esa pausa.

—Y... —insiste.

—No quiero complicar más las cosas, Wes.

—¿Por qué ibas a complicarlas?

—Porque antes, cuando te he preguntado si te arrepentías de haberme escrito aquella vez, ni siquiera has contestado.

Él deja escapar un suspiro, mirándome, y después se apoya en un banco que hay en mitad del sendero que atravesamos. Como si necesitase un lugar que lo ayudara a sostener la carga que lo atormenta.

—Supongo que porque no existe una respuesta. No puedo decirte que me arrepienta porque no es verdad. Pero si pudiera volver atrás y tener la oportunidad de tomar nuevamente la decisión de escribirte, tampoco voy a jurarte que fuese a hacerlo.

Algo en mí se resquebraja.

Las grietas ceden y el agua se filtra por ellas, inundando nuestra burbuja, pudriéndolo todo con la humedad.

Me doy cuenta al instante, de una manera tan abrupta que no sé cómo no me he dado cuenta antes: me he enamorado de alguien que no existe.

O peor: me enamorado de alguien que se encuentra escondido dentro de otra persona y que jamás va a estar a mi alcance.

Todo esto que se crea cuando Wes y yo estamos juntos es una ilusión, y si no la atravieso y me decido a seguir adelante me quedaré atrapada en una versión gris y vacía de mí misma.

Me decido a coger aire: respiro profundo, lleno mis pulmones y busco su mirada.

—Wes, creo que deberíamos dejar de vernos —le digo y veo la manera en la que su mandíbula se tensa.

—¿Por qué?

—¿Por qué crees tú?

Sus ojos se enfrentan a los míos. Y sé que con eso es suficiente. Todo lo que no nombramos pero que siempre nos acompaña resuena aquí, entre los dos, con la intensidad de una tormenta eléctrica.

—De acuerdo. Si es lo que quieres, no voy a intentar convencerte de nada.

—Si es lo que quiero... —repito—. ¿Y qué es lo que quieres tú?

—Elise, por favor...

Le lanzo una mirada dolida que él recibe con una mueca triste.

—Nunca te he escondido cómo soy. Lo sabes desde que nos conocimos.

Asiento rápido mientras pienso que sí. Que tiene razón.

Y, aunque jamás quise juzgarlo, he acabado haciéndolo.

Porque su cobardía se ha encontrado con mi deseo. De él. De nosotros.

Y tengo que escogerme a mí misma. Porque él no lo va a hacer. Y si algo he aprendido en la vida es que debo cuidar de mí porque nadie va a venir a hacerlo.

Con ese pensamiento en la cabeza, tomo una decisión. Saco el móvil de mi bolso y lo desbloqueo.

—¿Qué estás haciendo?

—Estoy pidiendo un Uber. Quiero irme a mi casa.

Él me mira, abatido.

—No... No hace falta. Llamaré a Kellan. Vendrá enseguida.

—No, Wes. No quiero que llames a Kellan. Todo esto... me supera. Me siento como una idiota.

—No eres idiota.

—No sé por qué me he metido en esto. ¿Qué esperaba conseguir? Me he estado engañando a mí misma.

—No digas eso.

—Es la verdad, Wes. Siempre he albergado la fantasía de que acabarías escapando, pero la realidad es que tú nunca vas a dejar tu vida. Ni por mí ni por ti mismo.

Él me observa, como si hubiera dado en el clavo. El dolor que percibo en sus ojos es tan visceral que hasta me duele.

Aun así, no es capaz de reaccionar, las palabras se le atascan, se queda paralizado, y en la mirada de profunda tristeza que me dedica a continuación, en todas las cosas que no dice... Lo sé. Nunca lo hará.