32. Wes
Wes
La llegada del mes de agosto me pilla en Taiwán, de viaje de negocios con Damien y Helena.
Cada detalle de los días que paso aquí me resulta tedioso: el cambio horario, la manera en la que nos agasaja el equipo de la zona, la risita forzada de mi hermano, la rivalidad constante entre Helena y él.
Reviso la pantalla de mi móvil con frecuencia, esperando encontrar algo que está totalmente fuera de mi alcance.
Pienso en Elise. No hemos vuelto a vernos tras el casi beso en el coche.
Ella me mandó un mensaje unos días después, informándome de sus planes de rodaje, pero yo no tuve el valor de enfrentar cara a cara todo lo que había estado a punto de cambiar entre los dos.
Después, vino mi viaje a Taiwán y me convencí para mis adentros de que algo de distancia sería lo adecuado, aunque no ha sido así.
No hago más que repasar nuestros últimos encuentros hasta haberme obsesionado con la idea de que los silencios entre ambos ya no resultan inocentes, acogedores, sino que resuenan con el tictac de una cuenta atrás, como si nos acercáramos cada vez más al instante en que alguno de los dos pulsará el detonador y todo lo que nos envuelve saltará por los aires.
—¿Wes? ¿Estás escuchando?
—¿Qué?
Mi hermano Damien me reprende con la mirada mientras repasamos unos informes en la sala que ha reservado en el hotel.
—¿Qué coño te pasa? —pregunta, enfadado—. Llevas unas semanas descentrado. Y tengo la sensación de que cada día vas a peor.
—Estoy pasando por un mal momento.
—Todos tenemos malos momentos, Wes. Pero se espera mucho de ti, ¿entiendes? Tienes que estar a la altura.
—Lo sé.
—Y no solo me refiero al trabajo. —Su tono amenazador, la manera en la que su voz cambia..., me pone en alerta.
—¿De qué hablas? —Me enderezo en la silla y noto como si una mano helada me retorciese el pecho.
—Eres un James. Todo lo que haces tiene consecuencias. En el trabajo y también en tu vida personal.
Un presentimiento me recorre la columna vertebral a la velocidad de un coche de carreras.
Recuerdo la discusión de hace unas semanas con Laurie y la sensación constante de que está en contacto con mi hermano, de sentirme observado, no solo cuando estoy en el trabajo, sino cuando salgo a la calle y trato de escapar de todo.
—¿Qué cojones insinúas? —pregunto.
—Que tu mujer no es tonta. Y yo tampoco.
—Laurie no es mi mujer.
Si las miradas matasen, yo estaría a punto de caer fulminado sobre la mesa de nogal que me separa de mi hermano.
—No la cagues, Wes.
Damien y yo nos vemos interrumpidos por Helena y por el equipo con el que tenemos que reunirnos a continuación y el tema queda en suspenso, en el aire, pero nos acompaña los días que nos quedan en Taiwán, y en el vuelo de vuelta, y en el regreso a San Francisco.
De todos mis hermanos, Damien es el que más interés muestra en mi relación con Laurie. Como si viera en esa «unión» una vía infalible para controlar a su padre, que es un apoyo estratégico del que podría obtener rédito a largo plazo.
Lo que no entiendo es en qué momento él y Laurie han acercado posturas. Y, sobre todo, con qué fin. Me hace sentir en constante alerta. Al fin y al cabo, sé que mi hermano es capaz de cualquier cosa con tal de salirse con la suya.
La vuelta a San Francisco es como dejarme caer en un laberinto lleno de aristas, rincones sombríos, ausencia de luz.
No sé cómo comportarme. Ni con Laurie, que cada vez se muestra más desconfiada. Ni con Elise, de quien no he sabido nada en el tiempo que he estado fuera y a la que no tengo ni idea de si es acertado regresar.
Una de esas primeras mañanas tras mi llegada, recibo un mensaje de mi primo.
Me pide que nos veamos cuanto antes. «Es importante», me dice, y yo siento un pinchazo de culpabilidad porque hace mucho tiempo que no me encuentro con él cara a cara.
Esa misma noche, le propongo tomar algo rápido en el pub que hay cerca de las oficinas de Allensyr.
Él me manda un mensaje confirmando la hora y, cuando llego, ya está allí, en una de las mesas, mirando la carta en el móvil.
—Dichosos los ojos —me dice con cierto tono de reproche cuando tomo asiento frente a él.
—Hola, Luke.
—¿Pedimos?
—No tengo mucho tiempo.
—Ya. Ya me lo imagino.
Me merezco la actitud recriminatoria que veo en sus ojos. Luke es el único apoyo real que tengo. Está en mi día a día y es el único de mis amigos que conoce a mi familia desde dentro.
Aunque, más allá de ser familia, el vínculo especial que hay entre nosotros se debe a que siempre estuvo muy unido a Marcus. A veces, creo que se toma la responsabilidad de cuidar de mí porque es lo que mi hermano hubiera querido.
Cuando el camarero toma nota de lo que vamos a tomar y se marcha de nuevo, Luke deja los codos en la mesa y me mira apoyado en sus manos entrelazadas.
—Bueno, tú dirás.
—¿Yo? Tú has insistido en que nos viéramos. Has dicho que era importante.
—Eso espero. Que sea importante.
Frunzo el ceño, despistado.
—¿El qué? No te entiendo.
—La razón por la que llevas dos meses evitándome.
—No te estoy evitando.
—Wes... Por favor, no perdamos el tiempo, has dicho que no disponías de mucho. Vayamos al grano. ¿Qué narices te pasa?
Suelto un carraspeo incómodo mientras pienso que esta es la razón por la que he tratado de verlo lo menos posible últimamente.
Porque a Luke no puedo engañarlo. Porque él sabe leer mis expresiones, mis silencios y las razones por las que hago las cosas que hago, aunque trate de negármelas a mí mismo.
—Luke...
—¿Es por la boda?
—Luke, te he dicho que...
—¿Es por Elise?
Mi cuerpo entero se tensa. Y no encuentro la fuerza para negarlo, para mentirnos, a mí y a mi primo.
—Vale. Es por Elise. ¿Qué ha pasado?
—Nada.
—¿Os habéis liado?
—Joder, Luke. No.
—Vale... Fantaseas con cancelar la boda, coger una maleta y huir con ella. ¿Es eso?
De nuevo, un silencio denso, donde todas las cosas que pienso, que anhelo, que oculto se pegan unas con otras hasta convertirse en una masa resbaladiza, imposible de atrapar.
—Vale. No vas a decirlo en voz alta. Ya lo sé.
Y tampoco vas a hacerlo. También lo sé. Pero entre esa opción, a la que podríamos darle un valor de diez puntos en la escala de lo que Wes desea hacer con su vida , y la situación en la que te encuentras, a la que puntuaríamos con un total de cero, hay varios escenarios intermedios que te puedes plantear.
Me paso una mano por el pelo, tiro de las puntas, dejo escapar un gruñido entrecortado.
—Wes, contéstame.
—No sé qué decirte.
—¿Has hablado con Elise de cómo te sientes?
Lo miro.
—¿Para qué? No quiero arrastrarla a esto.
—¿Qué es «esto»?
—Lo confundido que me siento.
Luke asiente despacio, como si ante sus ojos tuviera escritos todos mis pensamientos y estuviera haciendo un análisis sintáctico de cada oración. Como si entre los adjetivos, los pronombres y los adverbios estuvieran ocultos mis fantasmas y mis miedos.
—Deberías hablarlo con ella.
Niego con la cabeza mientras recuerdo el entramado que se ha tejido alrededor de mi vida sentimental. Pienso en la conversación que tuve con Damien en Taiwán. O con Gus, hace unas semanas, en el balcón de su casa.
Tomo aire y comparto todo eso con Luke.
—Tengo la sensación de que Damien lo sabe, que sabe que hay alguien.
—¿Y qué problema hay? Enfréntalo. No tienes la culpa de sentir algo por otra persona. Puedes dejar a Laurie.
—Mi familia me mataría. Desestabilizaría la junta de nuevo. Hemos tardado cuatro años en recuperarnos.
—Pero, Wes, ¿te estás escuchando? No puedes casarte con alguien solo porque a tu familia le convenga.
—No es solo por eso, joder. Ya sabes que Laurie... Laurie ha estado siempre ahí para mí. Aparte de ti, ha sido el único apoyo real desde que Marcus murió. Se sentiría muy humillada si la dejara ahora, a meses de nuestra boda. No puedo... no puedo hacerle eso.
Luke deja algo de espacio entre sus argumentos y los míos y me mira con compasión, con lealtad, aceptándome.
Me mira como sé que me miraría mi hermano si aún estuviera con nosotros.
—Es que ya se lo estás haciendo, Wes —dice finalmente—. Estás enamorado de otra persona.