31. Elise
Elise
Después de mucha insistencia, accedo a ir con mis compañeros a una fiesta en la playa que ha organizado un pez gordo de la cadena.
Y, para mi propia sorpresa, a pesar de mi reticencia inicial, lo paso bien. Bailo y bebo y río como hacía tiempo que no lo hacía, como cuando era «esa otra Elise».
Sonrío ante el recuerdo de «esa otra Elise». Y le doy la mano, porque esa Elise soy yo y quiere hacerse oír de nuevo.
Esa fue la parte de mí que casi besó a Wes el otro día.
La otra, la que salió del coche en cuanto tuvo la oportunidad, es la que teme perderse a sí misma como pudo haberse perdido en la relación con Jake.
A veces, cuando cierro los ojos, me azota el pánico de pensar que, si no hubiera explotado aquel escándalo, es posible que aún siguiera allí, ciega respecto a la persona que tenía a mi lado, sin perspectiva, que es el peor tipo de ignorancia que existe.
Miro a mi alrededor, al mar oscuro que hay frente a nosotros y cuyo final ni siquiera se intuye.
Wendy, la asistente de producción, se acerca a mí con más bebida y charlamos.
Me cuenta que es de un pueblo perdido de Ohio y que su vida en California es todo lo que siempre había soñado.
Luego me pregunta por mí y yo le hablo de mi infancia en Reno, de mi etapa en Los Ángeles y de que, a veces, desearía tener en el bolsillo una brújula que me marcase el camino exacto. ..
—¿Cómo imaginabas tú que sería tu vida? —me pregunta.
—Me imaginaba buscando las mejores historias para contarlas a la audiencia.
—¿Las mejores historias? —Se ríe ella—. Estás algo lejos de eso ahora mismo, ¿no crees?
Le dedico una mirada misteriosa y, después, me encojo de hombros.
—¿Te cuento un secreto? Creo que no soy lo suficientemente buena para que mi trabajo consista en eso.
—¿Qué? Vamos, no lo dices en serio... ¡Tenías un puesto increíble en Los Ángeles!
—Pero no lo pude conservar. Quizá no lo merecía. Lo conseguí por un millón de razones y ninguna era mi talento.
—No estoy de acuerdo. Tuviste un golpe de suerte y lo aprovechaste. Pero todo lo que vino a continuación te lo ganaste con tu trabajo.
Le sonrío cuando sus palabras me recuerdan a algo parecido que me dijo Wes no hace mucho.
Wendy me devuelve la sonrisa y cambiamos de tema. Nos sumergimos de nuevo en la fiesta y en la música.
Hay muchos invitados y lo pasamos bien.
A nuestro alrededor, el mar, gente vestida de blanco y farolillos iluminando cada rincón.
Un rato más tarde, una cara conocida aparece entre la multitud.
—¿Elise?
—¡Mark! ¿Qué haces aquí?
Compartimos una sonrisa y un abrazo rápido.
—Contactos, ya sabes. ¿Y tú?
—Mis compañeros me han convencido.
Mark me sonríe de nuevo y al segundo pienso: es un buen tío. Nos entendemos muy bien. Solemos movernos en un registro amistoso aunque a veces rozamos el flirteo.
Hace ya varias semanas desde que me pidió una cita y, aunque el rechazo que encontró por mi parte pareció decepcionarlo levemente, nos llevamos muy bien y jamás me ha hecho sentir incómoda.
Es un buen amigo, de los que te preguntan por tu vida y te escuchan con un interés genuino. De los que sabes que, si tuvieras un problema, responderían al teléfono en un segundo y ofrecerían su ayuda.
Me cuenta los últimos detalles que le quedan por cerrar para la inauguración de su restaurante y de los problemas que está teniendo.
—Estoy atascado con la selección del personal. El lunes empiezo las entrevistas y no sé ni por dónde empezar. La consultora me ha mandado treinta candidatos y se supone que el lunes a primera hora tengo que confirmarle a cuáles quiero ver en persona y... estoy bloqueado.
—¿Necesitas ayuda? Yo he trabajado muchos años en hostelería. Quizá podría echar un vistazo a sus currículums y ayudarte a hacer una preselección. Si quieres.
—¿Harías eso?
—Claro. ¿Por qué no?
Le hablo de mis tiempos trabajando en el IHOP de Los Ángeles y compartimos algunas anécdotas que nos hacen reír y conocernos mejor el uno al otro.
Cuando nos queremos dar cuenta, la fiesta está a punto de terminar.
Mark se ofrece a llevarme de vuelta a casa.
—¿Has venido en coche?
—Sí. Por eso hace un par de horas que me pasé a la Coca-Cola —me explica.
Ha aparcado relativamente cerca de la playa, por lo que no tardamos en llegar al coche. En cuestión de minutos, atravesamos las calles de la ciudad, desiertas a esta hora de la madrugada.
Cuando enfila por la avenida donde se encuentra Ruffina’s Bakery, le pido que pare para poder pedirme un rooibos con miel y limón que me ayude a conciliar el sueño.
—¿Aquí? —pregunta—. No creo que esté abierto.
—Sí. En verano no cierran. Vengo a desayunar todas las mañanas después de rodar.
—De acuerdo. Te espero aquí.
Regreso unos minutos más tarde con mi infusión en la mano y una cookie gigante para él, por las molestias.
Cuando llegamos a mi casa, detiene el coche y la mirada que me dedica se alarga un poco más de lo habitual.
—Si me ofrezco a acompañarte hasta arriba me dirás que no, ¿verdad? —pregunta con su media sonrisa canalla.
—Verdad.
—Bien, entonces te ahorraré el mal rato y a mí, una nueva humillación. Pero ¿puedo, al menos, preguntar por qué?
—Pues... quizá en otro momento y en otra situación te hubiera dicho que sí con los ojos cerrados. Pero aquí y ahora... lo complicaría todo.
Mark asiente como si me entendiera, aunque intuyo que no lo hace.
Después, me da un beso en la frente y me ve marchar.