30. Wes
Wes
El salón de la casa de Gus luce majestuoso esta noche. Dominica, su mujer, tiene un gusto exquisito para el arte y la decoración y cuida todos los detalles, incluso durante una cena informal en familia.
Yo estoy perdido en mis propios pensamientos prácticamente desde que nos hemos sentado en la mesa, pero escucho cómo ella y Laurie hablan de esto y aquello.
—¿Seguís sin fijar la fecha? —pregunta mi cuñada mientras degustamos el primer plato.
—Habíamos pensado en primavera. Pero no hemos concretado. Tampoco el lugar...
—¿Primavera? Eso deja muy poco margen de organización.
Gus hace algún comentario ingenioso sobre cerrar un castillo europeo y se gana una sonrisa resplandeciente de Laurie. La miro sorprendido, porque conmigo hace tiempo que ya no sonríe. Ni así ni de ningún otro modo. Las cosas siguen tensas entre los dos y cada vez es más difícil disimular.
—¿Estás aquí? —me pregunta con discreción y yo centro mi atención en ella.
Me siento como una mierda. Cada vez más. Miro sus ojos azules y, por un instante, veo en ellos el reflejo de la chica que era cuando la conocí.
Coincidimos por casualidad en la facultad donde ambos estudiábamos.
Aunque su padre llevaba un tiempo trabajando para mi familia, nuestros caminos nunca se habían cruzado.
Laurie me gustó desde el principio. Esa es la verdad.
Pero no nos dimos espacio para conocernos ni respetamos las etapas que toda pareja debe atravesar si aspira a que lo suyo se convierta en algo real y sólido.
El peso de las expectativas de nuestras familias, la presión por ir dando determinados pasos, cristalizó de manera prematura en una relación cuyos cimientos no eran reales y que, con un simple soplo de viento, podían venirse abajo.
—Sí. Perdona. ¿Qué pasa?
—La boda. ¿Principios de mayo?
—Eso es muy poco tiempo... —insiste Dominica.
—Queremos algo sencillo. —Laurie toma mi mano sobre la mesa y el tacto de su anillo de compromiso me enfría los nudillos.
—Bueno, dirás que Wes quiere algo sencillo —bromea mi hermano con una complicidad que me incomoda.
—Lo prefiero, la verdad.
Antes del postre, Dominica entra en su despacho y sale a continuación con varias carpetas con temática de bodas: vestidos de novia, flores, grupos de música...
Las tendencias actuales se hacen con la conversación de la velada y, después de un rato escuchando cosas como el caché de los fotógrafos, wedding planners de la ciudad y las infinitas posibilidades de menú, me excuso para ir al aseo.
Cuando salgo, me acerco al balcón que da a la parte trasera de la casa de mi hermano, que tiene vistas al mar.
Estos últimos días, la ciudad atraviesa una ola de calor y el aire que se respira es húmedo y salado y me hace pensar en el verano en que conocí a Elise.
La música, la playa de Santa Mónica, la libertad.
Cada vez que pienso en lo que estuvo a punto de pasar el otro día dentro de mi coche, creo que voy a perder la cabeza.
—¿Todo bien? —Gus aparece a mi lado con una copa de whisky para mí y otra para él.
—Sí.
Noto sus ojos observándome en la penumbra. No sabría decir si me encuentro frente al hermano mayor o al director general de la empresa.
—No te entusiasma la boda, ¿verdad? —dice sin rodeos y yo tomo una bocanada de aire y me pregunto hasta qué punto debo ser sincero.
—Es complicado.
—Todo es complicado cuando tienes una responsabilidad como la nuestra. A no ser que lo aceptes. Entonces se convierte en algo absurdamente sencillo.
Ese comentario me lleva a Elise de nuevo. A esa teoría suya de que todos tenemos nuestros propios filtros para interpretar la realidad. Que somos nosotros quienes decidimos si algo es fácil o totalmente inalcanzable.
—¿Nunca piensas en cómo sería haber nacido en otro tipo de familia? —le pregunto.
—No. No gasto energía en eso. No sé imaginarme a mí mismo en otro contexto y otra vida. ¿Para qué?
—No sé. Para ser libre, quizá. Para ser fieles a lo que anhelamos, aunque sean sueños más pequeños.
Gus se lleva la copa a los labios y saborea despacio la bebida.
—Somos esto que nos ha tocado vivir, Wes. Podemos aspirar a más, a todo lo que queramos. Pero ¿de qué sirve soñar con menos? ¿De qué sirve luchar contra quienes somos? Piensa en Marcus. ¿Eso es lo que quieres para ti?
La visión se me nubla ante la mención de Marcus. Es un golpe bajo y Gus lo sabe. Le lanzo una mirada de reproche, que echa chispas, que no esconde el dolor, y que solo tiene cabida en la esfera personal de nuestra relación, no en la profesional.
Gus se da cuenta de que ha cruzado un límite y, aunque no pide disculpas, su tono de voz cambia levemente y su mirada se clava en el mar en calma que llena el horizonte.
—Mira, no sé en qué andas metido —dice—.
No sé si te has quedado atrapado en el fuego cruzado que hay entre Damien y Helena o si es algo más, pero eres un buen chico, Wes.
Tienes una mente ágil para los negocios y los números.
Puedes llegar muy lejos. Confío más en tu cabeza de lo que confío en la de nuestros otros hermanos.
Solo necesitas crecer un poco y tomar alguna decisión difícil para ganarte el respeto de los inversores más conservadores.
Contamos contigo. Papá y mamá cuentan contigo.
Yo cuento contigo. ¿Entiendes lo que te estoy queriendo decir?
El zumbido que siento dentro de mí, retumbando en mis oídos, no me deja pensar con claridad.
—Sí —me limito a asentir, porque en el fondo sí lo entiendo, soy capaz de leer entre líneas la expectativa, la presión, la amenaza.
—Pues no lo eches todo a perder.