28. Wes
Wes
Kellan detiene el coche y Elise y yo caminamos hacia la puerta de la cafetería.
Son las seis de la mañana. A estas horas, la calle luce desierta. Echo un vistazo a nuestro alrededor, pero parece que solo estamos nosotros.
Elise, que acaba de terminar de trabajar. Y yo, que tengo por delante un día lleno de reuniones.
Cuando entramos en Ruffina’s Bakery, mis ojos curiosean unos segundos las piernas de Elise y los zapatos de tacón sobre los que camina con seguridad a pesar de las horas de trabajo que acumula sobre sus tobillos.
Siento una descarga bajo la piel al mirarla que, como de costumbre, intento ignorar, porque ya es todo lo suficientemente complicado como para meter en la ecuación la atracción que nos acompaña desde el primer día.
Cuando tomamos asiento, ambos pedimos lo que acostumbramos cuando nuestros encuentros se producen en esta franja horaria en la que ella da por finalizado el día y yo cojo fuerzas para enfrentarlo.
Nos traen el pedido mientras Elise me cuenta que el programa que ha grabado esta noche era un especial llamado «Cómo buscar un rollo de una noche y no morir en el intento», cuyo objetivo es que los clips que comparten en las redes sociales se viralicen y que esta estrategia tenga un impacto de cara a la gente más joven.
—Un tema fascinante —digo con sarcasmo.
—Ha sido terrible... —Se carcajea mientras da un sorbo a su taza de té rooibos .
—¿Cuándo dices que lo emiten?
—Espero que nunca. Los de edición van a echar horas extras en esta ocasión. Van a tener que recortar mucho metraje.
—¿Y eso por qué?
—Bueno... digamos que algunas respuestas que he obtenido hoy podrían considerarse acoso sexual.
Alzo las cejas, sorprendido.
—Ya sabes —aclara—: la noche, música, copas, chicos y chicas jóvenes de fiesta y una reportera prácticamente de su edad haciéndoles preguntas como «¿cuál es tu frase estrella para ligar?» o «¿qué cinco pasos definen una cita perfecta?».
—Entiendo. ¿Te han hecho sentir incómoda?
—Algunos sí. Pero el equipo ha estado muy pendiente y yo me he centrado en decirles a todos que los rollos de una noche no son lo mío en este momento.
—En este momento... —repito y, aunque me arrepiento de inmediato, nos miramos de una manera cargada de significado.
Muy pocas veces hacemos mención a aquella noche, a lo que ambos dijimos o sentimos u obviamos. Pero siempre está aquí. Agazapado entre dos frases. Latente. Con ganas de ser nombrado.
El ambiente cambia entre los dos de manera eléctrica, como siempre que nos acercamos peligrosamente a una línea roja. Cosa que cada vez ocurre con más frecuencia.
—¿En qué piensas? —le pregunto.
—En esa noche —reconoce—. ¿De quién fue la idea de que os pusierais camisetas de El Señor de los Anillos ?
Me echo a reír al recordarnos a Luke y a mí, en aquel festival, con las camisetas de la Comunidad del Anillo .
—¿Cómo puedes acordarte de eso? —digo sorprendido.
—También me acuerdo de la cara que se te quedó cuando recité una frase de la película.
—¿Sí? —Sonrío—. Y, respondiendo a tu pregunta, lo de las camisetas fue cosa de Luke. Pensó que así pasaríamos desapercibidos, pero...
—Pero yo te encontré.
—Sí. Me encontraste.
Nos miramos a los ojos. Los dos estamos pensando en lo mismo.
Ella y yo caminando por la playa de Santa Mónica.
Elise citando esa frase de la película.
Yo diciéndole: «Que se pare el mundo, que acabo de encontrar a la mujer de mi vida».
Pocos minutos después, nos besamos por primera vez. Y acabamos acercándonos hasta acabar metidos dentro de algo que nunca hemos llegado a comprender.
Para deshacer la intensidad del momento, Elise cambia de tema y comparte algunas de las anécdotas más surrealistas de la noche.
La conversación entonces se vuelve distendida, fluida.
Y me siento como un puto superhéroe porque Elise y yo hablamos sin reservas, pero pocas veces reímos juntos.
No así, de verdad. Como si ambos tuviésemos miedo a que esto se convierta en algo que no debe ser, a disfrutarlo, a que nos guste demasiado y no lo podamos detener.
Mientras los minutos y la conversación avanzan, mi teléfono suena y, aunque silencio la llamada, a los pocos segundos vuelve a sonar. La persona que llama es la misma —mi hermano Damien— y recuerdo que en un par de horas tenemos un vuelo a Detroit.
—Joder —mascullo.
—¿Tienes que marcharte?
—Lo siento. —La miro a los ojos, sus malditos ojos de plata, y por un instante pienso que a ella le pasa como a mí, que cuando estamos juntos tiende a olvidar que el mundo existe ahí fuera, que en ocasiones necesita hacerlo desaparecer tanto como lo necesito yo.
—No lo sientas. El deber te llama —dice al final.
El trayecto a su casa es más silencioso que de costumbre. Y resulta hasta perturbador cuando apenas diez minutos antes reíamos sin parar y yo sentía que por una vez estaba dándole a Elise eso que necesitaba —risas, complicidad, esa alegría que, en ocasiones, me cuesta encontrar en sus ojos.
Kellan tiene puesta una pieza de música clásica, como de costumbre. Elise mira por la ventanilla cómo la ciudad va despertando y me pregunto si ella también se preguntará adónde ha ido todo lo que compartíamos hace menos de quince minutos.
De pronto, en el espacio entre mis costillas se cuela el miedo a ser desbordado por tantas sensaciones.
Ella, nosotros, la culpa, el ayer.
Cuando el coche se detiene frente a su edificio, Elise coloca la mano en el tirador, pero la deja ahí, quieta, como si realmente no quisiera salir de esta burbuja que construimos cuando estamos juntos.
Mientras observo sus dedos e intuyo sus dudas, las palabras se me escapan.
—Nunca lo entendí, ¿sabes?
—¿El qué? —Elise se gira hacia mí.
—Por qué yo.
Me encojo de hombros y, aunque sé que debería arrepentirme de lo que acabo de decir, no lo hago.
En el espacio entre los dos algo toma forma, algo peligroso, una línea que sabemos que no podemos cruzar, pero que cruzamos de todos modos.
—Ya te lo dije. Fueron las ganas de escapar lo que me atrajo de ti esa noche.
Asiento despacio antes de preguntar:
—¿Y ahora?
—Ahora..., supongo que es la curiosidad de saber si algún día serás capaz de hacerlo.
«Hacerlo».
Escapar.
Yo no añado nada y ella tampoco. Se gira de nuevo para abrir la puerta, pero, como antes, sus dedos se quedan quietos sobre el tirador. Busco sus ojos.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
Su mirada sube a la mía cuando confiesa:
—Cada vez me cuesta más salir de aquí.
Yo apenas respiro cuando respondo:
—Cada vez me cuesta más no pedirte que te quedes.
Nuestros ojos se encuentran y lo que hay a nuestro alrededor parece difuminarse.
Todo ocurre en el intervalo de un instante, como un relámpago.
No sé quién de los dos acorta la distancia.
Desaparecen la ciudad, el coche, las razones por las que debemos mantenernos alejados.
Entre nosotros solo cabe un beso.
El tiempo se ralentiza.
En el primer segundo, mi frente acaricia su frente. En el segundo, mis dedos se cuelan en su pelo. Y en el tercero, mi teléfono suena con fuerza dentro de mi bolsillo.
El momento salta por los aires.
Recobramos la cordura con brusquedad, cuando aún respiramos el mismo aire.
Cierro los ojos con fuerza, aturdido, y trato de silenciar el móvil.
Para cuando los abro, Elise está saliendo del coche.