27. Elise
Elise
El sonido del mar sopla a lo lejos, al otro lado del mirador, mientras releo el guion para el programa de esta noche.
Grabamos en exterior, en un barco que realizará un recorrido nocturno por la bahía mientras yo relato anécdotas en clave de humor de la historia que levantó esta ciudad.
Aunque el teleprónter es un recurso que utilizo mientras grabamos, hay algo tranquilizador en ponerme delante de la cámara con el texto integrado.
Antes de Wes, dedicaba el rato del primer café del día a familiarizarme con las palabras.
Desde que su rutina se entremezcló con la mía, suelo hacerlo en ese apartamento que no logro sentir como mío, hablando sola mientras me muevo por el estrecho salón, cuando estoy en la ducha o cuando me dedico a cambiar muebles de sitio en un intento por sentirme mejor en ese espacio anónimo.
Hoy, sin embargo, no he podido.
Algo me asfixia. Algo no está bien dentro de mí.
—¿Emily? —Llamo a mi hermana cuando ya llevo casi dos horas con la mirada perdida en el puente, en el mar, en lo insignificante que me siento contemplando la inmensidad de esta ciudad desde Battery Spencer.
—Hola, Els.
—¿Te pillo bien?
—Sí. No entro hasta dentro de un rato. Estaba dejando algo de comida y de cena para Evie.
Sonrío ante la mención de mi sobrina.
—¿Cómo estáis? ¿Cómo está Evie?
—Evie está bien, atravesando esa temida fase llamada preadolescencia. Tiene once años, pero ya tiene más vida social que yo.
—Y que yo, seguramente. —Me río.
—¿Tú estás bien?
—Sí.
—Tu voz suena a que algo no lo está del todo.
Sonrío para mí porque mi hermana a veces se parece tanto a nuestra madre que me asusta. Tiene su mismo tono de voz, utiliza las mismas expresiones... Emily y yo apenas hablamos de ella, pero a veces su recuerdo repta entre las dos hasta agarrarse a los cimientos que nos sostienen.
—No está siendo una buena semana —confieso.
—¿El trabajo?
—No. No sé. Es que... no sé cómo he acabado en esta ciudad, llevando de pronto esta vida que no siento mía.
Le hablo a mi hermana del principal motivo de mi angustia, ese que me acecha cada vez que cierro los ojos o bajo la guardia. Que no sé qué ha sido de esa chica que llegó a Los Ángeles con ganas de tragarse la ciudad y las ilusiones.
Supongo que el cambio fue Jake y el vendaval que supuso nuestra relación a todos los niveles. Me fui perdiendo poco a poco y al final fue la ciudad la que me tragó a mí, junto con todas mis ilusiones, para escupirme meses después convertida en otra persona.
—¿Sabes algo de él?
—Hace ya un par de semanas que no.
—Bien. Mejor así.
También le hablo del trabajo, de que no encaja conmigo. O quizá solo sea yo, que he dejado de creer en mí misma.
No le hablo de Wes y de que las horas junto a él son lo único que me parece real. Tampoco de que la ciudad me hace sentir incómoda, como si contemplar su belleza y su espíritu tuviera un precio que no sé aún cuál será.
No le cuento que el otro día en el planetario algo cambió dentro de mí.
Que sentí que Wes me veía de verdad, como yo lo veo a él.
Que hemos sorteado las máscaras que nos ponemos para salir a la calle y establecido un vínculo profundo que nos hace relacionarnos desde nuestro yo más auténtico.
Que ya no soy capaz de negar todo lo que siento cuando estoy con él.
—¿Y qué estabas haciendo ahora, antes de llamarme?
—Repasaba mis textos. He venido a un mirador, a ver si aquí conseguía concentrarme. No quería estar en casa. Necesitaba respirar.
—Pues respira, Elise. ¿Qué te lo impide?
—El aire de San Francisco. La niebla que a veces cubre la ciudad. No sé...
Se hace un silencio en la línea, entre las dos, hasta que mi hermana suspira para preguntar:
—¿Qué no me cuentas? ¿Te sientes sola? ¿Has conocido gente?
—Sí. A veces tomo algo con los del trabajo. Y también con Molly, la chica de la que te hablé, y su grupo de amigos.
—¿Y qué pasa? ¿No te sientes a gusto con ellos?
—Sí, me hacen sentir integrada, aunque también me siento una impostora. Como si me hubiera colado en sus vidas sin derecho.
La sensación de asfixia regresa al recordar el fin de semana anterior, con todos ellos.
Tomamos unas copas en la zona de Lombard Street mientras Mark nos contaba los detalles de su nuevo restaurante, que se inaugura el mes que viene.
La conversación y las risas fluían, pero entonces alguien mencionó a Wes, que hacía semanas que no se dejaba ver, y yo sentí una descarga en las tripas.
Luke nos explicó que había muchos problemas en la empresa, que las tensiones entre sus hermanos lo estaban salpicando, y me fui encogiendo con cada frase, con cada argumento que yo ya conocía porque era el propio Wes el que lo había compartido conmigo, aunque el hecho de que los dos pasemos tiempo juntos sea un secreto.
Sentí la mirada de Luke cuando terminó de justificar a su primo y los demás empezaban a parodiar la vida de Wes, las intrigas de su familia, la presencia de Laurie.
Yo guardé silencio, tratando de fingir, de esconder, de respirar, mientras sentía el peso de la mirada de Luke instalándose en mi abdomen.
—Els... —intercede mi hermana, devolviéndome al presente—.
Creo que lo que te pasa es que estás bloqueada porque aún no te has parado a pensar quién eres en este momento.
Esa sensación de que nada de lo que estás viviendo es real puede deberse a que efectivamente no encajas, pero también puede estar causada porque no sabes en quién te has convertido en los últimos años.
Piénsalo. Piensa quién es esta Elise de veinticinco años que ha convivido con un actor de éxito, que se ha visto arrollada por situaciones que no pensaba vivir, que se vio desahuciada de su propia vida y tuvo que buscarse otra.
.. Piensa quién eres ahora y cómo quieres enfrentar esta nueva etapa, esta nueva versión de ti misma. ¿Entiendes lo que te quiero decir?
—Sí. Creo que sí —le contesto.
Y después permanezco en silencio, y tiemblo y me deshago y en las palabras de mi hermana me reencuentro conmigo, con quien fui cuando la vida se me rompió a los dieciocho, con quien quise ser después y la persona que soy ahora, encerrada en una crisálida, empezando a mover sus alas a la espera de que llegue el día en que rompa con todo y por fin se atreva a volar.