El verano que fuimos libres 26. Wes
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26. Wes

Wes

—Dijiste que vendrías el fin de semana —me reprocha Laurie cuando le digo que me quedaré en el piso de la ciudad para adelantar trabajo.

—Lo siento, se me ha complicado todo.

—Apenas nos hemos visto en toda la semana.

Dejo escapar un suspiro frustrado mientras me recuerdo que debo tener paciencia y empatizar con Laurie.

Es normal que reclame atención y que se sienta molesta por notarme ausente.

Últimamente, discutimos mucho por eso. Porque me encierro en mí mismo con más frecuencia de la habitual, porque no hacemos planes juntos, los dos solos, porque evito a toda costa ir a nuestra casa de Sausalito, donde sé que no tendría más remedio que enfrentarme a ella y a todo lo que no funciona entre los dos.

—Ya te lo he dicho. Tengo mucho trabajo.

—Pero... no lo entiendo. Damien me dijo el otro día que estabais teniendo un verano tranquilo. ¿Cómo es posible que estés tan ocupado?

—¿Qué? ¿Por qué hablas con mi hermano de trabajo?

—Fue... casualidad. El otro día fui a comer con mi padre y Damien estaba allí. El tema salió solo.

Mis dedos se crispan alrededor del teléfono móvil.

No me gusta esta sensación que empieza a extenderse en mi interior.

No me gusta saberme observado, acorralado. No me gusta la desconfianza que percibo en la voz de mi novia, pero menos aún saber que estoy dándole motivos de sobra para que dude.

—Tengo que dejarte. Voy a conectarme a una reunión con Taiwán —le digo y una parte de mí se pregunta si tendrá la necesidad de comprobar la existencia de esta reunión.

Los días pasan y la asfixia se apodera de mí. Por las dudas de Laurie. Por el trabajo extra que supone conseguir datos para Helena. Por las preguntas comprometidas que de pronto formula mi hermano. Por la sensación, cada vez mayor, de que hay ojos acechándome en cada esquina.

Por mis ganas de refugiarme en Elise y solo en Elise. Por lo sucio que empiezo a sentirme.

Porque esa es la realidad. Todos los momentos que robo para estar con ella comienzan a pasarme factura.

La culpa se me agarra a las tripas. Creo que he dejado de controlar la situación y que lo más sensato que podría hacer, llegados a este punto, sería dejar de verla.

Echar el freno. Tratar de reconstruir mi vínculo con Laurie. Pero algo me lo impide.

Quizá porque, aunque en estas semanas Elise se ha convertido en la guardiana de muchos de mis miedos y preocupaciones, yo he acabado haciendo exactamente lo mismo por ella.

Elise tampoco está en su mejor momento y ayudarla a sostener todos esos cambios que aún no sabe cómo recolocar ya forma parte de mi día a día.

Por eso, cuando un martes cualquiera recibo su mensaje informándome del itinerario de grabación para el día siguiente, hago un par de llamadas y, después, le mando instrucciones a Kellan.

Es él quien la recoge a la hora acordada y quien la trae hasta la puerta de la Academia de Ciencias de California, donde espero yo, nervioso como un crío la mañana de Navidad.

—¿Wes? ¿De qué va esto?

Elise sale del coche y mira a su alrededor. La temperatura es baja a esta hora de la mañana y lleva un cortavientos para protegerse del aire húmedo de esta zona.

—Bienvenida al Planetario Morrison.

—¿Qué hacemos aquí?

—Me debían un favor.

Mientras avanzamos unos pasos, Elise se da cuenta de que estamos solos en el recinto, a excepción del personal de seguridad y otros trabajadores.

—¿Has cerrado el planetario?

Lo pregunta de una manera que me hace pensar que se siente abrumada por el gesto. Que, tal vez, para ella algo así es demasiado. Y quizá lo sea. Me siento estúpido de pronto.

—Podemos irnos si quieres —le digo, pero ella no parece que tenga ganas de marcharse, solo parece intrigada, con la curiosidad reptando por su piel como la brisa a este lado de la bahía.

—Pero... ¿por qué?

Tomo aire, despacio.

—Recuerdo lo que me contaste cuando estuvimos en el Observatorio Griffith, en Los Ángeles. El plan especial con tu madre y tu hermana cuando alguna sentíais que la vida apretaba. Sé que no lo has pasado muy bien últimamente, y pensé...

No sé cómo terminar la frase, así que no lo hago.

Su mirada se transforma de inmediato. Parece más profunda, más llena, cargada de demasiadas cosas que no deben ser nombradas.

—Gracias, Wes.

A continuación, da un paso adelante y me abraza. Su pelo me hace cosquillas en la nariz y el calor que emana su cuerpo se funde con el mío.

No solemos tocarnos. No solemos estar demasiado cerca. Y recuerdo al instante por qué. Mi piel reconoce la suya. Y, cuando se aleja, cuando la dejo marchar, la sensación de vacío que me invade es desconcertante, casi imposible de gestionar.

—Venga, vamos adentro.

En el interior del observatorio aguarda la encargada, que nos conduce a la cúpula del planetario. Allí nos espera un pequeño desayuno, que nos comemos en silencio, mientras ambos perdemos la mirada por este espacio circular y envolvente.

Cuando terminamos, nos dirigimos al centro de la sala y nos tumbamos sobre una manta que nos han proporcionado en la entrada. Es entonces cuando la luz se apaga y solo quedamos Elise, yo y la cúpula, que se transforma en un inmenso cielo nocturno lleno de estrellas.

Mis ojos y los suyos se pierden entre constelaciones y planetas y galaxias y destellos.

Alrededor, solo silencio, el sonido de nuestras respiraciones y las ganas de tocarla empezando a devorarme desde dentro.

—A veces no me doy cuenta de cuánto la echo de menos.

La voz de Elise suena densa, como si hubiera guardado esas palabras en su interior durante demasiado tiempo. La miro. La penumbra no me deja intuir del todo su expresión, pero quizá sea mejor así, de esta manera.

—¿Quieres hablar de ello? —le pregunto y, aunque temo que me diga que no, cojo aire y espero.

—Éramos las tres contra el mundo. Siempre. Para todo.

Asiento despacio y recuerdo todo lo que Elise me ha contado estas semanas acerca de su padre, ausente y problemático a partes iguales.

—¿Por qué no se separaron?

—Creo que a mi madre le daba miedo no tener los suficientes recursos para sacarnos adelante ella sola si lo hacía.

Y también... a veces pienso que una parte de ella se resistía a darlo por perdido.

Quizá no fue lo mejor para Emily y para mí crecer con ese ejemplo a nuestro alrededor, pero mi madre lo dio todo por nosotras.

No teníamos nada, pero, al mismo tiempo, lo único que necesitábamos estaba al alcance de nuestra mano: un techo, comida, agua caliente y el amor incondicional de nuestra madre.

Nunca nos faltó consuelo, cariño, comprensión.

Mi madre nos veía de verdad y, aunque pueda parecer lo contrario, era más que suficiente.

Me quedo callado, acompañando el dolor que desprende en silencio, sin invadir su espacio. Además, ¿qué puedo decir?

Mi vida y la suya han sido tan diferentes que, a menudo, cuando estoy con ella, me siento un imbécil por quejarme de los problemas que me acarrea ser heredero de un imperio millonario.

Elise es mucho más fuerte de lo que yo seré jamás y constantemente tengo la sensación de no estar a su altura.

—A veces, siento que ando a la deriva —suelta de pronto y algo dentro de mí se encoge.

—¿Tú? Imposible.

—Desde que la perdimos, he procurado seguir viviendo como ella nos enseñó. Día a día. En el presente. Como si la vida fuera un regalo. Pero... siento que me estoy engañando a mí misma. Y que, desde que me marché a Los Ángeles, solo estoy tapando el dolor.

La miro de nuevo y trato de atravesar esa capa luminosa que siempre envuelve a Elise.

Y recuerdo todas las veces que su mirada se queda como perdida en la nada.

Y la ausencia de brillo cuando duda de su propia valía.

Y la nostalgia que en ocasiones parece colarse entre las sílabas, aunque intente camuflarla.

Elise no es solo luz, también tiene sombras, y me aterra darme cuenta de que, cuanto más vislumbro sus claroscuros, cuanto más real me parece y la imagen idealizada que a veces guardo de ella se va resquebrajando por el camino, más cerca la siento, más hondo se vuelve todo eso que despierta dentro de mí.

—Dijiste que te daba miedo sentirte sola estando rodeada de gente —susurro y sus ojos se vuelven hacia mí, sorprendidos, temblando, como si hubiera sido descubierta mientras escondía algo.

—¿Te acuerdas de eso? —pregunta.

Yo solo la miro. La miro y me pregunto qué estará pensando. La miro y me imagino qué pasaría si estuviéramos un poco más cerca. Si atravesáramos las barreras que nos separan. Si fuéramos otros.

Nuestros ojos se enredan en un imposible hasta que todo se vuelve demasiado intenso a nuestro alrededor.

Yo soy el primero en apartar la mirada. La clavo en la cúpula estrellada sobre nuestras cabezas y respiro.

Después, pregunto:

—¿Te sientes así?

Ella suelta un suspiro profundo antes de responder:

—Últimamente sí. Aunque, a veces, solo hace falta una persona que te vea de verdad. Solo una. Entonces te das cuenta de que no necesitas nada más; que si tienes la mirada de esa persona, el resto del mundo sobra.

Y sé que está hablando de mí. De mí y de ella. De ella y de mí.

De los recuerdos. De los que compartimos. De todo lo que nunca podrá suceder entre los dos.