25. Elise
Elise
El mes de julio avanza lento en San Francisco.
Nunca había vivido un verano como este, donde las estaciones del año parecen entremezclarse en el transcurso de veinticuatro horas. Hay lluvia, nubes, rayos de sol que queman.
Pero si algo me fascina del verano aquí es la sensación constante de estallido: de vida, de naturaleza, de gente que sale a la calle y busca el mar y el color y la luz y el movimiento.
El verano simboliza eso: crecimiento, encuentros y libertad.
Para mí, siempre ha sido una época de transformación, como el instante en que las alas de la mariposa eclosionan dentro de su refugio.
Mamá siempre decía: «Sus alas son blandas y débiles.
Es durante el proceso de romper la crisálida cuando se fortalecen para poder hacer frente a lo que habrá fuera.
Si no les costara, si alguien abriera el capullo antes de tiempo, no podrían volar.
Eso es lo que pasa con las épocas de cambios.
Nos duelen. Pero gracias a ese dolor logramos fortalecernos para atravesar la siguiente fase de nuestras vidas».
Mi trabajo en Réquiem sigue su curso, mi papel se ha consolidado, voy ganándome el respeto de mis compañeros y jefes, voy haciendo míos rincones de la ciudad.
Pero hay algo que no funciona.
A veces me paro, me hago preguntas, y en mi cabeza solo hay silencio.
Intento tener presentes las palabras de mi madre y pensar que, quizá, por eso me siento así, tan descolocada, tan fuera de mi propia piel.
Porque estoy cambiando. Y cambiar implica surcar la herida.
Sam dice que todo lo que me pasa es debido a una crisis profesional.
Mi carrera es importante para mí. Me costó arrancar, pero empecé por lo más alto y, después de que todo se viniera abajo, he acabado dudando de mi propia valía.
—¿Elise, me estás escuchando?
—¿Cómo? —Alzo la mirada hacia Wendy, la asistente de producción, y aterrizo en el ahora.
Lectura de guion. Los estudios de la cadena.
—Que hoy grabaremos en interior. Repasa la escaleta por si quieres comentar alguna cosa.
Después de lanzarme una mirada curiosa, Wendy me deja sola y yo echo mano del móvil.
Tengo que avisar a Wes del horario y ubicación del día.
Sonrío al teclear mientras pienso que los únicos momentos a lo largo de la semana donde siento una conexión honesta con el presente y todo lo que me rodea son los que comparto con él.
Quizá todo esto empezó porque Wes necesitaba ese espacio, aquella ventana de oxígeno donde conseguir respirar y pensar con claridad.
Lo que no esperaba era acabar enganchada yo misma a esos encuentros, a enfrentarme a la realidad de que tal vez yo los necesito más que él.
Funcionamos así: cuando tengo mi plan de rodaje, le informo y él acude.
«Hoy no empiezo hasta media mañana, pero podemos desayunar. ¿Dónde siempre a las 7 a. m.?».
O: «Pier 39, 6 a. m. ¿Nos vemos allí?».
Las únicas constantes en estas semanas han sido el café que tomamos juntos en Ruffina’s Bakery y el trayecto al punto donde necesito ir a continuación, que corre a cuenta de él y Kellan.
No hablamos más durante el día. No lo nombro con nadie más. Supongo que él tampoco me menciona a mí.
Y aunque sé que es raro, que todo esto tiene un punto enrevesado que no podremos ignorar eternamente, algo en mí me impide ponerle fin.
—Buenos días —digo al abrir la puerta del coche esta misma madrugada, cuando termino de trabajar.
Una melodía clásica me recibe en cuanto tomo asiento. Son las seis de la mañana de un martes. El punto exacto donde confluyen el final de mi jornada y el inicio de la suya.
—Buenos días.
Intercambiamos una sonrisa y, como suele ocurrirme cada vez que nos encontramos, durante unos segundos mi mente se queda atrapada en un porqué.
Por qué me quiere él aquí. Por qué estoy yo aquí.
Por qué nos buscamos, por qué nos encontramos, por qué acudimos a esto cuando sus límites son difusos, cuando sé que no es correcto.
Pero el porqué siempre se desvanece en cuanto el coche reanuda el trayecto y nos miramos y la conversación trae a tierra temas cotidianos, inocentes, que me hacen conectar con el presente, el suyo y el mío.
—¿Pasa algo? —me pregunta.
—No, nada. Tenía ganas de verte —se me escapa, y él solo dibuja una sonrisa, pero no hace ningún comentario.
Hoy le hablo de cómo han transcurrido las horas de rodaje de esta madrugada y él a mí, de las últimas novedades de su día a día, de la presión que siente, de sus hermanos y las luchas de poder que se desatan a nivel interno y que le oprimen el pecho y no le dejan dormir.
Como suele ocurrirme a veces, durante la conversación soy consciente de que hay algo aquí, sobrevolándonos, algo que no nombramos y que parece crecer y crecer y crecer.
Lo noto en él. Lo noto en mí misma.
Wes me dedica una mirada prolongada justo en el instante en que Kellan hace una maniobra para detener el coche.
Bajamos del vehículo unos segundos después.
El amanecer se intuye a través de la nube de polvo espesa que recubre la ciudad. Estos días, San Francisco se ha visto azotada por un episodio de calima y altas temperaturas.
Wes y yo decidimos pasear por la avenida antes de entrar en nuestro lugar de siempre.
De pronto, veo que su mirada se clava con desconfianza en algo que percibe al otro lado de la calzada.
—¿Qué pasa? —le pregunto.
Sus ojos entrecerrados se dirigen hacia mí.
—Nada. Me había parecido... Olvídalo. —Sacude la cabeza en un movimiento rápido y después sonríe de manera conciliadora—. ¿Y tú? ¿Estás segura de que no te pasa nada?
Por la manera en la que su mirada trata de colarse en la mía, sé que no va a ser tan fácil escapar de esta conversación.
—¿Has oído hablar de algo llamado el síndrome del impostor?
—Sí. —Me observa con cautela—. ¿Por qué lo preguntas?
—Últimamente le doy muchas vueltas al tema del trabajo.
—¿No estás a gusto?
—No es eso. Estoy muy agradecida de la oportunidad que me dieron, aunque no sea exactamente lo mío. Es solo...
—¿Qué?
—Creo que mi carrera solo despegó por un golpe de suerte y no porque realmente valiera para ello. Siento... que no me lo merecía de verdad.
Él asiente, despacio.
—Ya. ¿Sabes qué creo yo?
—¿Qué?
—Que las dos cosas son ciertas. Que tuviste un golpe de suerte, pero que te lo merecías de verdad, porque tienes talento, eres trabajadora y tienes la humildad suficiente como para no dar las cosas por sentadas y seguir trabajando duro.
Eres buena, Elise, y cuando pase la tormenta tendrás la oportunidad de demostrarlo.
Sobre todo, de demostrártelo a ti misma.
—¿De verdad lo crees?
—Claro. Recuerdo a esa chica de veintidós años que llegó a Los Ángeles para reinventarse con su fuerza arrolladora. Esa chica puede conseguir cualquier cosa que se proponga.
—Me sorprende que recuerdes a esa chica... —digo, algo afectada por sus palabras.
—No hay día que pase sin que piense en ella —dice en medio de un suspiro que me pone el vello de punta.
Nos detenemos en la puerta de la cafetería para mirarnos y yo siento que el suelo se mueve bajo mis pies cuando me siento realmente vista a través de sus ojos—.
Sigues siendo tú, Elise. Solo tienes que aprender a escucharte a ti misma dentro de tanto ruido.
Cuando Wes toma algo de distancia, aún no he dejado de temblar.