El verano que fuimos libres 24. Wes
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24. Wes

Wes

—Estás muy callado —susurra Laurie, sentada a mi lado en una de las mesas que la organización de la gala ha reservado para mi familia. El tono que emplea no suena a reproche, deja caer el comentario como una observación, pero no tengo claro que no lo sea.

—Estoy cansado. Ha sido una semana dura —me justifico.

Ella asiente y me observa unos instantes antes de fijar su mirada en el centro del escenario, donde el maestro de ceremonias alaba la trayectoria de la fundación que homenajeamos esta noche.

Me aflojo la pajarita.

A mi derecha, Helena hace comentarios acerca del discurso que ofrecerá nuestra madre, embajadora de honor de la velada.

Enfrente, Damien trata de hablar a solas con Gus, como acostumbra a hacer en este tipo de eventos.

Aprovecha el ambiente distendido y el influjo del alcohol para acercar posturas con la máscara del hermano pequeño que quiere charlar con su hermano mayor, no como un jefe de estrategia tomándose la licencia de aconsejar al director general de una compañía.

Mi móvil vibra y consulto la notificación por encima. Trabajo. Mi equipo está a deshoras preparando informes para apoyar la propuesta de Helena y transformar las primeras filiales en ecosistemas más sostenibles de cara al primer trimestre del año próximo.

Sé que no debería haberme metido en esta guerra entre mis hermanos, pero Gus me dijo que siguiera mi instinto de vez en cuando... y eso es lo que intento hacer.

Tecleo rápidamente una respuesta procurando aportar un enfoque que refuerce algunas de las áreas que se plantean en el dosier.

—¿Para eso hemos venido? ¿Para que estés trabajando durante toda la noche?

La voz de Laurie suena nuevamente junto a mi oído. Esta vez, la acritud se escurre sin margen de duda entre cada sílaba.

—Para mí estar aquí ya es trabajo —le respondo—. Contestar este correo es otra tarea más en mis obligaciones actuales.

Su boca se tensa y mi hermana Helena, que parece haber captado perspicazmente la situación que se desarrolla en los asientos contiguos al suyo, decide intervenir:

—Wes está a cargo de algo que le he confiado —le explica a Laurie empleando un tono con el que trata de llevársela a su terreno—. Es un reto para él y, aunque me consta que está sometido a mucha presión, estoy segura de que estará a la altura.

Laurie observa a mi hermana y después soy testigo de cómo relaja su pose.

Todos tenemos fantasmas, y para Laurie encontrar argumentos externos que expliquen por qué últimamente parezco estar algo desconectado de nosotros, por qué apenas duermo o estoy despistado o inquieto resulta sumamente tranquilizador.

Pone el foco fuera, no en ella, en mí o en nuestros planes de boda, que parecen haberse quedado en el limbo desde que le puse un anillo en el dedo.

Noto su mano buscar la mía debajo de la mesa y suspiro.

Estoy complicando mi vida hasta tal punto que contestar una sencilla pregunta resulta complejo.

«¿Para eso hemos venido?», me ha preguntado Laurie.

Y la respuesta real no era la que le he dado yo, ni mucho menos la que le ha dado mi hermana.

La verdadera razón de que haya tomado la decisión de acompañar a mi madre y a mis hermanos a esta gala en la que no me apetece lo más mínimo estar era que necesitaba una excusa para rechazar el plan que ofrecían mis amigos este sábado con motivo del regreso de Mark.

Y es que no puedo ver a Elise fuera de nuestros encuentros habituales. No puedo hacerlo porque todo se enredaría más de lo que ya está y porque hay gente, como Luke, que con solo mirarme un segundo me obligaría a confrontar las decisiones de mierda que estoy tomando en las últimas semanas.

Elise solo existe en la ventana que transcurre cada día laborable —a veces de cuarenta minutos de duración, a veces de una hora, a veces de dos—, cuando voy a recogerla a donde sea que me indica o cuando la veo entrar en la cafetería.

No nos comunicamos fuera de ese espacio, salvo para fijar esos encuentros de los que solo Kellan es testigo.

Cuando la dejamos en su casa después de empezar juntos el día, Kellan intercambia una breve mirada conmigo y luego ambos permanecemos en silencio. Nunca hablamos de ella cuando no está, nunca la mencionamos.

Cada vez resulta todo más confuso, especialmente porque lo único que hacemos Elise y yo cuando estamos juntos es hablar.

Sondearnos. Cartografiar la historia de nuestras vidas, la mente del otro, cómo nuestro temperamento se fue moldeando por lo vivido hasta configurar la persona que somos a día de hoy.

Y ha habido días en estas semanas en que hemos derretido tantas capas que hemos acabado viendo solo lo esencial.

Yo nunca he hablado tanto con nadie.

Ahora sé que se crio en Reno, en un hogar desestructurado, con una madre sin apenas recursos que hacía lo que podía para sacarlas a ella y a su hermana adelante. Y que por ello tuvo que crecer rápido, buscarse la vida, aprender a vivir la intensidad del presente.

Ahora sé por qué Elise, con solo veinticinco años, parece tener esa sabiduría milenaria que me quebranta los cimientos.

Y ella empieza a esbozar el contexto en el que se forjó el carácter de Wesley Edgar James, criado en el seno de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, privado del cariño de sus padres, que estaban más ocupados en cambiar el mundo que en cuidar de sus cinco hijos.

Ahora sabe que fui un niño que solo anhelaba que lo quisieran y que para ello tuvo que aprender a ser el más complaciente, el más productivo, el que menos problemas daba para, al menos, sentirse válido y reconocido por algo.

Ahora ambos sabemos del otro y ninguno juzgamos.

—Ya le toca a mamá. —Helena me aprieta el brazo, como si supiera que mi mente está lejos, navegando ideas, posibilidades, dudas, y que debo centrar mi atención en el momento presente.

Y es que, durante el discurso de nuestra madre, todos nosotros debemos reflejar admiración, respeto y devoción por ella, por lo que representa, porque somos el legado de una familia, y mostrar fracturas en el frente familiar mientras estamos sometidos a los focos que nos apuntan desde cada rincón puede afectar de maneras que van desde la caída en bolsa hasta una crisis económica en todo el sector.

Así que finjo. Finjo que admiro a mi madre, que no tengo dudas acerca de mi decisión de casarme con la que ha sido mi novia más de seis años, que a mis hermanos solo me une aprecio sincero y compañerismo, no estrategias, conspiraciones y rivalidades encubiertas.

Me pongo la máscara del Wes productivo, complaciente, adaptado a su comunidad, y entierro una vez más al chico que desearía tomarse una cerveza con sus amigos, mirando desde un rincón a esa chica a la que no se quita de la cabeza un maldito minuto.