El verano que fuimos libres 23. Elise
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23. Elise

Elise

—Mark vuelve de su viaje de negocios el viernes —me comenta Molly cuando la recojo de la galería una tarde entre semana.

De vez en cuando, quedamos. Ella y yo, solas, sin distracciones ni ruido de fondo. Cada vez que nuestras agendas nos lo permiten, reservamos un rato para tomarnos un café o una cerveza o, simplemente, pasear por la ciudad.

Molly y yo hemos tenido vidas totalmente distintas. Ella viene de una familia grande, a la que está muy unida, vive de su vocación y sigue enamorada del chico con el que empezó a salir a los dieciocho años.

Hablamos mucho de arte, del mundo de la televisión y de heridas. Molly es una persona inteligente y generosa a la hora de compartir sus reflexiones y su modo de ver la vida.

A veces, mientras hablamos, me gustaría poder contarle la verdad sobre cómo conocí a Wes. Pero sé que no puedo hacerlo. Es un secreto que no me pertenece solo a mí.

—Es un buen tío, sin duda —concluyo una vez hemos tomado asiento a la mesa de siempre, en el pub de siempre, después de que Molly haya enumerado durante el trayecto todas las bondades de Mark y todos los planes que están programando para el fin de semana.

—¿Pero? —Mira la carta y finge que se plantea pedir otra cosa distinta a lo habitual.

—¿Pero qué?

—¿No es tu tipo? Quiero decir, pensé que él y tú... en la fiesta del solsticio... Brian dijo...

Alzo las cejas, sorprendida.

—Sí, bailamos juntos. Y me pidió salir.

—¿Y?

—Y le dije que no. No estoy abierta a nada en este momento.

—Él tampoco. Pero pasarías un buen rato.

Sonrío, guardo silencio y justifico mi falta de interés en Mark con el argumento de que la ruptura con Jake sigue demasiado reciente.

Aunque no es solo eso. La razón por la que puse freno a la chispa incipiente que surgió con Mark es que es amigo de Wes y se me haría demasiado raro tener algo con él cuando lo que hay entre Wes y yo es tan complejo, abstracto, tan intenso que me pesa y me llena y me deja vacía.

Especialmente, desde que accedí a formar parte de ese «espacio» que necesita para encontrarse a sí mismo; signifique lo que signifique; quiera yo que signifique lo que signifique.

Un rato después, mi teléfono vibra en la mesa mientras la conversación con Molly se ha desviado hacia temas más cotidianos.

En la pantalla brilla un mensaje de la asistente de producción informándonos del horario y localización de la grabación de esta noche.

Le pido disculpas un segundo a Molly para atender la notificación y, tras confirmar mi asistencia, abro la ventana de conversación con Wes:

Elise: Grabación en el parque Dolores. Termino a las 6 a. m.

Contesta casi al momento.

Wes: Allí estaré.

Este va a ser nuestro primer «encuentro» y no sé muy bien qué esperar.

—¿Por qué has accedido? —me preguntó Sam cuando le hablé de nuestra conversación en Ruffina’s Bakery—. No creo que sea muy buena idea.

No supe qué contestarle, entre otras cosas, porque tenía razón: no es una buena idea.

Pero sé que si no pude negarme es porque, al estar junto a él, recuerdo a la Elise de hace unos años: la que abrazaba el presente y no se perdía en razones ni excusas ni porqués.

Y parte de mí quiere recuperar a esa Elise, de la misma manera que él quiere reencontrarse con el Wes que se esconde en su interior.

Lo veo aparecer a la hora indicada y mi cuerpo lo reconoce: se me acelera la respiración, mi estómago se contrae en un espasmo.

El parque Dolores permanece desierto, sus jardines y zonas de paseo transitan unas horas de calma hasta que la vida comience en la ciudad: entonces se llenará de sonidos y de historias y el ritmo cotidiano explotará en cada uno de sus rincones.

Pero ahora, solo estamos Wes y yo, que se ha quedado en silencio, delante de mí, como si no fuera capaz de dar con las palabras.

A mí me pasa algo parecido, como si lo absurdo de la situación nos hubiera golpeado de pronto: un encuentro clandestino, cuando el sol aún no ha salido, cuando hay tanto que no podemos decirnos.

—Esto es raro —digo y trato de camuflar una sonrisa nerviosa.

—Lo sé. Si has cambiado de opinión y quieres que te lleve a tu casa...

Se frota los ojos en un gesto que ya le he visto en otras ocasiones. Se siente fuera de lugar. Como si en este espacio, el que creamos estando juntos, convergieran dos partes de sí mismo que no saben vivir en armonía.

«Me estoy ahogando», me dijo. Y no sé si fueron las ganas de salvarlo a él, o las ganas de haber tenido en su momento a alguien dispuesto a salvarme a mí, las que me hicieron olvidar todas las razones por las que esto es una mala idea.

—¿Paseamos? —propongo finalmente antes de que el silencio nos aplaste por completo.

Caminamos en calma, con nuestros pasos resonando y los primeros rayos de luz difuminando la negrura del cielo. Las palabras flotan sobre los dos, lentas, esperando a que las atrapemos y les demos forma.

Es Wes el que, finalmente, rompe el silencio:

—Me gusta este sitio. Solía venir con mi hermano.

—¿Tu hermano? ¿El que...? —Me detengo antes de pronunciar la palabra.

—Sí. —Asiente—. Marcus.

—¿Qué ocurrió? —me atrevo a preguntar, pero la manera en la que se crispan su expresión y su postura me lleva a suponer que quizá he ido demasiado lejos—. Tranquilo. No tienes que contármelo.

—Quiero contártelo —afirma—. No hablo de esto con nadie y además...

—Ya. Este es el objetivo de vernos, ¿no? —Trato de sonreír con actitud conciliadora—. Que puedas hablar de lo que no te permites hablar con otras personas.

—También me gusta verte —suelta y se encoge de hombros, como si no acabase de cruzar una línea.

Nuestros pasos continúan avanzando mientras me pregunto de cuántas formas podría complicarse esto, pero, al instante, me doy cuenta de que no me importa. Yo también necesito este espacio, sentir que pertenezco a este lugar, aunque solo sean unas horas, aunque solo sea cuando nadie más mira.

—Háblame de tu hermano —le pido.

Wes respira hondo y no se amedrenta. Al contrario, las palabras comienzan a desfilar entre los dos, una tras otra, como si llevara tiempo analizando el orden exacto en el que contar su historia.

—Nuestra familia es complicada. Sé que todas lo son, no quiero dármelas de nada, pero.

.. los James no somos una familia al uso.

A veces, ni siquiera parecemos una familia.

Vinimos al mundo llevando la carga de un apellido que no nos deja ser libres y tenemos la responsabilidad de que el imperio que levantó nuestro padre siga funcionando.

»Supongo que, si indagas un poco, puedes encontrar mil entrevistas de mi padre contando cómo desde la universidad había mostrado interés en la tecnología y cómo con los recursos económicos de su familia le resultó sencillo instalarse en un apartamento en Silicon Valley, montar un equipo y empezar a desarrollar lo que sería la primera sede de Allensyr. ..

—Sí. Eso pone en internet.

—En internet pone muchas cosas.

—Bueno, no sobre ti —señalo—. No sales apenas en ninguna publicación.

—No. No me gustan las cámaras. Se las dejo a mis hermanos.

Gus es el director general y el que suele salir a dar la cara.

Y Damien y Helena, que son el jefe de estrategia y la jefa de operaciones, suelen acaparar la atención cuando él no puede atender algún asunto.

Aunque, si los dejas solos mucho tiempo en una habitación, se sacan los ojos.

—De eso no pone nada en los medios.

—No. Pero es un secreto a voces en determinados círculos. La información más debilitante siempre lo es. Supongo que tampoco hay muchas cosas acerca de mi madre.

—¿Tu madre?

—La verdadera estratega de Allensyr.

—Solo se refieren a ella como la perfecta consorte.

—Claro. Para algunos medios, a veces parece poco más que una mujer que ha dedicado su vida a tener los hijos legítimos de Augustus Christopher James mientras él hacía crecer su imperio y agasajaba a sus muchas amantes y tomaba decisiones difíciles y de moralidad dudosa.

—¿La relación de tus padres es una farsa? —Lo miro, no del todo sorprendida.

—No, no exactamente. A su manera, mi padre adora a mi madre.

Pero el poder le jode la cabeza a la gente, Elise.

Y mi padre creyó ser Dios. Ella asumió la imagen de buena esposa de cara a la galería, pero, a nivel interno, su papel es mucho más que eso.

Mi padre no tomaría ninguna decisión de alto impacto sin contar con ella.

Allensyr es hoy lo que es gracias a mi madre, no solo a él.

Asiento despacio, algo cohibida por toda la información acerca de su familia que está depositando en mí sin dudar, especialmente teniendo en cuenta que mi vínculo con el mundo del periodismo es tan estrecho.

Seguimos avanzando por el parque, donde algunas personas están aprovechando las primeras luces del día para entrenar o para pasear a sus perros.

—Mis hermanos han consagrado su vida a la empresa —continúa diciendo él—. Son las personas con las que más tiempo paso. Me consumen la agenda y la energía.

Y, a pesar de que lo dice con una sonrisa, no detecto calidez en el gesto.

—¿Estáis unidos?

—Tenemos una relación intensa y complicada.

—¿Y cómo era con Marcus?

Wes suelta una exhalación antes de hablarme de su hermano, que era su mejor amigo, la persona que más le importaba en el mundo.

Me cuenta que, debido a la diferencia de edad con el resto de los hermanos, ellos dos siempre habían estado muy unidos y se habían sentido al margen de la empresa, como si fuera algo que no iba con ellos. Hasta que crecieron y empezaron los problemas.

—Mis padres no contemplaban que alguno de nosotros nos decantáramos por una vida a espaldas de Allensyr. Por eso el shock , cuando mi hermano quiso tomar otro camino , fue tan grande.

»Marcus tenía una profunda vocación social.

Le interesaban la política y los movimientos medioambientales.

Cuando aún estaba en la universidad, se rebeló contra la idea de formar parte de la empresa y la relación con mis padres se deterioró hasta romperse; tenía muchos problemas con ellos.

Especialmente, porque Marcus apoyaba algunas plataformas que se posicionaban en contra de Allensyr.

Yo era más joven, aún estaba estudiando y tratando de decidir qué hacer con mi futuro, y permanecí al margen de la disputa.

Cuando Marcus falleció en aquel accidente de tráfico, volviendo de un mitin político en otra ciudad, llevaba más de un año sin hablar con nuestros padres.

Me cuenta que aquello rompió a su familia.

Algunos medios despedazaron el recuerdo de su hermano y lo pintaron como un radical que iba en contra de su propio apellido. Otros se ensañaron con la figura de su padre y con el legado de la empresa.

Allensyr pasó por una crisis que tardó años en superar.

Todo aquel entramado los destrozó como familia.

Su madre nunca se perdonó el haber perdido a Marcus antes de reconciliarse con él ni la manera en la que el nombre de su hijo fue mancillado como parte de la estrategia para proteger Allensyr.

—Mis padres dijeron que la única manera de superar aquello era presentar un frente familiar unido. Sobre todo, mi madre, que se había quedado muy tocada y que nos hizo jurar que, pasara lo que pasara, nos mantendríamos todos juntos. «No puedo perderos a ninguno más», nos decía cada dos por tres.

»Así fue como a Gus lo nombraron director general y a Damien y Helena les dieron puestos de alta dirección.

En cuanto a mí... sentí que me había quedado en tierra de nadie.

Sin la única persona en quien realmente confiaba, me dejé envolver por el resto de mis hermanos, por la presión de mis padres, por el dolor de mi madre, hasta sentir, de verdad, que lo correcto era quedarme y formar parte de la empresa.

Además, Allensyr me dio otra cosa que, en ese momento, necesitaba desesperadamente.

—¿El qué?

—Un propósito. Algo por lo que levantarme por las mañanas.

Trabajar. Sentirme útil. Cuando murió Marcus.

.. me quedé destrozado. Aún no sé cómo salí adelante.

Marcus no era solo mi hermano, era mi alma gemela.

La única persona en la que sentía que podía confiar.

Pasé por una fase muy oscura y, de no haber sido por el reto que suponía formar parte activa de la empresa y del apoyo de algunas personas de aquel círculo. .., no sé qué habría sido de mí.

Cuando termina su relato, soy consciente del leve temblor que sacude sus manos.

Echo cuentas de lo poco que sé de su vida.

Cuando nos conocimos, Wes tenía veintiséis años.

El accidente de su hermano había ocurrido un año atrás.

Si Laurie y él llevan seis años juntos, ella debió de ser un gran apoyo para él en esa época.

Algunas piezas comienzan a moverse en mi cabeza y voy intuyendo, al final, el origen de las capas que Wes se pone encima cada mañana y el motivo por el que le cuesta tanto cortar con todo.

La deuda que siente con Laurie por haber estado con él en el peor momento de su vida.

La necesidad de proteger a su madre de más dolor tras la pérdida de uno de sus hijos.

Nos quedamos en silencio al llegar a uno de los miradores del parque, donde el skyline de la ciudad empieza a apagarse. El sol ya se asoma por el horizonte y los rincones se iluminan por su destello de color dorado.

Cuando creo que no va a añadir nada más sobre su historia, la voz de Wes se desliza entre los dos, sinuosa, ofreciéndome una nueva confesión:

—Siempre que dudo sobre qué pasos dar, pienso en qué me diría Marcus si lo tuviera delante. Lo jodido es que hace ya tiempo que sé que me he metido en un camino que a él le hubiera decepcionado.

El dolor en su voz es tal que mi cuerpo reacciona.

—Wes, no...

La mirada que me dedica me impide continuar.

—No. No digas nada. Es la verdad. Supongo... —Coge aire y después lo suelta—. Supongo que en el fondo agradezco que no esté aquí para ver lo que he hecho con mi vida.