El verano que fuimos libres 22. Wes
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22. Wes

Wes

Soy la primera persona que toma asiento en la cafetería.

Kellan tiene instrucciones de esperar para llevarme a las oficinas centrales de Allensyr.

Debo estar ahí antes de las nueve. Mi padre tiene programada una visita a lo largo de la mañana y eso siempre tensa el ambiente, el aire y a la gente.

No solo a la que forma parte de la plantilla, sino especialmente a nosotros. A Gus, a Damien, a Helena y a mí.

Llevo toda la semana tratando de hacer frente a la inquietud que se ha extendido en mi pecho como una mancha de tinta que no se borra.

Desde que Elise salió de mi coche, hace ya una semana, apenas he conseguido dormir por las noches.

Y la ansiedad, la angustia que llevaba años reprimiendo, ha reventado y lo ha empantanado todo.

Las luchas internas en Allensyr desde que mi padre dejó la dirección. Pasar a formar parte del equipo de Damien. Mi relación con Laurie.

Llevo tres años viviendo en piloto automático y algo ha hecho saltar por los aires mi disfraz.

Elise.

Elise, que es un recordatorio de la persona que podría ser. Que me hace preguntarme constantemente cómo sería mi vida si fuera valiente.

Elise, que despierta al Wes auténtico, al que vive encerrado dentro de mí, el que tuvo que aprender a ser otro para sobrevivir en su propia familia.

Respiro hondo, pienso en ella, y me pregunto si vendrá, si acudirá a este encuentro, si me dejará tirado.

No ha confirmado después de que anoche le hiciera llegar aquella nota, pero, de pronto, recordando la manera en la que me miraba ayer y también en la conversación que tuvimos en el coche... sé que va a venir.

Porque quizá no conozco a Elise. Quizá no sé quién es Elise. Pero creo que sí sé cómo es, y alguien como ella, que vive, mira y siente como ella, estará aquí para enfrentar esto pendiente entre los dos.

Es por eso que, cuando apenas dos minutos después oigo el sonido de la puerta, sé de quién se trata sin necesidad de girarme a comprobarlo.

Elise aparece en mi campo de visión como una alucinación. Con sus ojos de plata y su pelo castaño en una coleta alta. Deja la chaqueta vaquera, que le cubre los hombros, en el respaldo de la silla y se sienta frente a mí, al otro lado de la mesa.

Me observa. Solo me observa en silencio.

Y yo la observo a ella. Su rostro limpio, con la huella del cansancio revelando las pocas horas de sueño, una blusa amarilla estampada y las preguntas en los ojos que lanza sin más dilación.

Sin dobleces y con la esperanza de que yo vaya a responderle a ese mismo nivel.

—¿Qué significa que estemos aquí, Wes?

—Me estoy ahogando, Elise. Necesito un espacio donde pueda sentirme yo mismo.

—No estoy segura de entenderte.

Me detengo unos segundos para calibrar la consistencia de las palabras que puedo o debo decir a continuación.

No quiero confundir a Elise ni tampoco engañarme a mí mismo. Tampoco quiero sentir que estoy fallándole a Laurie.

Durante un instante, pienso en Marcus. En qué me diría mi hermano si tuviera la opción de levantar el teléfono y preguntarle cómo narices puedo afrontar esta situación en la que sé que no debo meterme, pero a la que no soy capaz de resistirme.

—Necesito un respiro, Elise. He perdido la perspectiva de todo lo que me rodea y necesito.

.. necesito esto. Ser solo Wes durante un rato.

Hablar con alguien sin miedo a decepcionar.

Intentar quitarme, aunque sea por unas horas, este disfraz que siento que llevo encima veinticuatro horas al día, siete días a la semana.

—Pero... ¿cómo puedo ayudarte yo con eso?

—No lo sé, pero eres la única persona en toda mi vida que se ha tomado interés en conocerme, sin esperar nada de mí, sin saber siquiera quién era. Me gustaría recuperar un poco de aquello.

—¿Y Laurie?

—Laurie espera demasiado de mí. —Me froto levemente la cara—. Necesito saber si el hombre con el que ella quiere casarse existe de verdad.

—No sé, Wes. Todo suena... demasiado complicado. Esto no es una noche de verano en la que dos desconocidos se cruzan por casualidad. Esto es la vida real.

—Lo sé. Por eso no voy a insistir. Si quieres irte, no voy a intentar convencerte de que te quedes.

La tensión se apodera de mis huesos y tendones unos segundos mientras espero a ver si Elise hace el amago de marcharse, pero no lo hace. No se va. Me mira y me mira, pero no se va.

Y siento que el mundo gira, que el tiempo se acelera, que juego con fuego y que mi vida se pasea por un precipicio cuyo filo no voy a poder esquivar eternamente.