El verano que fuimos libres 21. Elise
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21. Elise

Elise

No temo a los hombres. Supongo que con el ejemplo que tuve en casa durante mi infancia sería muy fácil para mí temerlos y odiarlos y huir de ellos.

Mi padre abandonaba el hogar familiar con frecuencia y solo regresaba cuando el dinero se le terminaba y las deudas ocasionadas por el alcohol y el juego lo ahogaban.

No estuvo a nuestro lado cuando mamá enfermó ni cuando mi hermana Emily se quedó embarazada con solo dieciséis años y su novio la dejó tirada.

Pero lo cierto es que la única lección que aprendí de mi padre fue la de entrenar el sentido de supervivencia.

Por eso sé que Wes es peligroso para mí.

Porque mi sistema nervioso se acostumbró prematuramente a identificar aquellos estímulos ante los que debe activar el modo alarma y, en cuanto mi cerebro lo registra, aumenta mi frecuencia cardiaca y mi flujo sanguíneo.

Los músculos de mi cuerpo entran en tensión, se me pone un nudo en el estómago y se me acelera la respiración.

Según un artículo de The Washington Post , son los síntomas que activa tu sistema nervioso simpático ante un evento que valoramos como amenaza mortal. Tiene un sentido evolutivo: nuestro organismo se pone en marcha ante la presencia de un depredador para que podamos huir a tiempo y salvar la vida.

¿Desayunamos? Mañana. 7:00 h. Ruffina’s Bakery.

Miro la servilleta.

Su letra es bonita.

¿Escribirá Wes a mano a menudo?

Lo imagino constantemente tecleando en su móvil, en una tablet o en un ordenador. ¿Tendrá ocasión de escribir con un bolígrafo o un lápiz o una pluma Montblanc?

Lo recuerdo nervioso, garabateando en la barra del pub , hace menos de veinticuatro horas.

Llevaba traje y corbata. Había llegado directo de una reunión en la Costa Este. Se había excusado por llegar tarde.

«No podía faltar. Luke me mata si me pierdo la obra».

«Y tu hermano te mata si no te haces una foto para la prensa local».

Vi su gesto torcerse con incomodidad ante el comentario de Brian. Estábamos allí para apoyar una obra de teatro en la que la empresa de Luke había participado.

Wes estaba sentado dos asientos a mi izquierda, pero de vez en cuando notaba su mirada de reojo.

Mi sistema nervioso autónomo se activaba cada vez que percibía su atención. Pero fallaba al final del proceso. No conseguía poner en marcha la conducta de lucha o huida.

Al finalizar el espectáculo, el director dijo unas palabras y Wes se unió a él en el escenario para dejar que los fotografiasen juntos.

Después, Brian sugirió ir a tomar algo. Wes pareció interesado en el plan.

«¿Tienes tiempo? Pero ¿no venías directo de Nueva York? Estarás cansado, tío».

«¡Ni que el señorito James viajara en vuelos comerciales!».

«Tengo tiempo», dijo él.

Fingí que no me daba cuenta de que su mirada estaba fija en la mía.

Tomamos unas cuantas cervezas en el pub que había cerca del teatro y pasamos un rato juntos, distendido, entre amigos.

La música folk se mezclaba con las bombillas azuladas y, en algún punto de la noche, Brian y Molly se escabulleron a un lugar íntimo de la sala, Luke se encontró con unos compañeros de la obra y sentí que Wes y yo nos habíamos quedado solos, hablando de todo y de nada, de actualidad política, de libros que iban a adaptarse al cine próximamente, del último casting que había pasado Sam hasta que, de pronto, su tono se intensificó.

«A veces, los envidio, ¿sabes? A Brian y a Molly.

Y a Luke. También a Mark. Y al camarero.

Y a esa chica que está riéndose frente a una cerveza.

Sé que tendrán problemas que yo no tendré jamás.

Pero no saber escapar de tu vida, y ver cómo los días van pasando y no haces nada, a veces es.

.. aterrador. Me avergüenzo de mí mismo en muchas cosas, Elise.

Me arrepiento todos los días de mil decisiones y en ocasiones llego a odiarme por no ser capaz de decir “no, no quiero, no puedo, deseo otra cosa”.

Seguramente sea una de las personas más imperfectas que conocerás en tu vida, pero no soy un mentiroso.

Laurie sabe que hubo alguien durante el tiempo que estuvimos separados.

No quiso saber los detalles. Pero pensé que merecía saber que yo.

.. En fin, lo que trato de decirte es que es verdad que tú y yo somos un secreto, pero no porque quiera que permanezca como algo oculto, sino porque aquellas horas contigo fueron las únicas en las que me recuerdo a mí mismo tal cual soy, tal cual era antes de la muerte de mi hermano Marcus.

A veces pienso que, si él aún viviera, jamás hubiera cogido ese maldito avión a Australia.

Sin él siempre seré una versión peor de mí mismo».

Lo miré a los ojos y me desestabilizó verme a mí misma reflejada en ellos.

Y algo, algo me explotó dentro, rebasando todos aquellos signos de alerta que me indicaban que mantuviera las distancias y, en vez de darme la vuelta y dejar correr el asunto, me quedé allí mirándolo, y eso lo cambió todo.

Pocos segundos después, Luke interrumpió el momento que compartíamos y los tres juntos nos acercamos a la barra.

Mientras esperábamos a que nos atendiesen, Wes, con aquel traje que desentonaba entre el resto, se sacó un boli de la nada y cogió una servilleta, sobre la que se puso a garabatear de manera distraída.

Antes de que la camarera nos entregara las bebidas, señaló lo que había escrito; ese mensaje en el que no he podido dejar de pensar en veinticuatro horas.

¿Desayunamos? Mañana. 7:00 h. Ruffina’s Bakery

Y sé lo que en realidad significan estas palabras.

Sé que es una invitación a una rutina, a una tradición, a una puerta para asomarnos a esas horas de realidad donde una vez existieron dos desconocidos, sin expectativas, que se dejaron ser el uno al otro, que se permitieron respirar, que se permitieron existir sin esperar un mañana porque ambos sabían que no era posible.