El verano que fuimos libres 20. Wes #2
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20. Wes #2

No quiero seguir conociéndola y descubrir que me gusta más que la chica con la que pasé una noche en la playa de Santa Mónica y que en realidad no existe.

—¿Qué? —pregunta de pronto.

—Estaba pensando...

—¿Qué?

—Que, si te paras a pensarlo, seguimos siendo dos desconocidos. Apenas sé nada de ti. Te he visto más veces en televisión que en la vida real.

—Ya. —Agacha un instante la cabeza y después vuelve a alzarla, mirándome directamente a los ojos—. ¿Estás viendo Réquiem ?

—Sí. A veces.

—¿A veces?

—De acuerdo. Todos los días.

—¿Acaso tu familia está planteándose comprar la cadena?

—bromea, aunque la vibración incesante de mi móvil un día cualquiera, cuando no son ni las siete de la mañana, es un recuerdo constante de quién soy, de que algo así es posible—.

Porque si no, no deberías gastar tu tiempo en eso.

Seamos sinceros: el programa es bastante malo.

Dibujo una sonrisa, pero no digo nada.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Nada?

—Es que no sé hasta qué punto es correcto confesar que la única razón por la que lo veo es por ti.

Elise me observa como si quisiera entrar en mi cabeza y ver qué hay dentro de ella.

Después, desvía el tema:

—Bueno, al menos la gente del equipo es simpática y me lo paso bien.

—El episodio acerca del turista que se volvió loco en el tour a Alcatraz me pareció divertido.

—Ya, sí, bueno... Hay guiones que no están mal. No es lo que imaginé cuando empecé en televisión, pero estoy agradecida de que me dieran la oportunidad y, además, paga las facturas. San Francisco es una ciudad espeluznantemente cara.

—¿Ves? A eso me refería. No sé nada de ti. No sé cómo acabaste en televisión.

Elise me observa unos segundos y se lleva la taza de nuevo a los labios antes de contar:

—Hace unos años, acompañé a mi amiga Sam a un casting y por casualidad me ficharon como reportera en una cadena de Los Ángeles.

Era mi sueño, perseguir historias reales y contarlas, así que dije que sí.

En ese trabajo acabé entrevistando a Jake Danton y después mi carrera despegó.

.. Seguro que has visto la famosa entrevista en la que él me pidió salir en prime time .

—Sí, y que hiciera algo así me pareció una falta de respeto a tu trabajo, si me permites decírtelo.

—A mí ahora también me lo parece. Pero con poco más de veintidós años me temo que lo vi diferente.

Durante un instante fugaz, recuerdo a la Elise con la que me crucé tres años atrás.

La que vivía cada minuto con esa intensidad que me sobrecogía.

El brillo de la Elise que es hoy ha disminuido. Y ahora que la tengo delante de nuevo y me permito observarla de cerca, le veo las cicatrices en la piel, en las pupilas y en las yemas de los dedos.

—Ya veo... —Cambio la posición en mi asiento. Miro a mi alrededor unos segundos. Vuelvo a fijarme en ella, que no ha apartado sus ojos de los míos—. ¿Tú no quieres saber nada? De mí, digo.

—Yo ya sé cosas.

—¿Ah, sí? ¿Qué cosas?

—Pues cosas. Gracias a tus amigos te conozco más de lo que piensas.

—Conocer a alguien a través de los ojos de otras personas es la forma más rápida de alejarte de la verdad.

—Vaya con Epicuro.

Nos sonreímos y, en esa complicidad que se crea entre ambos, me animo a preguntarle:

—¿Qué te han contado exactamente?

—Que sois amigos de la universidad. Que estás muy comprometido con tu familia, con la empresa, que es tu vida, y... también con tu mujer.

—Laurie no es mi mujer —señalo.

—Tu prometida —rectifica—. Que lleváis seis años juntos; que su padre es una persona de mucho peso dentro de Allensyr.

Trago saliva, incómodo, imaginando esas conversaciones que habrá mantenido con Luke, Brian, Molly. Quizá con Mark.

—¿Y qué opinas de toda esa información que has obtenido? —Trato de retomar el tema.

—Alguna me encaja, otra me confunde.

—¿Por qué?

—Porque yo tenía una imagen de aquel chico que conocí hace tres años en Los Ángeles y algunas de esas cosas sí se ajustan a él, pero otras no.

Asiento, despacio.

—Tal vez esa sea la cuestión.

—¿Cuál?

—Que existe una diferencia entre conocer a alguien y estar solo al tanto de su vida.

Mis amigos pueden tener mucha información de mi historia vital, pero en muchos sentidos puedo resultarles totalmente ajeno, así que, si lo piensas bien, puede que al final tú y yo no seamos completos desconocidos.

Quizá lo único que ocurre es que nos falta comprender el contexto donde el otro ha llegado a ser la persona que es, porque estoy hoy aquí, enfrente de ti, y no dejo de darle vueltas a la idea de que, tal vez, tú seas de las pocas personas que realmente sepan ver lo esencial de mí.

Elise suspira, sin separar sus ojos de los míos, y luego pierde la mirada en el vacío.

Y me dan ganas de decirle que la echo de menos. Que echo de menos todo lo que no sé de ella. Que echo de menos todo lo que no hemos sido.

No sé qué es lo que está pensando ella.

Creo que daría buena parte de lo que tengo por averiguarlo.

Pocos minutos después, me obligo a dejar de fingir que puedo ignorar el móvil de manera indefinida.

Observo las notificaciones que brillan en la pantalla casi al mismo tiempo que Elise dice:

—Tal vez deberíamos...

—Sí.

Ella toma la determinación de pagar la cuenta tras mi insistencia en que Kellan la acerque hasta su casa. Al cabo de unos minutos estamos en el coche, sumidos en un silencio abstracto que se rompe cuando nos detenemos frente a su edificio.

Nos miramos tratando de encontrar las palabras.

—Gracias por traerme —dice por fin ella.

—Gracias a ti por empezar el día conmigo. O acabarlo. Lo que sea.

Ambos reímos con cierta incomodidad.

Después, ella susurra:

—No me puedo creer que tengas chófer y que aquella noche subiéramos a un Uber llenos de arena y sal.

Sonrío con complicidad y guardo las ganas de decirle que hay tantas cosas que no me creo de aquella noche que a veces pienso que todo fue un sueño.

Antes de salir del coche, Elise me lanza una mirada insegura, como si sopesara decir algo.

Finalmente, con sus dedos rozando el tirador, dice:

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—Tus amigos dicen que no es habitual que desaparezcas de sus planes tanto tiempo. ¿Has estado evitándolos estas semanas porque no querías coincidir conmigo?

Echo un vistazo a Kellan, pero sé que está concentrado en la melodía que acaba empezar a sonar, en el tráfico, en ser discreto.

—Sí —le confieso y su mirada me dice que ella ya lo intuía, y que incluso lo respeta.

—De acuerdo. No tienes que hacerlo. Si no quieres volver a verme...

—Yo no he dicho eso. —Me froto los ojos, nervioso—. Es solo que... me confunde. Tú. Me confundes... tú.

Veo el pulso latir en su cuello.

—Lo sé —susurra.

—¿Ah, sí?

—Yo también me confundo cada vez que te veo.

El silencio que ocupa el espacio tras su declaración es como una página en blanco.

En él podríamos escribir cualquier cosa: nuestros anhelos más profundos, un desvío del camino, un imposible.

Pero ambos tenemos los pies en la tierra, en el presente, en la ciudad de San Francisco donde ella está tratando de reconducir su vida y yo sigo encarcelado en la mía.

Esto no es una noche mágica, un refugio a orillas de la playa de Santa Mónica. Esta es la vida real.

—No te preocupes —dice finalmente, en medio de un suspiro—. Guardaremos las distancias.

—Siento que las cosas sean así.

Ella asiente y se muerde el labio. Parece que lo piensa un poco antes de animarse a decir:

—¿Puedo hacerte otra pregunta?

—Claro.

—Laurie es «ella», ¿verdad?

Cuando lanza la pregunta, siento que mi mente viaja en el tiempo. Me recuerdo a mí mismo tocando a todos los timbres de aquel edificio destartalado.

Buscándola. Encontrándola por fin en la casa donde vivía con aquella familia que no era la suya.

Me recuerdo hablándole de Laurie.

—Sí —respondo, y al final de sus pupilas sé reconocer la sombra, la mancha, el paréntesis.

—A veces desearía que no hubieras vuelto aquel día, Wes —dice antes de abrir la puerta y salir de manera definitiva del coche—. De esa manera nunca hubiera llegado a saber que ella existía y que convertiste aquellas horas en un secreto.

—Elise... No. No es lo que piensas.

Ella me sonríe. Una sonrisa pequeña. No luce una expresión de enfado, sino de otra cosa. Tristeza, tal vez. Decepción.

—No es asunto mío. No me debes explicaciones. Solo... tienes razón. Lo mejor es que nos veamos lo menos posible. Mantendré las distancias. Puedes estar tranquilo.

Con una última mirada, cierra la puerta.