El verano que fuimos libres 20. Wes
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20. Wes

Wes

—¿Renovar todas nuestras fábricas para hacerlas más sostenibles? No nos interesa algo así —expone Damien con ese aire cínico con el que suele dirigirse a nuestra hermana—. Estamos hablando de una inversión de cien millones por filial, Helena. Eso como mínimo.

—Todos lo están haciendo, especialmente en Europa. No es solo una cuestión de marca, las administraciones favorecen a nivel fiscal a aquellos que tratan de reducir el impacto del cambio climático.

—¿El cambio climático? ¿Qué eres, embajadora de Greenpeace? Perjudica nuestro posicionamiento. Ya nos ha ocurrido en ocasiones anteriores. Mi respuesta es no.

La sala donde mis hermanos y yo estamos reunidos con algunos de los directivos de Allensyr es austera. Fría. Líneas grises y cristales que cubren la totalidad de las paredes.

Se encuentra en la última planta del edificio donde se ubican las oficinas centrales de la compañía.

Como la mayoría en las que celebramos reuniones o consejos donde asisten miembros de la junta directiva, las paredes están recubiertas por un material que aísla el sonido para que nadie fuera de esta habitación pueda escuchar nada de lo que se habla aquí dentro.

Eso siempre es una ventaja cuando entre los asistentes están Damien y Helena.

Porque ellos no hablan, no se escuchan: se gritan.

Son los eternos rivales.

Helena es arriesgada; Damien, conservador.

Nunca están de acuerdo en nada.

Gus, como director general de Allensyr desde que mi padre decidió ocupar un perfil más bajo como presidente honorífico para cumplir, junto con mi madre, con asuntos de marca, siempre acaba intercediendo para llegar a algún sitio.

Así transcurre la reunión: como todas. Ellos empiezan a gritarse. Él media. El resto de los asistentes debate. Yo aporto datos y quiero desaparecer.

Después de tres horas en las que desmenuzamos informes de cómo se encuentran nuestros competidores respecto a los avances de la inteligencia artificial, damos por clausurada la sesión.

Helena sale disparada por la puerta sin dirigirse a nadie y emprende el paso hacia la parte norte del edificio.

Damien toma la dirección contraria.

El ambiente es tenso.

Gus despacha sin necesidad de palabras al resto de los asistentes.

Cuando nos quedamos solos, me pide que lo acompañe a su despacho, que está en esta misma planta.

Un par de minutos más tarde, cuando la puerta inteligente de su despacho se cierra con un clic, me preparo para la típica conversación acerca de las tensiones entre Damien y Helena. Pero Gus inicia otra conversación:

—¿La roja o la verde? —Saca dos corbatas de un falso cajón que hay bajo su escritorio y posa sus respectivas cajas a la altura de mi campo de visión.

—Eh... Verde, supongo.

—Bien. —Se la prueba por encima, la anuda con dedos ágiles y después se ajusta la camisa—. Tenemos una gala en DC esta noche. Salgo ahora para el aeropuerto.

—Vale.

Veo que cambia los gemelos que lleva por otros que saca del mismo cajón que las corbatas y luego me mira. Me mira como mira un director general a un miembro de su equipo. Aunque también como mira un hermano mayor a un hermano pequeño.

—Oye, ¿qué opinas tú de adaptar las filiales para hacerlas más sostenibles?

—Bueno —carraspeo—, según los informes...

—No, no quiero que te guíes por los informes. Eso ya lo he escuchado. Quiero saber qué te dice tu instinto.

Asiento lentamente, sopesando la solidez de mi discurso.

—Pienso que deberíamos hacerlo.

—Deberías hablar más en las reuniones, Wes.

—Para eso están el jefe de estrategia y la jefa de operaciones.

Gus me observa con media sonrisa cómplice y sé que va a añadir algo, pero el sonido de su teléfono móvil interrumpe la escena.

Las arrugas que dividen su expresión y el tono autoritario, de director general, de líder, me incitan a abandonar su despacho y buscar el mío, en la planta de abajo, donde la jornada sigue su curso.

Por la noche, recibo dos mensajes: uno de él diciéndome que si pienso como Helena debo seguir mi instinto y otro de la propia Helena, pidiéndome que nos veamos a primera hora en su despacho.

Conozco a mi hermana y sé lo que quiere. Me quiere de aliado en su guerra contra Damien.

No es la primera vez que sugiere que nos veamos después de una reunión que estratégicamente puede sacudirnos.

Por esa razón, a la mañana siguiente voy en el coche a una hora poco habitual, de camino a la oficina dispuesto a prepararme para el encuentro con mi hermana, cuando paso por Market Street.

Y quizá en otro momento no hubiera reparado. Pero son las seis y media de la mañana, apenas hay luz en la calle, y me llama la atención que en la puerta de un edificio de cristal dos mujeres estén discutiendo de manera acalorada con una tercera.

La tercera es Elise.

Lo último que supe de ella fue por un mensaje de Luke, hace tres días, mientras estaban todos juntos en una fiesta a la que a última hora decidí no asistir para refugiarme en mi propia vida, en Laurie.

Porque recordar a Elise durante todos estos años ha sido una cosa.

.. verla y respirarla es un ciclón al que no sé cómo sobrevivir.

Luke: Parece que Mark está interesado en Elise, aunque ella no entra al juego.

—Para el coche, por favor —le pido a Kellan, uno de los conductores al servicio de mi familia. Con el que más cómodo me siento, aunque no sea correcto tener favoritos.

—¿Aquí, señor James?

—Sí. Conozco a esa chica.

Kellan detiene el coche como puede, a la altura del edificio.

Cruzo la avenida en unas cuantas zancadas. Cuando estoy cerca, confirmo que esas chicas están molestando a Elise.

—¿Elise? —Mi voz resuena en el portal pobremente iluminado y las tres se giran para mirarme, sorprendidas, un poco asustadas.

—Wes... —Su tono suena tranquilo, da la sensación de que tiene la situación bajo control y, por un instante, me siento idiota por aparecer aquí como si ella necesitase un maldito héroe.

—¿Va todo bien?

Me llama la atención descubrir que se trata de dos chicas muy jóvenes, dudo incluso que hayan alcanzado la mayoría de edad.

Me escanean de arriba abajo y tratan de cerciorarse de que estoy solo, de que no hay nadie acompañándome.

A continuación, intercambian una mirada y echan a correr por la avenida.

Yo observo a Elise, que deja escapar el aire. Traga saliva. Pestañea y me observa ella a mí.

—¿Quiénes eran? —le pregunto.

—Nadie.

—¿Nadie?

—Eran fans de Jake.

—¿Estás bien? ¿Esto suele pasarte?

—Bueno, en redes... los mensajes de odio son constantes.

Asiento con lentitud.

Después me fijo en su rostro. Ha trabajado esta noche. Lo sé por el maquillaje que aún permanece en su rostro y en sus pestañas, aunque no logra difuminar el cansancio de sus ojos.

—Lo siento —le digo.

—No es tu culpa.

—Siento haber desaparecido cuando te dije que podías contar conmigo.

Nos sostenemos la mirada los suficientes segundos como para que algo dentro de mí se recoloque, cambie de perspectiva.

—¿Tienes algo que hacer ahora? —me decido a preguntar.

—Acabo de terminar. Iba a comer algo y a acostarme.

—Yo iba a comer algo también y a empezar el día. ¿Te apetece que comamos ese «algo» juntos y, luego, te acerque a tu casa?

Sus ojos se abren sorprendidos y, tras unos breves segundos, dice:

—Sí, sí me apetece.

No nos damos mucho margen para preguntas o dudas o cuestionarnos siquiera si tras esta decisión se guarece un porqué de peso.

Le envío un mensaje a Kellan diciendo que espere un rato a que lo llame, otro a Helena para decirle que nos veremos más tarde y después camino junto a Elise unos pocos metros hasta encontrar una cafetería abierta.

Yo pido un café bien cargado para empezar el día y ella, una infusión rooibos con miel y limón.

Sentados uno frente al otro, en ese ambiente íntimo, cálido y anónimo, su voz desbarata el espacio que hasta ahora existía entre los dos.

—Todo es culpa de Jake por ir dando esa imagen, ¿sabes?

Va diciendo que todo lo de Europa fue un montaje, que lo engañaron, que no es lo que parece.

.. Los medios digitales dicen que está sumido en una depresión desde que me marché; que me echa tanto de menos que quiere morirse y que quizá un día lo haga.

—¿Crees que es verdad?

—Tratándose de Jake todo puede ser posible.

Remuevo mi café mientras hablo. Doy un sorbo. Me tenso.

—¿Te llama?

—Sí. Cambié de número, pero consiguió el nuevo.

Lo bloqueo, pero me contacta desde otros teléfonos.

Nada queda fuera de tu alcance si eres él.

Resulta agotador huir de alguien así. Sobre todo, porque cuando parece cansarse, atacan sus seguidoras.

Tiene un perfil de fans un tanto particular que se dedica a acosarme por redes sociales.

Me cerraría el perfil, pero en Réquiem quieren que me mantenga activa ahora que estoy empezando, así que es complicado.

Me cuesta... me cuesta gestionar tanto odio.

—¿No puede llevarte alguien la cuenta?

—No soy tan importante. Ni tampoco puedo permitirme contratar a nadie que lo haga por mí, al menos de momento.

Permanecemos en silencio justo en el momento en que el camarero nos trae el resto del pedido. Veo a Elise comerse su parte mientras yo reflexiono y me enfrento a esa sensación incómoda que se asienta en mi estómago y crece y crece conforme nuestra conversación avanza.

—Me siento fatal —confieso.

—No tienes por qué. —Me mira.

—Te dije que podías contar conmigo y no he cumplido mi palabra.

—No me debes nada, Wes.

—Joder, ya lo sé. No me ofrecí porque sienta que tengo una deuda pendiente contigo.

«Una vida, quizá», pienso. O una historia, un refugio..., pero no una deuda.

—Si te sirve de consuelo, no he estado sola. Los chicos son geniales.

—Sí, lo sé. Lo son.

Sonrío un segundo y al siguiente la sonrisa se congela y allí se quedan todos esos planes que sé que me estoy perdiendo.

¿Fiesta del solsticio de verano? ¿Barbacoa en una azotea del centro? ¿Cata de vinos literaria?

Los ignoro y renuncio a ellos cada vez que surgen porque no quiero... esto. No quiero mirarla como sé que la estoy mirando.