18. Wes
Wes
A veces el cuerpo nos traiciona.
Eso me pasa cada vez que la oigo reírse o mirarme de reojo o hacer algún comentario inteligente que provoca interés en sus interlocutores.
Un puto ciclón me despierta por dentro, uno que me irrita porque no es correcto que esté y no puedo controlarlo, pero al que sé que podría engancharme.
Lo sé porque un ciclón conlleva tormentas y lluvias y truenos, pero también vientos intensos con la capacidad de arrasar a su paso con todo aquello que no esté anclado a tierra.
—Deja de mirarla. —Luke me susurra al oído mientras, al otro lado de la sala, Elise habla con Molly.
Me llevo la mano a la cara y me froto los ojos.
Suelto un suspiro y me dirijo a la zona donde los camareros del evento están sirviendo las bebidas. Cojo una copa de champán y dejo que las burbujas desciendan hasta adormecer todo eso que bulle en mi estómago.
Durante unos instantes, me limito a beber y a respirar más despacio.
—¿Qué pasa?
La mirada insistente de mi primo me recuerda que a él no es fácil esconderle lo que me ocurre, quizá por eso acabo diciendo:
—No sé si todo esto ha sido un error.
—¿Te refieres a Elise o a la boda?
Me encojo de hombros, pero no contesto, porque siento mi interior demasiado enredado.
Sabía que formalizar el compromiso con Laurie llevaba implícito empezar a organizar una boda, pero no había pensado a fondo en cómo recibirían mis hermanos la noticia.
«Ahora no puedes echarte atrás», bromean de vez en cuando. Saben que a nivel estratégico mi matrimonio con Laurie refuerza nuestro poder con respecto a la junta directiva, puesto que su padre es uno de sus miembros más respetados.
«Ese capullo resbaladizo no tendrá más remedio que estar de nuestra parte de ahora en adelante si sabe lo que le conviene», añade Damien varias veces al día.
Siento como si, de pronto, mi papel en la empresa fuera algo valioso y mi relación con Laurie, una alianza para fortalecer nuestra influencia en la junta, no una decisión basada en el amor que sentimos y en nuestro deseo de seguir nuestro camino juntos.
Y, justo en medio de todo esto, Elise. Como un huracán.
No hay otra puta cosa dentro de mi cabeza desde que la volví a ver días atrás.
—Deberías cogerte unos días para ti —dice Luke, que no ha dejado de mirarme, que parece estar dentro de mi mente, escuchando las dudas y sintiendo la angustia que me llena el pecho—. Desconectar un poco. Aclarar tus ideas.
—Mis ideas están claras, Luke —respondo a la defensiva.
—¿Estás seguro de eso?
Mi primo carraspea y dirige de nuevo sus ojos verdes hacia Elise, que sigue hablando y desenvolviéndose con mis amigos como si los conociera de toda la vida.
La tensión que flota en mi pecho me aprieta y me paraliza.
Verla me confunde. Como todo lo que rodea a Elise, que representa esas horas de libertad donde me permití ser yo mismo, sin nada más.
Ella se convirtió en el lugar al que huía mi mente cuando la realidad me ahogaba.
El recuerdo de aquella noche, de los dos paseando por la playa de Santa Mónica, se ha transformado en una ventana a la que he escapado noche tras noche cuando no podía dormir.
Idealicé lo que ocurrió entre nosotros. Encerré aquellas horas en mi memoria y construí un mausoleo a su alrededor.
Ahora, ella ha vuelto. Y me da miedo acercarme y que el refugio que fue esa noche se desvanezca al descubrir que nada de lo que sentí fue real. O peor: mirarla y descubrir que aquello fue la semilla de lo único que he sentido de verdad en toda mi vida.
La velada en la galería de Molly continúa. Arte. Conversaciones. Gente interesada en la obra del artista. Prensa.
Más copas de champán y canapés. Risas despreocupadas con mis amigos. Miradas entre Elise y yo que esconden algo. Demasiado. Curiosidad, ternura, un universo alternativo.
Cuando queda poco para que el evento termine, me acerco a ella. Está frente al cuadro titulado Historia de un desamor .
El óleo refleja la imagen de una chica con un corazón palpitándole entre los dedos.
—No puedo dejar de mirarlo —me dice cuando percibe mi presencia a su lado.
—Lo entiendo. Es hipnótico.
—¿Qué crees que ocurre? —me pregunta y sus ojos me atraviesan tal y como lo hicieron aquella noche.
—¿Cómo?
—El corazón que sostiene. ¿Qué crees que es?
Frunzo el ceño y clavo la vista en el lienzo de manera más concienzuda.
La imagen de la chica está desdibujada, solo unos pocos trazos son suficientes para retratar su expresión desolada, aunque queda en la cabeza del espectador descifrar el porqué de ese desconsuelo.
¿A quién pertenece el corazón? ¿Es suyo o lo ha robado? ¿Está siendo ofrecido o devuelto?
Entiendo al instante por qué ha obsesionado a Elise.
Me giro para mirarla y ella me mira a mí cuando le digo:
—Yo creo que se lo ha arrancado a alguien del pecho. Y ahora no sabe qué hacer con la responsabilidad de tener entre sus manos algo tan vivo.
—Yo creo que ella lo entregó sin medir las consecuencias y no sabe qué hacer con algo que ya no siente como suyo.
Dejo escapar el aire.
—Supongo que es lo que tiene el arte, ¿no? Cada uno proyecta al observarlo su propia verdad.
Ella me sonríe al decir:
—Creo que es así con todo lo que nos pasa en la vida.
Cada uno tenemos nuestros propios filtros para interpretar la realidad.
Como quien ve un vaso medio vacío o medio lleno cuando la cantidad de agua es la misma.
Como lo que hablábamos el otro día de la felicidad.
Que puede ser complicada de alcanzar o lo más sencillo del mundo.
Su mirada me atraviesa hasta el nervio óptico y no puedo evitar pensar que sus ojos de plata son lo más real que he visto en mi vida.
Y recuerdo algo que pensé en su día, al conocerla: que en ellos no hay interpretaciones ni expectativas; se limitan a ver el mundo y aceptar; no construyen una verdad, la dejan ser.
Pocos segundos después, me separo de ella y me desplazo al otro lado de la sala. Y es entonces cuando tomo la decisión: si no quiero que mi vida salte por los aires, debo encontrar la manera de mantenerme alejado de Elise.