El verano que fuimos libres 17. Elise
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17. Elise

Elise

—¿A qué te refieres con que va a casarse? —me pregunta Sam a través de FaceTime mientras yo termino de colocar mi ropa en el armario de este piso que aún no siento que sea mío.

La mudanza se me está atragantando entre todas las emociones que han despertado dentro de mí tras mi llegada a San Francisco.

—Pues que está prometido, Sam.

—Pero ¿con quién? ¿Cuánto llevan juntos? ¿Cuándo es la boda?

—No lo sé. No hemos hablado de eso.

—¿Y de qué habéis hablado, entonces?

De planes que no nos pertenecen. De cuando todo se viene abajo. Del significado de los recuerdos que no compartimos con nadie más.

No le digo nada de eso a Sam. Me limito a encogerme de hombros, pero ella no capta la indirecta e insiste:

—¿Te hubiera gustado que estuviera soltero?

Las cejas de mi amiga, arqueadas a través de la pantalla, me hacen pensar que ella ya tiene una respuesta a eso.

—No estoy preparada para iniciar nada con nadie —le contesto, evasiva.

—Lo sé. Pero quizá te habría gustado tener la opción disponible.

Lo pienso durante unos segundos. Algo dentro de mi estómago se agita al recordar la manera en que reaccioné cuando lo tuve delante después de tanto tiempo.

Desde que nos despedimos en aquella terraza, mi mente juega a algo peligroso: a hacerme preguntas para las que jamás tendré respuesta.

¿Quién es Wes a día de hoy? ¿Qué queda del chico que conocí? ¿Aquella versión de él era real? ¿Puede existir algo sincero entre dos personas cuando se desconocen detalles fundamentales de sus vidas?

Porque, a pesar del bache que estoy atravesando, a pesar de la desilusión, la decepción y los cambios, no puedo ignorar el hecho de que Wes me gusta.

Me gusta de una manera rotunda e instintiva.

Entre nosotros existe... algo, una especie de vínculo que ha permanecido años latente, pero que se ha activado solo con un cruce de miradas.

Pese a no saber nada de él. Pese a todo lo que él desconoce de mí.

Nunca me había permitido imaginar hasta dónde podríamos llegar si coincidiéramos en el mismo tiempo y el mismo lugar, pero, de pronto, no puedo pensar en otra cosa.

—Supongo que sí —contesto con sinceridad a mi amiga—. Pero quizá sea mejor así. Hay cosas que tienen más fuerza en la carpeta de los recuerdos que nunca ocurrieron.

La niebla de San Francisco es densa y tiene nombre propio. Se llama Karl y cuenta con un perfil verificado en redes sociales con miles de seguidores.

Es el primer reportaje que me asignan en Réquiem cuando empiezo a formar parte del equipo.

Debo entrevistar a trabajadores nocturnos de la ciudad que se ven afectados por la intensidad de la niebla —conductores, trabajadores marítimos y porturarios, personal de limpieza y mantenimiento de las infraestructuras de la vía pública.

El equipo con el que trabajo es amable y lo suficientemente discreto como para tratarme con normalidad, como a una compañera más, y no como a alguien que se ha visto envuelto en un escándalo mediático.

Mi primera semana oficial en San Francisco se resume en: estudiar guiones, visitar localizaciones y esforzarme en conocer a la gente que me rodea.

Aunque, en mi interior, son muchas las piezas que siguen flotando a la deriva: ¿quién soy ahora, en este momento?

¿Soy la chica que se refugió en la universidad cuando embargaron su casa y su hermana y su sobrina se fueron a vivir a la otra punta del país? ¿Soy la que cogió sus cosas y persiguió un sueño en la ciudad de Los Ángeles? ¿Soy la que empezó a vivir una vida de lujo al lado de un actor de éxito?

¿Soy la mezcla de todas ellas o una persona totalmente distinta?

Con el paso de los días, la niebla comienza a formar parte de mi día a día: cuando salgo a la calle, cuando trabajo, cuando pienso.

Es como si todo estuviera envuelto en bruma. Mis pensamientos, los sonidos, las razones por las que estoy aquí, hasta que, de pronto, ocurre lo impensable: me doy cuenta de que echo de menos Los Ángeles.

Echo de menos algunas de mis rutinas en la ciudad. Echo de menos a Sam y a algunos compañeros que siempre estaban dispuestos a ayudar. Echo de menos saber cuál era mi propósito.

Siento que todo lo que deseaba de la vida se ha desdibujado en mi mente y esa sensación se agudiza todavía más cuando llega el fin de semana y acudo a la galería de la amiga de Wes.

No hemos hablado mucho estos días, salvo para concretar los detalles de este encuentro.

Supongo que es mejor así. Mantener de cierta forma las distancias. No enredar demasiado las cosas.

Respiro hondo al cruzar las puertas del local y miro a mi alrededor.

Este ambiente vanguardista —pintores, escultores, arte— no es exactamente al que me acostumbré a vivir en Los Ángeles, donde todo era mucho más frívolo y superficial.

—¿Elise?

Me giro ante el sonido de mi propio nombre y me encuentro con un chico de expresión amable que me mira con una sonrisa.

—¿Sí?

—No me recuerdas, ¿verdad?

Su sonrisa crece y se carga de un destello cómplice que me hace sentir en sintonía con él.

—Eres el primo de Wes —susurro al caer en la cuenta.

—Sí. Luke. Bienvenida. —Nos damos un abrazo breve mientras dice—: Wes me dijo que vendrías. Él llega tarde, para variar.

Yo hago un gesto afirmativo, pero supongo que mi expresión me delata.

Y es que esa sensación difusa, que lleva rondándome todos estos días por dentro, elige justo este instante para paralizarme.

Luke se da cuenta.

—¿Pasa algo? —me pregunta.

—Nada. De repente no sé... no sé qué hago aquí.

Agito la cabeza, sonriendo, aunque no es una sonrisa cálida o amable, sino parte del disfraz de supervivencia del que debo echar mano cuando no quiero que la realidad se venga abajo.

El primo de Wes parece captar esto también y toma mi brazo con calidez.

—Conocer a gente en la ciudad, ¿no? Venga, ven. Te presentaré. Allí están todos.

Mientras nos acercamos hacia un grupito de tres personas que hay al fondo de la galería, le pregunto:

—¿Alguien sabe quién soy?

—Yo diría que si tienen acceso a las redes sociales... sí. —Me mira un instante de reojo—. No era eso lo que me preguntabas, ¿verdad?

—No. Pero, tranquilo, lo capto.

Luke me presenta a sus amigos.

No sé qué esperaba, seguramente un grupo de gente trajeada, pretenciosa, que te mira por encima del hombro. Pero no. Cuando compruebo que estaba totalmente equivocada, parte de la inquietud que sentía se desvanece.

Molly, la dueña de la galería, me abraza al conocerme.

—¡Eres más guapa en persona que en la televisión! —exclama y su sonrisa me hace pensar en confidencias, en el refugio que supone tener una amiga con la que puedes hablar de todo.

Brian, su novio, tiene una mirada analítica pero afable. Me sorprende cuando me cuentan que él trabaja en una empresa de consultoría estratégica y que llevan juntos desde la universidad.

—Somos la prueba viviente de que los polos opuestos se atraen —bromea él.

El tercer amigo, Mark, es el arquetipo del canalla encantador.

Es atento y tiene gran facilidad para hacer reír a la gente con la que interactúa.

Ninguno de los tres finge que no sabe quién soy, pero no parece que el hecho de saberlo los condicione a la hora de tratarme.

A los veinte minutos de conocerlos, siento que la conversación fluye y que puedo sentirme cómoda con ellos.

—¿De qué habéis dicho que os conocíais? —pregunta Mark, curioso.

—Coincidimos hace años en un festival, en Los Ángeles —explica Luke y, puesto que él no dice nada acerca de Wes, yo tampoco lo hago.

Un rato después, mientras recorro la exposición que luce esta noche en la galería, me detengo frente a la pintura de una chica que sostiene en la mano un corazón.

Una corriente invisible me atraviesa junto con una pregunta: ¿a quién pertenece el órgano que palpita entre sus dedos?

—¿Entiendes de arte? —Mark se sitúa a mi lado y pierde la mirada por el mismo cuadro que yo.

—No. Pero creo que todos nos hemos sentido así alguna vez, ¿no?

Él asiente y sonríe y, como si nada, nos ponemos a charlar.

Mark se interesa por mí, por mi vida. Qué hago aquí, cómo he acabado aquí, cómo me siento viviendo aquí.

Le cuento que llevo apenas una semana en la ciudad, que me estoy adaptando y que mis horarios han sido tan locos que carezco de rutina.

No le hablo de lo que me angustia. Que Jake no se cansa de intentar localizarme por todas las vías que se le ocurren ni que sus fans siguen lanzando su odio hacia mí a través de las redes sociales o que a veces, cuando cierro los ojos, no me encuentro.

Él me explica que tiene empresas de todo tipo.

Que las funda, invierte en ellas, las lleva a lo más alto, algunas se las queda y otras las vende.

Que ahora está enfocado en un proyecto de restauración, un nuevo concepto de cocina experimental que tiene previsto inaugurar a finales de verano cerca del parque del Golden Gate.

Mark da la impresión de tener un propósito. O no. Quizá precisamente no tiene ninguno; tampoco se encuentra a sí mismo. Por eso parece que conectamos deprisa.

—¿Esperas a alguien? —pregunta de pronto.

—¿Cómo?

—No he podido evitar fijarme en que estás pendiente de la entrada.

Mis ojos parpadean despacio y, antes de dar con la respuesta adecuada, la puerta se abre.

Es Wes.

Está solo.

Respiro profundo.

Hasta ahora no me había dado cuenta de lo mucho que me inquietaba la posibilidad de que apareciera con su prometida.

Lleva traje, pero se ha quitado la corbata. El pelo revuelto y unas sombras bajo sus ojos. Busca algo por todo el local, y sé al instante que es a mí.

Cuando por fin me encuentra, su sonrisa se extiende en su rostro y la mía cobra vida como un acto reflejo.