16. Wes
Wes
El whisky está helado. Tiene un sabor añejo, casi amargo, que produce el efecto de desatascar palabras.
Elise y yo hablamos. Ella habla de toda la gente que no la llamó después de dejar Los Ángeles, de las cadenas que no quieren saber nada de ella, de volver a empezar.
—Es una oportunidad, no hay duda. Pero también una maldición para algunos.
Cualquier esperanza de no volver a sentirme atraído por Elise se evapora en el momento en que me mira a los ojos, sin barreras, y entiendo lo que me ha querido decir antes —que soy Wesley Edgar James y también soy Wes—, porque ella es Elise Parrish, la de la vida glamurosa de Beverly Hills y también una chica de veinticinco años perdida.
La Elise que conocí era sabia de esa manera en que solo puedes serlo con poco más de veinte años, sin el peso de demasiadas heridas en la mochila, sin cinismo. También era libre, honesta, casi etérea.
Hoy esa Elise está escondida, atrapada bajo el peso de la otra, y me inquieta a la vez que me fascina.
—Entonces tu hermano es tu jefe —dice ella.
—Todos mis hermanos son mis jefes. Todos trabajan en la empresa. Gus es el director general desde hace un tiempo, aunque yo estoy en el equipo de Damien, en el área estratégica. Cada vez tengo más responsabilidad.
—Sabía que tu obsesión por las hojas de cálculo te llevaría lejos —bromea.
—Eso parece.
Agito la cabeza. Noto un nudo en mi estómago, tomando forma, a punto de explotar y empantanarlo todo.
No sé si es por ella y nuestro reencuentro. O si ya estaba ahí y, simplemente, ha crecido tanto en las últimas horas que ignorarlo resulta imposible.
—Pero no estás satisfecho con tu vida.
—No, no del todo. Además, bueno...
—¿Sí?
—Yo... eh... voy a casarme.
Lo suelto. No tengo ninguna pretensión clara con este encuentro.
Soy consciente de que para Elise esta información pueda ser del todo irrelevante, pero.
.. siento la necesidad de ser honesto. Quizá no lo fui del todo la última vez.
Y, en esta ocasión, necesito no sentir que hay una parte de mí escondida, en las sombras.
Para mi sorpresa, los ojos de Elise se oscurecen en un par de pestañeos.
—A casarte —repite.
—Sí.
—Vaya. Enhorabuena.
—Gracias.
Algo cambia entre los dos. Una tensión que no estaba aquí segundos antes y que se vuelve casi imposible de soportar en el momento en que ella hace la pregunta que evito realizarme a mí mismo:
—¿Eso también forma parte del plan que otros han elegido por ti?
—Eh... —Empiezan a sudarme las manos. Y el cuello. Se me acelera el corazón.
—Lo siento. Lo siento —se apresura a decir ella—. No tendría que haber dicho eso.
—No, no te preocupes. Es solo que... no tengo una respuesta que...
—Ya, ya. Podemos cambiar de tema. Te veo una vena en la frente a punto de explotar.
Durante los instantes siguientes, Elise esquiva mi mirada.
Siento que todo se desmorona: la complicidad, los recuerdos, todo.
—Perdóname —le digo—. No quería... no quiero que estés incómoda ni...
Ella alza la mirada de nuevo y veo el esfuerzo que hace por controlarse a sí misma, por redirigir la situación.
Su voz suena serena cuando habla de nuevo:
—Wes. Tranquilo. Sí, nos hemos visto desnudos y todo eso, pero solo tuvimos una historia de una noche hace tres años. Acaban de humillarme sentimentalmente delante de todo el país. No pienso que... no le demos más importancia.
Mentiría si dijera que no me duele escuchar cómo reduce lo que sentimos aquella noche a una historia pasajera. Pero sé que así todo es mucho más sencillo.
—Sí. Ya. Tienes razón. Lo siento.
Elise tiene magia con las palabras. Tiene que ser eso. Porque, si no, no me explico cómo es capaz de deshacer, con unas pocas frases, la incomodidad que nos había envuelto minutos antes.
Regresamos al terreno de las conversaciones fáciles, cotidianas, de los planes que tiene ella en sus primeras semanas en la ciudad.
Pasa el tiempo. Una hora, quizá. Un par de whiskies y varias risas. De las de verdad. Honestas.
Hacía tiempo que no sentía esto. No solo esta conexión genuina con otra persona, sino la sensación de que a alguien le interesa lo que tengo que contarle. Sin segundas intenciones. Sin estrategias ocultas marcando la interacción.
Solo yo. Wes. Un chico cualquiera.
Mi teléfono acaba sacándonos de la burbuja de complicidad que hemos construido.
La realidad se impone: los rollos de mi familia, los reclamos de Laurie.
Cuando ambos nos ponemos en pie, la posibilidad de no verla más me resulta abrumadora. Quizá por eso le pregunto:
—¿Haces algo el viernes?
—¿Cómo? —Ella se gira hacia mí, sorprendida.
—Yo... bueno, tengo una amiga que inaugura una exposición en su galería. Has dicho que no conoces a nadie en la ciudad y mis amigos de la universidad son buena gente.
Sus ojos, de ese color impronunciable que me ha perseguido en sueños, se me clavan dentro al mirarme. Como si quisieran saber si hay algo más detrás de ese ofrecimiento por mi parte.
Creo que me sería imposible esconderle que sí lo hay, aunque no esté bien, aunque pueda complicarlo todo.
—¿También son ricos herederos? —pregunta, en tono de broma.
—Bueno, no diría tanto, aunque el precio del alquiler no figura entre sus principales problemas.
—Me gustaría ir, sí.
Yo sonrío y asiento.
—Me ha gustado verte, Elise.
—A mí también. Aún me cuesta creérmelo.
—Lo sé. Me pasa lo mismo. Pensé... bueno, pensé que tu existencia había sido producto de mi imaginación durante uno de los peores momentos de mi vida.
Ella asiente y se me queda mirando. Poca gente me ha mirado como lo hace ahora Elise.
Como si realmente pudiera ver en mi interior y sacar unas cuantas conclusiones.
Y no puedo evitar acordarme de esa noche.
De que alguien a quien no conocía me dio permiso para ser libre unas horas.
Y que a su lado vi cómo podría ser mi vida si no mirara más hacia fuera que hacia dentro de mí mismo.
—Pues ya ves que no. —Sonríe—. Soy de carne y hueso.
—Igual y diferente a como te recordaba.
—Espero que signifique algo bueno.
Me limito a responderle solo con una sonrisa y no alargamos la despedida. Ella dice que va a regresar a casa en transporte público y yo insisto en que eche a andar, que yo pagaré la cuenta.
Nos abrazamos de una forma un tanto incómoda y después la observo cruzar la calle de esa manera tan suya, como si cada espacio le perteneciera.
Camina como si flotase. Como si no fuera consciente de todas las miradas que arrastra tras su paso.
Así se mueve Elise, sin pensar en lo que hay a su alrededor, igual que cuando habla, se expresa, piensa.
Elise no presta atención a su entorno porque no se deja dominar por él.
Lo descubrí aquella noche años atrás, lo he confirmado hoy.
Y, mientras la veo marchar, me pregunto qué significado tiene guardar tantos detalles acerca de una mujer que no es la tuya.