El verano que fuimos libres 15. Elise
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15. Elise

Elise

Estoy nerviosa. Y podría echar la culpa a un montón de factores: trabajo nuevo, piso nuevo, ciudad nueva; vida nueva.

Pero no.

La culpa la tiene la expectativa del reencuentro que va a ocurrir en los próximos minutos.

Wes es solo alguien con quien compartí algo más de veinticuatro horas hace tres años, pero ese breve espacio de tiempo bastó para dejarme huella.

Me he acordado de él las suficientes veces como para que el significado de aquellas horas haya trascendido, a pesar de que nunca llegara a saber quién era Wes.

—¿Estás segura de que estás a punto de tener una cita con uno de los herederos de Allensyr? —me pregunta mi hermana mientras camino hacia el lugar donde Wes y yo hemos quedado.

—No es una cita, Emily.

—Me has entendido. Me refiero a... ¿estás segura de que no has malinterpretado lo que venía en Google?

Mi hermana, Sam y yo misma nos quedamos desconcertadas tras mi análisis exhaustivo de las redes sociales de Wes, que reveló que era uno de los hijos de Augustus Christopher James, fundador del conglomerado tecnológico Allensyr.

No encajaba en absoluto con el recuerdo del chico que conocí en Santa Mónica, pero, al mismo tiempo, era la respuesta al misterio que sentí que lo envolvía.

— Página Seis no miente.

Mi hermana suspira con la suficiente fuerza como para distorsionar el sonido de la línea.

—Oye, ten cuidado, ¿vale? Lo de Jake ha sido un palo duro. Y si realmente Wes es... En fin, lo que quiero decir es que no te compliques la vida.

—Tranquila. No lo haré. Solo es una cerveza.

Y en el momento en que se lo digo a mi hermana, pienso que lo digo en serio. Pero, diez minutos después, cuando espero sentada en la terraza y lo veo aparecer, el vuelco que siento en el estómago parece contradecirme.

Wes tarda pocos segundos en pararse delante de mí. Los mismos que me llevan a mí procesar la rotundidad de sus pasos, la manera en la que ocupa el espacio y su aura magnética.

Cuando se detiene, ninguno sabemos qué decir, así que el momento del reencuentro es algo atropellado. Él articula un simple «hola» al tiempo que yo me lanzo a abrazarlo.

No se lo esperaba. Se queda rígido bajo mi contacto.

—Dios. P-perdona —balbuceo yo, tomando distancia al instante.

—No. —Sonríe—. Perdona tú. No esperaba que hicieras eso.

—Es que no sabía cómo..., ya sabes, saludarte.

—Lo que has hecho es perfecto. De verdad. —Echa un vistazo a la silla que hay frente a la mía—. ¿Nos sentamos?

Nos dejamos caer uno frente al otro y nos miramos. No puedo evitar pensar que está diferente. Más... hecho. Como si en su día me hubiera cruzado con la versión «chico» del hombre que tengo ahora delante.

Él también me mira a mí y no sé qué estará pasando por su cabeza.

Desde que empecé en el mundo de la televisión, visto ropa sofisticada que trata de disimular que soy una chica que acaba de cumplir los veinticinco.

Nunca, en todo este tiempo, he dejado de sentir que llevo un disfraz.

Y Wes me conoció cuando me sentía más auténtica, más salvaje, solo vaqueros, despreocupación y atención plena en el presente.

—Es raro, ¿verdad? —dice, con una sonrisa, cuando el silencio nos sobrevuela durante el tiempo suficiente para tornarse incómodo.

—Sí. Ha pasado mucho tiempo.

—Sí... Aunque no tengo la percepción exacta de cuánto. Te he visto en la tele en varias ocasiones.

—¿En serio?

—Sí, antes de... bueno, ya sabes.

—Ya. De que me echaran de la cadena, quieres decir.

Parece incómodo.

—Sí. Lo siento.

—¿Por que me echaran o por todo el escándalo de Jake? —Y lo digo con una sonrisa que él replica en su boca con aire compasivo.

—Por todo. Lo siento de verdad, Elise. Lamento que estés pasando un momento complicado.

—Sobreviviré, supongo. Al menos estoy en otra ciudad, tendré otro trabajo, otra vida...

Dejo la frase en el aire y me esfuerzo por obviar que esto ya lo he vivido. Que cuando mi vida en Reno se complicó en exceso —la muerte de mi madre, el embargo de nuestra casa, las deudas de mi padre—, me subí a un autobús con todas mis cosas y empecé de nuevo en otro lugar.

Un camarero llega en ese instante para tomarnos nota.

Regresa apenas un par de minutos después con una cerveza para cada uno.

—En fin —continúo diciendo—. ¿Qué hay de ti, Wes? ¿Eres feliz?

No sé por qué, pero mi pregunta lo hace reír.

—Vaya —responde—. Es una pregunta complicada...

—O extremadamente sencilla, según se mire.

Yo dibujo una sonrisa y él lanza un suspiro.

—Sinceramente, me siento un gilipollas diciendo que no, porque lo tengo todo.

—Ya. Eso he visto.

Y por la manera en la que lo digo, por la manera en la que mis cejas se alzan sarcásticamente, él entiende lo que quiero decir.

—Me has buscado en internet, ¿verdad? —pregunta.

—En cuanto tuve acceso a tu perfil y... a tus apellidos.

—Siento no haber... ya sabes, habértelo dicho.

—No tenías por qué. Tú tampoco sabías nada de mí. No cambia nada.

—¿No?

—Me refiero... el recuerdo de aquella noche está intacto. Creo que incluso agradezco no haberlo sabido.

—¿En serio?

—En serio. Quizá me hubiera marchado. O quizá el saberlo nos habría estropeado el momento.

—Sí, estoy de acuerdo. Creo que en parte por eso preferí omitirlo. Solo quería ser Wes.

—Para mí eres Wes. Aunque también seas Wesley Edgar James.

—Dos hombres, un destino —bromea.

—Brindemos por eso, por tu destino.

Y lo hacemos. Brindamos. Y en el sonido de las cervezas chocando, en el espacio que se dibuja entre su mirada y la mía, lo siento, el temblor, los recuerdos de una historia pendiente.

—¿Entonces? —le pregunto.

—¿Entonces qué?

—¿Eres feliz?

—Me encantaría decirte que sí.

—¿Pero...?

—Pero he seguido con el plan.

—¿Qué plan?

—El que otros han elegido para mí.

Su mirada se pierde en la bebida que tiene entre las manos. Sus dedos rascan la etiqueta. Parece lejos de aquí.

—¿Quieres hablar de ello?

—En realidad no hay mucho que contar. He seguido los pasos. He hecho lo que se esperaba de mí.

—¿Y qué esperabas tú de ti mismo?

—Quizá ese sea el problema. Que no lo sé.

—Vale... Llamaré al camarero. Creo que necesitamos algo más fuerte.

Con una sonrisa compartida, el ambiente entre los dos se transforma al instante.