El verano que fuimos libres 14. Wes
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14. Wes

Wes

No me lo puedo creer. ¿De verdad eres tú? ¿Wes? ¿El mismo Wes del concierto de covers de Los Ángeles de hace tres años? Por supuesto que me acuerdo de ti. No sé qué decir. Gracias por tu mensaje, supongo. ¿Cómo estás?

Lo admito. No esperaba una respuesta. Elise tiene más de trescientos mil seguidores en Instagram. Es un milagro que haya visto mi mensaje, mucho más que se haya tomado la molestia de contestarme.

Me quedo como un gilipollas mirando la pantalla de mi móvil. Estoy en el salón de nuestra casa de Sausalito esperando a que Laurie termine de arreglarse. Tenemos una cena para anunciarles a nuestras familias que nos casamos. Y ahora solo tengo cabeza para pensar en una respuesta para Elise.

Su mensaje da pie a que yo siga la conversación y la realidad es que quiero hacerlo.

Yo estoy muy bien. ¿Y tú?

Lo borro.

Sí, soy ese Wes. ¿Cómo te ha tratado la vida? Yo no me puedo quejar.

Lo borro también.

Paso los siguientes minutos escribiendo palabras que acabo desechando porque no me parecen lo suficientemente buenas.

¿Qué se dice en estos casos? ¿Le digo que estoy bien, sin más? ¿Le digo que me he prometido? ¿Que sigo atrapado en mi propia vida? ¿Que lo más emocionante que me ha pasado en años fueron las horas que pasamos juntos? ¿Que aún pienso en ella y que la sigo por las redes sociales?

Yo tampoco me puedo creer que me haya atrevido a escribirte. Pero me alegro de que hayas contestado. Estoy bien. Mismo sitio, misma vida. Sin sobresaltos.

Le doy a enviar y dos segundos después me arrepiento. El resultado es patético. Ni siquiera da la impresión de que quiera continuar hablando.

De pronto, veo que Laurie apaga las luces de la planta de arriba.

Tecleo una vez más sin pensar antes de dejar el móvil a un lado:

Háblame de ti, por favor.

La casa de mis padres está a las afueras de la ciudad.

Es una propiedad bastante imponente en la que han vivido durante casi cincuenta años.

A medida que Allensyr crecía, fueron adquiriendo los terrenos de alrededor y ampliando la vivienda principal.

Aquí nos hemos criado mis hermanos y yo y de aquí he querido escapar en varias ocasiones.

Pero siempre acabo volviendo.

Laurie me coge de la mano cuando salimos del coche y siento al instante el frío contacto del anillo de compromiso que adorna su dedo y el botón superior de mi camisa demasiado apretado. Después de esta noche no habrá marcha atrás.

—Bienvenidos —dice mi madre cuando nos abre la puerta de casa—. Os estábamos esperando.

Le da un beso en la mejilla a Laurie tras decirle lo guapa que está y, a continuación, me abraza a mí.

Yo hago hasta lo imposible por ponerme mi máscara de buen hijo, novio, yerno, heredero de un imperio tecnológico.

Soy un experto en máscaras, hecho que corroboro a lo largo de toda la noche, mientras interpreto mi papel durante los entrantes, el segundo plato y el postre. Y también durante el brindis, cuando Laurie se pone en pie y me mira para que sea yo el que dé la noticia.

Con un carraspeo anuncio que estamos comprometidos. «Vamos a casarnos», digo, aunque me parece estar viviendo la escena desde fuera. No reconozco mi propia voz.

Enseguida empiezan los gritos de emoción por parte de nuestras madres.

Los apretones de manos de nuestros padres.

Los abrazos, los besos y los brindis.

Y de nuevo el botón de mi camisa; el dichoso botón de mi camisa impidiéndome respirar con normalidad.

Lo que más me jode es sentir la mirada de aprobación de mi padre.

Como si estuviera recordando la conversación que tuvimos cuando Laurie y yo lo dejamos aquella breve temporada, tres años atrás.

«Una manzana podrida pudre el cesto, Wes, no lo olvides nunca.

Y a un padre despechado por el corazón roto de su hija se le nubla la razón con mucha facilidad».

Fue su manera de hacerme entender que lo mío con Laurie no solo iba de ella y yo. Que el hecho de haberme fijado en la hija de uno de los miembros de la junta directiva de Allensyr conllevaba una responsabilidad. Que había consecuencias que nos afectaban a todos.

—Voy un momento al aseo —anuncio de repente, sobrepasado por la situación, aunque nadie me presta atención. Están todos enfrascados en la historia familiar del anillo de Laurie.

Subo a uno de los cuartos de baño de la planta de arriba, en busca de intimidad.

Cierro la puerta con pestillo cuando entro y me siento en el váter con la tapa bajada. Cojo aire y lo suelto varias veces.

Cuando logro tranquilizarme, me levanto y abro el grifo para mojarme un poco la nuca. Y es entonces cuando me acuerdo de mi móvil. Lo saco del bolsillo de mi pantalón y abro la aplicación de Instagram.

Ahí está. Un nuevo mensaje de Elise.

Mi vida ahora mismo cabe tanto en un post en redes sociales como en una saga de cuatro libros.

¿Cuánto tiempo tienes? Aunque, bueno, supongo que habrás visto las noticias.

.. No te mentiré, he tenido épocas mejores.

Pero también peores, por lo que intento verlo todo con perspectiva. ¿Sigues viviendo en San Francisco?

Sé que quizá no sea buena idea seguir alargando esta conversación. Desde luego, no lo es la noche en la que anuncio mi compromiso con otra persona.

Pero hay algo que me empuja a saber de ella. Diré más: hay algo que me empuja a que ella sepa de mí. De mis planes milimetrados, de mi sensación de ahogo, de todo lo que le dejé ver una noche de verano hace ya tres años.

Sí, sigo viviendo en San Francisco. ¿Qué te trae a ti por aquí?

Vuelvo al salón algo más despejado. Las voces toman fuerza conforme me acerco. Barajan fechas, lugares donde celebrar la boda, diseñadoras a las que encargar el vestido de novia.

—Cariño, ¿estás bien? —Laurie se acerca a mí en cuanto pongo un pie a su lado.

Me acaricia el pelo con ternura y después pone una mano en mi pecho. Cierro los ojos. La ilusión que desprende son esquirlas de hielo raspándome la piel.

—Demasiado vino —le digo con una mueca. Luego la beso con delicadeza en la boca—. ¿Me he perdido algo?

—No demasiado.

—¿No demasiado? —interviene el padre de Laurie con una sonrisa—. Hijo, si te descuidas, en dos días tienes la boda montada.

Yo saco de nuevo a pasear mi máscara y curvo los labios hacia arriba, como si estuviera encantado con la situación.

La siguiente hora me fumo un habano con mi padre y mi suegro mientras degustamos una botella de whisky de cinco mil dólares.

Casi escucho a Luke bromeando con que mi vida se ha convertido en una película clásica de los años cincuenta. Y lo que es peor: también visualizo la cara de Marcus mirándome con frustración.

Nos vamos de casa de mis padres cerca de las once y, cuando Laurie al fin se queda dormida a mi lado, me decido a revisar mi móvil. De nuevo, me espera un mensaje de Elise.

Tuve una entrevista de trabajo. Empiezo a finales de mes, así que me mudo para allá dentro de unas semanas.

Ese es el primer mensaje. Y solo la expectativa me pone nervioso.

Pero es con el segundo que me ha enviado con el que empieza mi dilema:

¿Te apetecería que nos viéramos?