El verano que fuimos libres 13. Elise
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13. Elise

Elise

Desaparecida.

Eso dicen los medios de mí. Que he desaparecido.

Llevo dos semanas sin ser vista por una sola cámara o periodista y, aunque según la prensa, estoy recomponiéndome de la decepción que ha supuesto mi historia con Jake, la realidad es que me estoy recuperando del golpe que me he llevado a nivel profesional.

Han sido solo seis meses, pero me había acostumbrado a ese modo de vida. Me encanta mi trabajo. O encantaba. Ninguna de las otras cadenas a cuyas puertas he tocado quieren saber nada de mí por el momento.

—Me han hablado de una vacante que puede ser interesante.

Abro los ojos cuando la voz de Sam me llega a los oídos. Mi amiga está a mi lado, tumbada en la hamaca que hay junto a la mía.

Llevamos dos semanas en un viñedo de Napa, al norte del estado. Es de unos amigos de Sam que ahora mismo están de vacaciones en Asia.

Sam ha tenido que viajar en un par de ocasiones a Toronto, donde está rodando su actual película. El resto del tiempo se lo pasa conmigo ensayando sus frases y caminando por el campo mientras bebemos vino y contamos estrellas por las noches.

—¿Qué tipo de vacante?

—Es para un canal pequeño que tiene bastante tirón por su versión digital.

—No suena mal.

—¿Les paso tu contacto?

Me encojo de hombros. No sé si estoy preparada para otra negativa.

Me preocupa que no solo sea mi asociación con Jake lo que fundamenta todos los rechazos que estoy teniendo, sino que la realidad sea que soy una comunicadora mediocre que consiguió el puesto de sus sueños por la influencia de su pareja.

Se lo digo a Sam. Ella responde que no todas las oportunidades que nos llegan lo hacen por razones justas, pero que eso no significa que la gente no tenga la posibilidad de demostrar que es válida.

—Además, el trabajo es en San Francisco —añade.

—No sé si estoy preparada para dejar Los Ángeles. —Suspiro.

—Tienes que pasar página, Elise. ¿Qué te queda allí? ¿Un montón de recuerdos de una vida que ya no es tuya? ¿Gente que te ha demostrado en los últimos días que solo se acercó a ti por interés?

—Es una manera interesante de decir que mi vida es una mentira.

—No es una mentira, Els. Ha habido cosas de verdad. Por eso tienes que empezar de cero. Para poder rescatarlas.

—¿Y cómo puedo diferenciar lo que ha sido real?

—Tu talento es real. Tu esfuerzo. Tus ganas. No dejes que la cara B de Los Ángeles acabe con todo eso.

Tomo una bocanada de aire mientras evalúo mis opciones. Toda mi vida ha ido de sobreponerme a las adversidades. De reinventarme y de seguir adelante. Supongo que es mi modo de vida y que en esta ocasión no debería ser distinto.

—Está bien —accedo finalmente—. Pásales mi número.

Cuarenta y ocho horas más tarde estoy subida en un avión con destino a San Francisco.

Paso varios días entrevistándome con distintas personas de la cadena, realizando pruebas de imagen, de sonido, de vídeo. Leyendo guiones y haciendo todo lo que me dicen que haga para comprobar si me ajusto a lo que buscan.

A lo largo de la semana me dedico a conocer diferentes rincones de la ciudad mientras por teléfono hablo con mi hermana y trato de tranquilizarla diciéndole que está todo bien, que saldré adelante.

Tomo la determinación de volver a interactuar con las redes sociales.

Echo un vistazo a las notificaciones acumuladas durante estas semanas y descarto y bloqueo y elimino todo lo que ya no tiene cabida en mi vida.

Subo a las historias de Instagram una imagen del Golden Gate y una frase que resume el significado de la palabra «resiliencia».

Voy a museos, subo en tranvía, como bollería y me tumbo a descansar en un parque.

Cuando a finales de la semana me reúno con la productora ejecutiva, me siento mentalmente preparada para lo que pueda venir.

—No podemos darte el puesto de reportera de los informativos —me ha dicho—. Lo sentimos. A día de hoy tu imagen está demasiado dañada. Sabemos que no es tu culpa, pero pasarán algunos meses hasta que tu perfil se rehabilite.

Acepto su respuesta con estoicismo. Cojo aire. Trato de que no se filtre en mi rostro la decepción.

—No obstante —continúa diciendo tras evaluar mi reacción—, tenemos otra vacante... Es algo un poco menos profesional de lo que estás acostumbrada, pero puedes cogerlo y quizá con el tiempo, cuando todo se estabilice, podamos colocarte en otro sitio.

—¿De qué se trata?

—Tenemos un programa que emitimos de madrugada durante los meses de verano, Réquiem por tus risas , cubre la vida nocturna de la ciudad. Necesitamos una reportera que funcione en diferentes registros. Sé que es un perfil algo inferior a lo que acostumbras, pero pensamos que puedes hacerlo muy bien.

Acepto sin pensarlo demasiado y les doy las gracias por la confianza.

Necesito empezar de cero, volver a hacerme un camino y, siendo realista, no demasiadas cadenas parecen dispuestas a darme una oportunidad a corto plazo.

Sigo pensando en ello mientras me subo al taxi que me llevará al hotel. Mi móvil arde en mi mano. Hay cientos de reacciones a la historia que he publicado antes. Echo un vistazo por encima. La mayoría son seguidoras de Jake.

Estoy tentada de contestarles una por una, pero me limito a pasar por encima los mensajes.

Lo hago durante unos segundos, hasta que un destinatario llama mi atención.

No sé si es por su nombre o por su fotografía, en pequeñito, pero le doy a abrir el mensaje y lo que encuentro me deja descolocada en la parte de atrás del vehículo. El corazón se me acelera. Y, por primera vez en muchos días, siento algo de vida dentro de mi pecho.

No sé por qué te escribo. Posiblemente no te acuerdes de mí.

Pero he seguido un poco lo que te ha pasado en las últimas semanas, y quería asegurarme de que estás bien.

Solo eso. Espero que disfrutes de San Francisco.

Si puedes, antes de irte visita el Palacio de Bellas Artes. Te encantará. Un abrazo.

Releo el mensaje una docena de veces. Me meto en su perfil. Miro sus fotos. Es él. Y sonrío de esa manera que solo consiguen los recuerdos que guardaste porque brillaban demasiado.

Y aunque mi vida es un desastre, aunque hay mucho que necesito poner en orden, aunque necesito tomar distancia de la antigua Elise... le doy a responder.