El verano que fuimos libres 12. Wes
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12. Wes

Wes

—Hermanito..., ¿todavía aquí?

Mi hermana Helena irrumpe en el despacho, con su larga cabellera castaña ondeando en una coleta y la mirada despejada.

Miro la hora en mi teléfono. Son las siete de un viernes.

—Qué remedio —respondo tratando de camuflar el deje de acritud.

—¿Tu jefe te manda trabajo extra? ¿Te explota? ¿Se aprovecha de ti?

Sonrío cuando hace alusión a nuestro hermano. Ella y Damien tienen una relación tensa y complicada, y desde que, meses atrás, asumí el papel de adjunto de Damien, intentamos que esa tensión y su complejidad no nos afecten a Helena y a mí.

Desde que murió Marcus, el resto de mis hermanos y yo formamos parte activa de Allensyr.

Gus es el director general y Helena y Damien son altos directivos.

En general, la relación con mis hermanos es una fuente de tensión constante que se va asentando al mismo tiempo que mi peso en la compañía.

Es una de las razones por las que nunca quise ascender dentro de Allensyr.

Recuerdo la época de la universidad y todas las veces que mi hermano Marcus me dijo que especializarme en empresariales no tenía sentido si había otras cosas que me interesaban —como la ciencia o la investigación.

Paradójicamente, la escuela de negocios y las horas de prácticas dentro de las distintas empresas que componen el conglomerado que es Allensyr fueron lo que me salvó cuando él murió y yo no podía abrir los ojos por las mañanas.

Estoy en una posición a la que nunca había aspirado, pero para la que al mismo tiempo llevo preparándome toda la vida.

—Sabes que sí —le respondo a mi hermana—; él siempre se aprovecha de todo lo que le conviene.

Helena utiliza esta visita, aparentemente casual, para intercambiar datos sobre los proyectos en los que estamos trabajando cada uno. A mi hermana le gusta ponerme al tanto de todo, como parte de mi formación y, seguramente, como parte de algún plan estratégico de sucesión que solo ella conoce.

—Debo marcharme —anuncio tras un rato de conversación, informes y hojas de cálculo.

—¿Planes? ¿Con Laurie?

—No. Es el cumpleaños de Luke.

Ella asiente y cambia de tema mientras recojo.

Luke es familia. Fue adoptado por la hermana de nuestra madre cuando tenía seis años y, debido a la diferencia de edad con el resto de mis hermanos, los únicos que llegamos a establecer un vínculo sólido con él fuimos los pequeños: Marcus y yo.

Para mí, es el único referente dentro de la familia en el que confío desde que Marcus no está.

Por eso me incomoda anunciarle mi compromiso con Laurie. Sé lo que va a opinar y también que no tendrá reparos en compartirlo.

Cuando llego al restaurante con Molly, Mark y Brian, mis amigos de la universidad, el ambiente es tan distendido que tomo la determinación de no contarlo hasta después de la cena.

Lo hago justo antes del postre:

—Voy a casarme.

Ninguno de mis amigos reacciona. Se limitan a mirarme. Parpadean despacio.

—Ni siquiera sabía que habías comprado un anillo. —Luke es el primero en hablar, y lo hace sin rastro de emoción en la voz.

—Es que no he comprado ningún anillo.

—¿Entonces?

Les explico en líneas generales lo acontecido la noche anterior.

La caja del anillo sobre la mesa. La conversación. La decisión que tomé.

—Así que Laurie se autopidió matrimonio —comenta Mark—. Porque eso es lo que ha hecho, ¿no crees? Te puso entre la espada y la pared.

—¿Cómo encontró el anillo? —pregunta Molly, mirándome fijamente.

Es Brian, su novio, el que responde:

—Está claro, ¿no? Rebuscó entre sus cajones y dio con él.

Me froto los ojos con cierto cansancio.

—¿Qué más da cómo lo encontrara? Su madre había hablado con ella. Las explicaciones habrían venido tarde o temprano. Solo... tomar la decisión se precipitó.

—Pero ¿tú quieres casarte? —Molly de nuevo.

—Sí. —Me rasco la frente—. No lo sé. Supongo.

—¿Supones?

—A ver, yo no soy como Brian y tú, que lo tenéis claro desde la universidad. Yo tengo... a Laurie.

Mis amigos deciden no insistir. Se limitan a darme la enhorabuena y a mostrar su aceptación de los hechos.

Me preguntan dónde está ella y yo les explico que se ha ido a la casa de Sausalito, donde solemos pasar los fines de semana.

Laurie nunca se ha sentido del todo cómoda en presencia de mis amigos de la universidad y de Luke. No suele acompañarnos las pocas veces que conseguimos trazar un plan compatible con las agendas de los cinco.

Hablamos del nuevo restaurante que Mark abrirá en la ciudad a finales de verano y de una exposición que está preparando Molly, y de política y de la última noticia falsa que se ha hecho viral.

Cuando el resto da por finalizada la noche, Luke insiste en que nos tomemos una copa más los dos solos.

Vamos a un pub que está al final de esta misma avenida.

Y Luke dispara a bocajarro:

—¿Estás seguro de tu decisión, Wes?

—¿Qué querías que hiciera? ¿Dejarla?

—Si era todo o nada, quizá la solución no era ponerle el puto anillo en el dedo. ¿Lo saben ya sus padres? ¿Los tuyos?

—Cenaremos todos el domingo.

Luke me mira y odio eso. La decepción en su rostro.

—Wes, tú no estás enamorado de Laurie.

—Claro que sí.

—No. No lo estás. Y algún día te darás cuenta.

—Joder.

—No le debes nada. Ni a ella ni a tu padre ni al suyo.

—Te equivocas, Luke. A Laurie se lo debo todo.

Él suspira y sé que recuerda el pozo oscuro en el que me sumí tras la muerte de mi hermano.

Luke siempre se ha culpado por no haber sabido ayudarme cuando Marcus falleció.

Él sabe que fue Laurie la que se preocupó por llevarme a los mejores médicos y la que dejó su vida en un segundo plano hasta asegurarse de que yo estaba preparado para retomar la mía.

Cuando empecé a encontrarme algo mejor, tuvimos una crisis y yo quise dejar nuestra relación. Pero más pronto que tarde acabamos de nuevo en los brazos del otro y terminé olvidando todas las razones por las que dudé de si lo nuestro tenía futuro.

Luke decide no insistir. Nos limitamos a beber de nuestras copas mientras de fondo suenan las voces provenientes del programa que hay puesto en la tele del pub : «Lo único que se sabe es que el actor ha vuelto a Los Ángeles y que se encuentra viviendo en su domicilio habitual.

De ella apenas se han podido obtener imágenes, pero fuentes cercanas a la pareja aseguran que no están residiendo juntos.

El escándalo saltó el pasado martes, cuando. ..».

—Mira, hablando de decisiones —dice Luke de pronto—. Ahí tienes a esa amiga tuya de Los Ángeles. Parece que su novio ha protagonizado el escándalo de la semana.

Elevo la vista hacia la pantalla y veo un primer plano de Elise en la ceremonia de los Emmy. A continuación, más fotos de ella: vestida de gala, en la playa, paseando por su barrio... Siempre acompañada de él: Jake Danton.

Como cada vez que mis ojos se encuentran con la imagen de Elise, siento algo estrujándome el pecho. Ya debería estar acostumbrado. Es reportera en un programa que Laurie suele ver a menudo.

Recuerdo la primera vez que la vi en la pequeña pantalla. Me quedé paralizado e imaginé una realidad en la que podía llamarla, solo para escuchar su voz hablándome a mí, no a una audiencia sin rostro.

La busqué en internet en cuanto pude y descubrí que había empezado en una pequeña cadena local de Los Ángeles.

Ahí había tenido la oportunidad de entrevistar a Jake Danton, uno de los actores protagonistas de la última serie de moda.

Él, durante esa breve entrevista, le pidió salir delante de miles de espectadores.

Aquella hazaña se hizo viral y, a partir de ese momento, empezaron una relación que llenó muchas revistas de cotilleos.

La popularidad de ella subió y la ficharon para el programa en el que la vi por primera vez un año y medio después de que nuestros caminos se separaran.

—¿Qué ha pasado? —le pregunto a mi primo.

—Al parecer, Danton la ha liado a lo grande en Europa. Se le acusa de enrollarse con menores en una fiesta que se descontroló. Ya sabes, drogas, alcohol, orgías...

—¿Y Elise? —Pronunciar su nombre me cuesta. Nunca he hablado de ella con nadie.

—En el ojo del huracán —contesta—. Según acaban de decir, ya no viven juntos y parece que la han largado de la cadena. Nadie sabe dónde se encuentra.

Me preocupo. Quizá no tiene sentido, pero me preocupo; quizá no tengo derecho, pero me preocupo.

Entro en esa cuenta de Instagram que apenas uso y busco su perfil. La última publicación es de hace diez días. Tampoco hay ninguna historia. Y las fotos con Jake Danton siguen ahí.

—¿Dónde estará?

No dirijo la pregunta a nadie en particular, pero Luke contesta:

—Estoy convencido de que está bien. Se estará quedando en la casa de alguna amiga famosa que tenga seguridad contratada.

Me llevo las manos al pelo y tiro un poco de las puntas.

No sé por qué me siento de pronto tan angustiado por alguien a quien apenas conozco y que tiene una vida que yo no puedo intuir.

Pero no puedo evitarlo.

Lo mío con Elise solo fue cuestión de horas, pero nunca he sentido nada parecido. Por eso el recuerdo aún me quema como no lo hace nada más en mi día a día. Ni siquiera Laurie.