10. Wes
Wes
Tengo tanto trabajo que no sé por dónde empezar. Y no es un decir, realmente no sé si ponerme a contestar correos, preparar la conferencia de mañana o coger fuerzas para repasar la cuenta de resultados que me ha pedido Damien.
El reloj marca las siete de la tarde. Y llevo aquí desde las siete de la mañana. Doce horas exactas. Debería estar liberado, pero el trabajo parece multiplicarse.
Me agota.
Llevo mis dedos a las sienes para masajearlas, y en ese justo momento suena mi móvil.
Es un mensaje de Laurie:
Laurie: Estoy en el apartamento desde hace un rato. ¿Cómo vas?
Wes: Sigo liado. Dame un par de horas.
Dejo el teléfono de nuevo en la mesa y el ruido que hace al chocar contra la madera me pone de mal humor en el acto.
Estoy cansado. Tenía la expectativa de que Laurie se hubiera quedado en la casa de Sausalito, y así llegar al apartamento de la ciudad, darme una ducha y tomarme una cerveza mientras de fondo estaba puesto un capítulo de alguna serie.
Intento acabar todo el trabajo que tengo lo antes posible, pero al final me dan más de las nueve de la noche.
Sé que a Laurie no va a hacerle gracia, hecho que confirmo cuando abro la puerta del piso veinte minutos después y la encuentro sentada en el sofá.
—Hola —digo cuando paso el pestillo.
—Por fin.
—Sí. Mucho trabajo. —Me acerco hacia donde está y le doy un beso. Después me dejo caer en el sofá junto a ella.
—Bueno, ya estás en casa. ¿Crees que tus hermanos te dejarán disfrutar del fin de semana?
—Lo dudo tanto que ni me lo pregunto.
Laurie sonríe. Y pienso que está bonita cuando lo hace, aunque últimamente no lo haga demasiado a menudo.
—Debería ir a la ducha —digo.
—De acuerdo, pero no tardes mucho. Hay algo de lo que tenemos que hablar.
Yo asiento. Ni siquiera dedico un segundo a pensar qué puede ser eso que quiere que hablemos.
Me meto bajo el chorro de agua tibia, me seco, me pongo un pantalón de chándal y una camiseta y, cuando salgo de nuevo al salón, ella está sentada a la mesa del comedor, esperándome.
Su expresión circunspecta me pone alerta durante unos instantes. Luego me relajo, porque sé que cuando Laurie quiere discutir no me da margen a nada. Ni siquiera a una ducha tras un día duro de trabajo.
—¿Ha pasado algo? —le pregunto.
—Necesito que hablemos de esto.
En el centro de la mesa de cristal descansa una pequeña cajita cuadrada, dorada, envejecida, que tiene el poder de ponerme las tripas del revés.
—Mi madre dice que te la dio hace meses.
—¿De dónde has sacado eso, Laurie?
—¿Qué más da? El caso es que ahora lo tengo.
Me froto los ojos, desechando el pensamiento de que si mi novia ha descubierto algo que guardaba en el cajón de la ropa interior es porque ha rebuscado ahí.
—Laurie...
—¿No pensabas dármelo nunca? —Los ojos se le llenan de lágrimas. Y yo me siento un gilipollas.
—No es eso. No he encontrado el momento perfecto.
—No te creo. No me lo has dado porque no lo tienes claro.
No digo nada. Guardo silencio porque lo cierto es que no. No tengo claro que quiera darle un anillo de compromiso a Laurie. No tengo claro que sea el momento de entregarle la sortija que perteneció a su abuela.
—Aún es pronto, Laurie.
—No es pronto. Llevamos seis años juntos. Hemos superado muchas cosas. Somos el mejor equipo. Sabes que te quiero de verdad.
Un zumbido en las sienes me recuerda todo lo que nos une, nos ha unido y nos unirá: un noviazgo marcado por las expectativas de otros, el amor incondicional que me demostró tras la muerte de Marcus y que consiguió sacarme de las sombras, su apoyo y guía para que canalizara el dolor en prosperar en la empresa, en ser quien estaba destinado a ser.
Después de muchos baches, acabé rendido a la sensación de que nuestro destino era estar juntos: lo nuestro funcionaba, tenía sentido y, en algún lugar de mi interior, además, se escuchaba fuerte y claro un «se lo debes todo».
—El trabajo me consume —digo—. No es el momento.
—Allensyr ha remontado. Has consolidado tu papel en la compañía. Es el momento perfecto. Así que, si no va a ser ya, Wes, házmelo saber. Si no lo tienes cien por cien claro, dímelo esta noche.
—No quiero perderte, Laurie. —Esa es mi única respuesta. Tal vez porque es lo único que puedo ofrecerle que sea cien por cien real. No quiero dejarla marchar, sé que la destrozaría, a ella y todos nuestros planes. Y yo no podría vivir con la culpa.
Veo cómo abre la cajita dorada y saca de dentro el solitario que lleva varias generaciones en su familia. Lo mira, luego lo pone en la palma de su mano y lo extiende hacia mí.
—Si de verdad me quieres, Wes, si no quieres perderme, demuéstramelo. Si no lo haces, saldré por esa puerta y no volverás a verme.
Respiro hondo. No tengo las herramientas para hacer frente a esta situación.
No las tengo. Debería dialogar con ella, hacerla entrar en razón, pero estoy exhausto.
No quiero pelear más. No quiero que nos hagamos más daño del que ya nos hemos hecho.
No quiero sentir que sigo defraudando a la gente que me importa.
Quizá por eso alargo el brazo hasta acariciar la palma de la mano de Laurie. Cojo el anillo entre mis dedos y me acerco a ella. Después la miro a los ojos.
—¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —le pregunto con toda la dulzura que consigo reunir en mi voz.
—Estoy segura desde que nos vimos por primera vez.
Yo asiento. Trago un nudo de saliva y me preparo para deslizar el anillo por el dedo anular de Laurie.
Ella sonríe, los ojos se le llenan de lágrimas y después me observa con el corazón en la mirada.
—Estamos hechos para estar juntos, Wes.
A continuación, nos besamos. Siento algo pesado en el pecho. Sé que es el paso correcto, pero sigo con la sensación de estar precipitándome. Intento quitarme esa idea de la cabeza. Beso a mi prometida y dejamos que los cuerpos hablen.
Acabamos desnudos en el sofá del apartamento de la ciudad, celebrando a través de la piel que hemos sellado nuestro futuro.
Después, cenamos algo y nos metemos en la cama.
Y pasan las horas.
Ella se duerme con una mano en mi pecho, donde el solitario brilla a pesar de la penumbra.
Yo no consigo pegar ojo en toda la noche.