9. Elise
Elise
—Elise, ya puedes recoger. Buen trabajo. Hemos terminado por hoy.
Cuando oigo mi nombre, me levanto de la silla despacio y sonrío a Tommy, el asistente de producción con el que suelo trabajar codo con codo cada jornada.
La sala está prácticamente vacía; la mayoría de las luces, apagadas.
Solo quedan unos cuantos pilotos encendidos y los sonidos que indican que el equipo de limpieza está haciendo su trabajo.
Ha sido un buen día.
Últimamente todos lo son, aunque me levante a las cinco de la mañana para ir a entrenar y no llegue hasta pasadas las nueve de la noche después de un intenso día de trabajo.
También a pesar de todas las exigencias de un jefe al que tengo que demostrarle que soy más que alguien que ahora mismo está en el candelero por estar relacionada con el famoso de turno.
Antes de abandonar el edificio y poner fin al día de hoy, oigo dentro de mi bolso la rítmica melodía que anuncia que estoy recibiendo una llamada.
Intento atenderla, pero cuando pongo un pie en la calle la lluvia me sorprende.
Me limito a abrir el paraguas y a buscar con la mirada el taxi que se supone que debe de estar esperándome.
Cruzo la avenida a toda velocidad tratando de no meter los pies en ningún charco. Mientras, mi móvil sigue sonando de manera incesante.
Para cuando consigo entrar en el taxi y rescatar el teléfono de las profundidades de mi bolso, veo que tengo cientos de notificaciones en Instagram, veinte llamadas perdidas y más de noventa mensajes.
Reviso por encima la pantalla de inicio, pero no logro descifrar qué ocurre. Solo me llegan imágenes confusas y titulares de diferentes medios digitales.
Entre todos los chats activos, abro la conversación con Sam y leo con detenimiento.
Sam: Els, ¿estás bien?
¿Qué estoy diciendo? Seguro que no estás bien.
¿Estás con Jake?
¿Necesitas hablar? Puedo coger un vuelo y estar ahí mañana mismo.
Por favor, no me ignores. Estoy preocupada.
No entiendo absolutamente nada. Salgo de la aplicación de mensajería y marco el número de mi amiga.
Contesta al segundo tono.
—¿Els?
—Sam, ¿qué pasa? ¿A qué viene tanto alboroto? ¿Por qué...?
—¿Estás con él? ¿Se ha atrevido a dar la cara ese cabrón?
—¿Quién? ¿De qué estás hablando?
—De Jake.
—¿Qué pasa con él?
Se hace el silencio.
—¿No lo has visto?
—¿Ver el qué? Me estás asustando.
—¿Dónde estás?
—En un taxi camino a casa.
—Vale. Es mejor que te enteres por mí.
Su tono críptico me pone alerta: aumento de la frecuencia cardiaca, respiración errática, sudoraciones.
—Jake ha protagonizado un escándalo en Europa.
—¿Cómo? ¿Qué tipo de escándalo?
—Alteración del orden público. Drogas, menores... Creo que puedes imaginarte el resto.
Noto cómo la sangre abandona mi cara. Duele. Dentro y hondo. Pero me fuerzo a mantenerme en el momento presente.
—¿Lo han detenido? —Intento que mi voz no tiemble.
—Anoche. Pero ya ha salido. Ha pagado la fianza.
El tono serio de Sam me produce un escalofrío. Un nudo apretándome el estómago. Náuseas. La cara B de Hollywood.
—Dios mío...
—Se han filtrado unas cuantas fotos y... la cosa no pinta bien, Els. —Hace una pausa con el fin de darme el tiempo suficiente para asimilar toda esta información. Después dulcifica un poco sus palabras—. Escúchame, seguramente intenten ponerse en contacto contigo.
—Mi móvil parece a punto de explotar. —Es lo único que me veo capaz de decirle.
—¿Estás bien?
—No lo sé —reconozco—. Me estoy mareando.
Aprieto el teléfono con más fuerza contra mi oreja justo cuando el taxi dobla en la avenida próxima a mi casa —la casa de Jake, en realidad.
Me quedo paralizada al visualizar mi calle llena de periodistas, paparazzi y gente cargada con móviles de última generación, a pesar de la lluvia.
—¡Oh, mierda! ¡Joder!
—¿Qué pasa? —pregunta mi amiga alarmada.
—Mi casa, Sam. Mi casa está rodeada de gente. Hay cientos de personas montando guardia, no sé...
—No puedes quedarte ahí —resuelve ella.
—¿Qué? ¡¿Y hacia dónde voy?!
—Ve a mi apartamento. Enseguida hago que Martin te lleve la llave. Tranquila, Els. Todo va a salir bien. Te llamo en cinco minutos.
Cuelgo el teléfono mientras noto una arcada revolverme el estómago. Un sudor frío me recorre la espalda.
—¿Esto es por usted, señorita? —me pregunta el taxista, girándose hacia mí.
—Tenemos que salir de aquí —digo con un hilo de voz mientras le doy la dirección de Sam.
Por desgracia, creo que no somos lo suficientemente rápidos.
Un periodista localiza el taxi y se da cuenta de que se trata de mí.
Casi se abalanza sobre el vehículo, sin darme margen a cubrirme.
Empieza a disparar con su cámara réflex un montón de instantáneas que inmortalizarán mi cara de angustia para ser vendida al mejor postor.
Reacciono con toda la celeridad que puedo y trato de esconderme.
Me agacho y me tapo la cabeza con la gabardina para proteger la intimidad de mis reacciones de la mirada pública.
—No se preocupe, señorita. Saldremos de esta. Yo me encargo.
Todo pasa muy deprisa. El taxista empieza a tocar el claxon con fuerza y a pisar el acelerador para sacarme de esta calle infestada de gente. La mayoría de los presentes acaban dándose cuenta de que la persona que está en el taxi soy yo, por lo que intentan cortarnos el paso.
Oigo sus gritos. Sus preguntas. Sus: «¿Sabías a qué se dedicaba Jake cuando viajaba?
», «¿Te ha dado alguna explicación de la imagen del jacuzzi ?
» o «¿Piensas seguir con él?». Me tapo lo oídos.
No quiero saber. Menos aún cuando mi móvil empieza a sonar nuevamente enloquecido.
No paran de entrarme notificaciones en todas las redes sociales.
Más llamadas y mensajes de conocidos y de gente a la que sé que no le importo, pero que pretende enterarse de primera mano en qué estado me encuentro.
No quiero saber nada de nadie. Apagaría el móvil de no estar esperando noticias de Sam.
Me concentro en respirar. Hondo, profundo, despacio.
—Tranquila. Ya está a salvo.
Abro los ojos, que no era consciente de haber cerrado, y veo que ya estamos en la autopista. Apenas habrán pasado más de cuatro minutos, pero aquí no hay flashes ni gente persiguiéndonos. Respiro aliviada, aunque el dolor que inunda mi pecho sigue ahí, alojado donde más pesa.
Paso los siguientes minutos concentrada en la tarea de controlar mi respiración, hasta que el móvil brilla de nuevo con una llamada de mi amiga.
—Sam.
—Martin estará ahí, ¿de acuerdo? —dice con su habitual tono resuelto—. Te dará las llaves. Puedes usar todo lo que necesites, y si quieres algo más solo tienes que pedírselo. También te llevará un móvil con una tarjeta nueva. Imagino que el tuyo tiene que ser una locura.
—Muchísimas gracias.
—Estaré ahí mañana a primera hora.
—No hace falta...
—Sí, sí hace falta. Esto es Los Ángeles. En un par de semanas se habrá olvidado, pero ahora tu vida se va a convertir en un infierno.
—Esto no puede estar ocurriendo.
—Pasará, ya lo verás. Solo necesitas ser fuerte.
—No sé si voy a poder.
—Podrás. Prepararemos un comité de crisis. Y más pronto que tarde Jake pasará a la historia.
Jake. Solo su nombre me da náuseas. Quiero llorar. Pensar en él, saber que me ha tocado, que me ha prometido tantas cosas y que mi proyecto de futuro estaba prácticamente montado a su alrededor hace que tenga ganas de vomitar.
Lucho contra la tentación de revisar una por una todas las noticias que se deben de haber publicado.
La historia se cuenta sola: la estrella del momento, el príncipe de Los Ángeles, como lo llaman algunos medios..., pillado en un escándalo.
Mi imagen debe de estar en todas las malditas cadenas del país.
Cuando llegamos a la casa de Sam, me tranquiliza ver que la prensa no ha venido hasta aquí. Solo hay una persona esperando en la puerta: Martin, el ayudante de mi amiga.
En cuanto el coche estaciona a los pies del edificio, viene en mi ayuda. Paga la carrera al taxista y me da la mano para salir del vehículo.
Martin es muy profesional y fiel a Sam. Lleva con ella desde su primer contrato con una productora, hace un par de años. Nos conocemos lo suficiente como para que su compañía me haga sentir segura.
—Aquí estás a salvo —me dice en cuanto abre la puerta de la casa de Sam—. Por si acaso, el portero está avisado de que no debe dejar entrar a nadie que no viva en el edificio salvo expresa autorización de un propietario. La prensa no te encontrará, puedes estar tranquila.
Asiento. No era consciente de que me temblaban las manos. Pero el movimiento se hace evidente cuando entramos en el ascensor y trato de quitarme la chaqueta.
Dentro de casa de mi amiga, las persianas están bajadas.
Justo en el momento en que cerramos la puerta, mi móvil vuelve a sonar. Es Jake.
Veo que ha llamado un total de diez veces y su asistente, otras tantas.
Apago el teléfono y le pido a Martin el terminal del que me ha hablado Sam.
—El número de Sam está guardado en la tarjeta SIM —me informa mientras me lo tiende—. También el mío. Estoy a tu disposición todo el tiempo que necesites.
—Muchas gracias, Martin.
—¿Hay algo que pueda hacer por ti? ¿Alguien a quien llamar?
Me muerdo el labio. No hay gente a la que quiera avisar, salvo mi hermana.
—No te preocupes —le digo al ayudante de mi amiga—. Yo me encargo.
—Como quieras. ¿Necesitas algo de tu casa?
—No sé. ¿Todo?
Martin se ríe.
—Puedo traerte lo que necesites —insiste.
—Podemos esperar a mañana. Me apañaré con la ropa de Sam esta noche.
—Ella llega a primera hora. Seguro que te sientes mejor cuando esté aquí. Hay comida en la nevera.
—¿Tenéis vino?
Martin vuelve a reír.
—Vino, whisky e incluso vodka en el mueble que hay junto a la tele.
—Perfecto.
—En serio, Elise, si necesitas lo que sea...
—Tranquilo —le digo—. Sobreviviré hasta que llegue Sam. Gracias por todo.
—Está bien. —Carraspea—. Te dejo que te instales.
Yo asiento. Instalarse es un verbo muy ambicioso teniendo en cuenta que solo he traído mi bolso, mis gafas de sol y el cargador de un móvil que no voy a usar.
Acompaño a Martin hasta la puerta y después cierro con llave.
Lo siguiente que sé es que mi ropa se amontona en el cesto de la ropa sucia de Sam y que el agua de la ducha cae, caliente, sobre mi cuerpo.