El verano que fuimos libres 8. Wes
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8. Wes

Wes

No he podido dormir.

Cierro los ojos y solo veo a Elise y su forma de mirar la ciudad, como si buscara encontrarse de bruces con aquello que sueña. Y su manera de mirarme a mí.

Han pasado ocho horas desde que la dejé en su casa. La acompañé en el Uber y bajé para decirle adiós. Los dos sabíamos que era una despedida. No intercambiamos números de teléfono. Ni siquiera los apellidos para buscarnos en redes sociales.

Ahora me arrepiento.

En poco más de veinticuatro horas he acumulado cientos de detalles sobre una persona a la que no voy a volver a ver.

No sé qué voy a hacer con ellos: recordarlos, guardarlos, observarlos o borrarlos.

¿Qué querría ella que hiciera? ¿Qué hará ella con la parte que le he dejado de mí?

Me levanto de la cama, intentando pensar en otra cosa, y voy hacia la cocina.

Me hago un café doble. Llevo prácticamente dos días sin dormir y sé que si subsisto es por las dosis de cafeína que ingiero más veces al día de las recomendables.

—Bueno, bueno, bueno. Dichosos los ojos. —Me giro al escuchar la voz y veo a Luke salir de su habitación.

—Buenos días. —Me llevo la taza de café a la boca.

—¿Eso es todo lo que vas a decir? ¿Nada de explicaciones? ¿Ni de disculpas?

—Es que no estoy arrepentido.

—Por supuesto que no. —Dibuja una sonrisa. Veo orgullo en su mirada. Entra en la cocina. Se hace con una cápsula como la que he cogido yo minutos antes y la pone en la cafetera.

—Pero la verdad es que sí que siento que hayas estado solo —le digo.

—Yo no he dicho que no haya tenido compañía, pero... volvamos a ti: ¿ha merecido la pena? —Su mirada se vuelve más profunda, casi analítica.

—Sí —contesto.

—Me alegro. Creo que esto es justo lo que necesitabas. Ahora solo queda cortar el último hilo: ya sabes, llama a Laurie y dile que no irás a Australia.

Una garra helada me retuerce las tripas al instante. El peso de la realidad.

—No puedo hacer eso, Luke.

Mi primo endurece el gesto.

—¿Por qué no?

—Porque se lo debo.

—¿A quién se lo debes, joder? ¿A Laurie, a su padre o al tuyo?

Doy un trago al café. Maldito Luke. Sabe que no tengo una respuesta. El lazo entre Laurie y yo es tan complejo que no siempre encuentro palabras para definirlo.

—Se ha terminado. Debimos haberle puesto fin hace tiempo.

—Sí, pero ¿ella lo sabe?

—Fui bastante claro. Se lo dije. No la quiero como debería. No nos hacemos felices.

—¿Y crees que lo ha entendido? Porque en setenta y dos horas irás montado en un avión hacia Australia con ella y sus padres. No parece una ruptura, sino que os estéis dando un tiempo.

—Es una ruptura —confirmo—. El viaje a Australia lo mantengo para que no aparezca sin acompañante en la boda de su hermana.

—Vas a compartir cama con ella durante diez días.

—He sido claro —repito.

—¿Tan claro como para contarle a qué has dedicado este fin de semana?

Cierro los ojos. No quiero pensar en lo que ha ocurrido con Elise como algo sucio. No lo ha sido. Ha sido bonito, esperanzador. No ha sido una cana al aire o un puñetero paréntesis. Ha sido realidad.

—¿Quieres hablar de ella?

—Ya te he dicho que Laurie...

—No. No de Laurie. De la otra.

—No es la otra. Se llama Elise.

—Vale. ¿Quieres hablar de Elise?

Desvío la mirada por la ventana de la cocina. El cielo brilla. Creo que aquí siempre lo hace, no como en San Francisco, que todo está inundado de niebla.

Me froto los ojos. La falta de sueño me confunde. Y no quiero. No quiero volver a caer en los brazos de Laurie. No quiero pensar en este fin de semana como un puto error. No quiero seguir más planes que no me pertenecen.

—No —respondo.

—Quizá sea lo mejor. He visto empresas caer en la bolsa por menos. Y Allensyr no está en su mejor momento.

Las palabras de mi primo me caen encima y actúan como una fórmula química muy compleja cuyo compuesto revela elementos que llevaban latentes demasiado tiempo.

Y todo acude a mi cabeza. La crisis interna del imperio tecnológico que es Allensyr tras la muerte de Marcus, mi padre y su decisión estratégica de dejar la dirección en manos de mi hermano Gus, la inestabilidad en la junta.

Laurie. Su padre, que es uno de los miembros más respetados de esa misma junta. Mi decisión.

—Wes... —Luke lo ve, lo ve en mi mirada.

Y yo siento en el estómago que debo salir de aquí.

Me doy una ducha rápida, me pongo algo de ropa y me subo a un Uber.

Tardo casi media hora en cruzar la ciudad hasta el piso en el que vive ella. El mismo en el que la dejé anoche.

No conozco el timbre. Así que toco a todos preguntando por Elise. Elise a secas.

Al cuarto intento me atienden en español y pienso en la familia de mexicanos con los que ella vive.

Un vecino sale a la calle en ese momento y abre el portal, así que me cuelo y subo hasta el cuarto sin ascensor.

Toco al timbre. Espero. Me recibe una mujer de mediana edad con el pelo negro y los ojos almendrados.

— ¿Quién es usted?¿Desea algo?

No entiendo ni una palabra de lo que dice. Así que decido jugármela:

—¿Elise?

Parece pillar mis intenciones. Sonríe. Después, cierra la puerta.

Yo me quedo con cara de gilipollas delante de esta madera agrietada de la que cuelga un 24 de latón.

Pero solo tengo que esperar dos segundos.

Y ella aparece. Lo hace con los ojos abiertos de par en par y un pijama que deja muy poco a la imaginación.

—¿Qué haces aquí? —Sale al rellano y cierra la puerta.

—No quiero ir a Australia.

—Eh... —Parece confusa.

—Tengo un viaje programado desde hace meses. Con ella y sus padres. Son diez días, de nuevo juntos, y...

—Para, para, para. —Pone una mano en mi pecho para frenar mi discurso—. Te dije que no quería saber.

—Ya, pero...

—Wes..., te lo dije anoche. Creo que ha habido magia entre nosotros. No estropeemos el recuerdo. No...

—No. No estoy aquí para contarte más de lo que deseas saber. Pero necesitaba decirte que no quiero ir, aunque tengo que hacerlo. Voy a hacerlo. Y quería ser sincero contigo.

Se me queda mirando con el labio entre los dientes. Solo pretendo hacerle ver que sí, soy un cobarde, pero las horas que he pasado a su lado han sido de verdad.

—No espero nada, Elise, solo... solo quería que lo supieras.

Ella asiente. Únicamente necesitaba que supiera que soy un hombre libre pero atado a sus propias decisiones. Que si no lucho más y ni siquiera le pido su teléfono es porque no es posible.

Sé que lo entiende. Y también sé que no va a insistir. Solo nos quedarán los recuerdos.

—Me gustas, Elise —susurro—. Me gustas de verdad.

—Tú también me gustas.

—Ojalá mi vida me gustara tanto como me ha gustado este fin de semana.

—Solo depende de ti conseguirlo.

Sonrío despacio, como si hubiera venido hasta aquí para escuchar eso. Aunque sepa que algo así no sucederá jamás.

—Gracias, Elise.

—¿Por qué?

—Por creer.

Me acerco a ella de nuevo. Me mira con los ojos abiertos y se queda quieta los primeros segundos que me agacho para abrazarla. Acaba reaccionando casi al instante. Me agarra del cuello. Y sé que sonríe.

Nunca dejar marchar algo había sido tan desconcertante.

Me gustaría que las cosas fueran diferentes.

Me gustaría que no hubiera puertas por cerrar.

Me gustaría tener algo que ofrecerle.

Me gustaría ser valiente.

Pero no lo soy.

Por eso, en vez de pedirle que me espere, acabo diciéndole adiós. Esta vez, de verdad.