El verano que fuimos libres 7. Elise
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7. Elise

Elise

Entra luz. Luz dorada, como si todas las estrellas que brillaban anoche hubieran absorbido el reflejo de la luna y ahora nos devolvieran su luminosidad.

Despego los párpados despacio y encuentro unos iris castaños mirándome con atención. Quiero sonreír. Quiero sonreír y sonrío, recordando todo lo que pasó anoche.

No es la primera vez que despierto al lado de alguien a quien apenas conozco, pero sí es la primera vez que tengo la sensación de que las pocas horas compartidas trajeron algo más que un rato sin apenas significado.

Y es que esto que hay aquí es diferente.

No sé si es algo más allá de la curiosidad que me transmite.

Quizá sea esa paradoja entre lo que es y lo que muestra, entre lo que desea y lo que se obliga a cumplir.

Me gustaría averiguarlo, pero no hay tiempo. El concepto de tiempo entre nosotros es tan ilusorio que debería salir de aquí lo antes posible antes de que la despedida se haga más difícil.

—Lo he pasado muy bien —empiezo a decir, incorporándome levemente.

—Yo también, pero..., espera. ¿Estás rompiendo conmigo?

—Lo nuestro duraba una noche —contesto—. Ambos lo sabíamos.

—Son las nueve de la mañana. Hemos visto amanecer. Apenas hemos dormido. Es como si anoche aún durara, solo que se ha extendido en el tiempo.

—¿No tienes que volver a tu casa?

—No hasta mañana.

—¿Y qué es lo que propones?

Vuelve a sonreír. Como si hubiera ganado alguna especie de reto que libraba contra él mismo.

—Tú, yo y la ciudad.

—Pero...

—Dijiste que no tenías que trabajar el resto del fin de semana. Yo estoy aquí y no tengo ningún plan.

Me muerdo el labio y acto seguido mi cara se divide en dos por una nueva sonrisa.

Quizá no sea la mejor idea.

Quizá debería dejar marchar algo que ni siquiera ha sido.

Quizá no debería dejarlo ocurrir.

Pero hace tiempo que aprendí que los recuerdos de aquello que una vez amé son lo único que tengo al llegar la noche.

Así que acepto.

Los Ángeles no es mi casa, llegué aquí hace unos pocos meses cuando la vida me dejó sin nada, pero en sus calles estoy encontrando un comienzo, una oportunidad para cada día y la perspectiva de más.

A veces, empiezo a tener la sensación de que un pedazo de mí se quedará para siempre entre sus playas, su lujo hollywoodense y esa tonta manía de idolatrarlo todo y no valorar nada lo suficiente.

Algo así le cuento a Wes en nuestra primera parada, Little Tokyo, ese pedazo de ciudad que recrea la cultura japonesa en cada esquina.

O quizá en Manhattan Beach, Rodeo Drive o en la colina Monte Lee, frente al cartel de Hollywood.

O tal vez en The Grove, ese barrio que representa un siglo anterior, o en el centro histórico de la ciudad.

Casi parece que intercambiemos un secreto por cada lugar.

Wes es el pequeño de cinco hermanos y fue a la Escuela de Negocios debido a la presión de su familia, pero siempre quiso trabajar lejos de una oficina, en algo relacionado con la ciencia y los avances.

Yo le digo que me da miedo la soledad, no encontrar nunca un lugar donde echar raíces ni una persona con quien formar un hogar, que mi única familia son mi hermana y mi sobrina, que viven en Nueva York desde que a mi hermana le surgió una buena oportunidad de trabajo.

Y así vamos tejiendo una red de confesiones que nos acerca casi más que la noche que hemos pasado juntos.

Ambos compartimos el peso de la pérdida: él, la de su hermano Marcus, hace un año; yo, la de mi madre, cuya ausencia tiene forma, entidad y sonido.

Cuando llegamos al Observatorio Griffith, al atardecer, le hablo de la tradición que teníamos con mi madre de pasar el día en el planetario cuando alguna de nosotras sentía que la vida apretaba. Automáticamente, me invade la sensación de haberme dejado ver en exceso tras hablarle de ese recuerdo.

Creo que él piensa lo mismo, porque camina cabizbajo, con la mente en otra parte y con su mano rozando la mía, pero sin atreverse a cogerla.

Hemos decidido entrar en el planetario antes de salir al mirador para apreciar la inmensidad de la ciudad.

Sin embargo, ambos parecemos muy lejos de allí, más cerca de las estrellas que brillan sobre nuestras cabezas que del suelo que pisamos.

—No has tenido una vida fácil —me dice, pensativo—. Solo tienes veintidós años y, aun así, creo que eres más fuerte de lo que yo seré jamás.

—Yo no soy fuerte. Hago lo que hace falta para sobrevivir.

—¿Alguna vez has hecho algo que no hayas querido?

—Sí. Muchas. Alguna que se repite a diario. Pero creo que he aprendido a coger lo que quiero y saber apreciarlo. Es una especie de equilibrio.

—Tengo mucho que aprender de ti.

—Tal vez por eso he aparecido en tu camino. —Sonrío.

Wes suelta un suspiro. Seguimos caminando bajo el cielo estrellado, sin apenas hacer caso a lo que nos cuenta la audioguía.

Veo que sonríe. Lo hace mientras dejamos los auriculares y salimos hacia el mirador.

El sol se está poniendo en el oeste y las luces dibujan una carretera brillante a lo largo y ancho de la ciudad.

Yo ya había estado aquí. Pero él no. Y noto cómo se deja seducir por la cara nocturna de Los Ángeles.

—No te he hablado de ella —dice de pronto.

Me giro para mirarlo. Parece tenso. Y no me gusta.

—No tienes que explicarme nada de eso, en serio. No me debes nada. Recuerda que esto son solo unas horas que nos ha regalado el destino, nada más.

Después me callo. Es cierto, no quiero saber. No quiero que me cuente que pertenece a alguien que desconoce que ha surgido algo entre él y una desconocida. No quiero saber si está siendo infiel, porque ensuciaría lo nuestro. No quiero que me cuente que la ama.

—No hables así —me pide—. Todo es demasiado especial como para que lo reduzcas a una sola frase.

—No pretendo hacer eso. Quiero darnos realidad. Esto ha sido magia. Al menos, para mí. Y...

—También para mí. —Me coge la mano con delicadeza y me mira a los ojos—. También para mí ha sido magia, por eso me gustaría ser transparente.

—No quiero que se estropee. Mañana tú vuelves a tu vida y yo me quedo aquí, en esta realidad que he compartido contigo en unas pocas horas. Prefiero vivir con la idea de que durante un fin de semana fue perfecto.

—Lo ha sido —dice mientras se agacha para besarme en la cabeza.

—Entonces, no creo que haya más que decir.

Y no lo hacemos. Él accede. Y yo no insisto.

Pasamos horas a los pies del observatorio, admirando primero la inmensidad del edificio y volviendo a perdernos en la sinestesia que ofrece la ciudad después, escuchando música a través de sus colores y viéndola brillar gracias a su ruido.

La noche se convierte, sin buscarlo, en una de esas imágenes que se te graban dentro.

Nos regalamos todas las horas que nos quedan.

Y sé que el recuerdo crecerá. Seguirá siendo intenso con el paso de los días. Tendrá el mismo significado. Y será más.

Más de las risas que encontramos en las esquinas, al compartir una cena para dos, al mancharnos con el queso de la hamburguesa, al ser testigos de la variedad de gente que cruza Los Ángeles.

Más de las confesiones que nos arrancamos. En una conversación sin pretensiones, en un impulso que nos sale de dentro, en una frase que siempre hemos querido gritar.

Más de la intimidad que hemos creado en una unidad de tiempo casi inexistente. En las sonrisas. En las miradas. En los roces. En las palabras.

Más, más, más.

En los recuerdos siempre será más. Quizá porque en la realidad tuvimos que conformarnos con menos.