El verano que fuimos libres 6. Wes
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6. Wes

Wes

Ambos tiritamos durante el trayecto al apartamento que comparto con mi primo. El pelo de ella chorrea y se lo ha recogido en lo alto de la cabeza. Está preciosa, aunque eso no es lo que causa el huracán que ha tomado forma en mi pecho desde hace algunas horas.

Ha sido su manera de ver a través de mí, de leer mis deseos y ser capaz de percibir más allá de lo que le muestro al resto del mundo.

Ha sido su cuerpo expuesto a mí en la inmensidad de la noche con la explosión de esas ganas que parecen haberse creado desde un tiempo más antiguo que nosotros.

Es su risa vibrando en este momento en mis oídos por el espectáculo que estamos dando. Ambos mojados, llenos de arena, en un Uber que cruza la ciudad iluminada.

Son las miradas cargadas de complicidad que toman significado entre dos personas que acaban de correrse juntas.

Y la certeza de que nunca me he sentido más vivo que esta noche.

El coche se detiene unos minutos más tarde en la calle principal de Long Beach, donde tenemos el apartamento.

Ella se separa de mí. Ha permanecido pegada a mi cuerpo todo el trayecto. Buscaba calor. Como yo. Como todos, supongo.

—¿Dónde vives tú? —le pregunto mientras me quito el cinturón sin dejar de observarla en la penumbra.

—Justo al otro lado de la ciudad. Comparto piso con una familia de mexicanos que ahora me tratan como a una hija más, aunque la mayor parte del tiempo no nos entendamos.

Eso me hace reír y preguntarme dónde está escrito que nuestro tiempo ya se ha terminado.

—Ven conmigo —le digo de pronto.

—¿Cómo?

—No quiero que la noche acabe todavía.

—Son las cinco de la mañana —replica con una sonrisa.

—Quédate conmigo, Elise. Estoy siendo valiente.

Parece reflexionar durante unos segundos. Eso me extraña. No creía que Elise fuera de las que se lo piensan demasiado.

—De acuerdo.

Nos paramos a las puertas del edificio y ella me mira con sus malditos ojos de plata.

—¿Y ahora qué? —me pregunta.

—Pasa. Te dejaré algo de ropa seca.

—¿Y qué más?

—Quizá luego querré quitártela.

Hasta ahí llegan mis planes. No sé qué más decirle. «Quédate para siempre, Elise, algo me dice que podrías cambiarme la vida».

Cojo su mano entre la mía y, con la otra, abro la puerta principal.

Cuando entramos por fin en el apartamento, veo la cartera de mi primo en el recibidor y un calcetín enganchado del pomo de su habitación.

—Vaya, parece que a Luke también se le ha dado bien la noche.

—¿También?

Elise alza las cejas en un gesto socarrón.

Vuelve a acercarse a mí, muy despacio, y siento nuestros cuerpos húmedos reconocerse.

Cuando se pone de puntillas para besar mi garganta me estremezco. Mi polla reacciona contra la cremallera de mis vaqueros. Casi me duele. Pero algo en la forma en la que Elise busca mis labios a continuación me indica que eso no será así durante mucho tiempo.

—Vamos a la ducha —dice.

Nos dirigimos a mi habitación, al fondo del salón, y cierro la puerta con cuidado.

Dentro hay un baño. Abro el grifo hacia el lado del agua caliente y dejo que corra.

Detrás de mí, Elise ya está completamente desnuda. Me deshago también de mi ropa y, antes de que me dé tiempo a procesar, me ha rodeado el cuello con los brazos y tira de mí en dirección a la ducha.

Nos metemos dentro chocando contra los azulejos mientras nos besamos con un hambre que no sé de dónde sale. Quizá del instinto primario que tenemos todos los animales grabado en el ADN.

La cosa se desata. Yo no quiero acabar así, pero no consigo aguantar. Pierdo la cabeza. Hago que la pierda ella y después pasamos los siguientes minutos lavándonos la piel y el pelo y sintiendo una intimidad que me encoge un poco el estómago.

Cuando nos secamos y llegamos a la habitación, ambos buscamos lo mismo: follar o hacer el amor o lo que cojones sea esto.

Lo retrasamos unos instantes. No quiero abrumarla. No quiero que se asuste por la intensidad que me arde en los poros.

Pero al final es ella la que toma el control. Es la que tira de mi cuerpo hasta situarme entre sus piernas. La que lo hace saltar todo por los aires.