5. Elise
Elise
Una vez leí que al besar cerramos los ojos porque las emociones traspasan tanto la piel que necesitamos adormecer el resto de los sentidos.
Y aquí estoy. Dejándome inundar por cientos de ellas y por la idea de que hacer esto con un desconocido tiene una magia especial, porque es a través del movimiento de nuestras bocas que dibujo un mapa sobre él.
Wes besa con timidez al principio, tanteando, buscando el modo correcto de encajar.
Wes acaricia tus mejillas y luego la piel desnuda de tus brazos, buscando robarte un escalofrío.
Wes se deshace de la buena educación cuando el instinto pega un grito dentro de su pecho y se pierde en un ritmo mucho más caótico.
Te acerca a su cuerpo para que sientas hacia dónde bombea su sangre. Su lengua se vuelve furiosa. Te hace suya en unos pocos segundos y te muerde para que te sientas viva.
No sé cómo será un beso de este hombre cuando su mundo entero se condense en tu mirada.
Las olas impactan junto al espigón cercano. Hemos caminado lo suficiente como para llegar a ninguna parte. Somos él, yo y el océano.
—No sabía que los frikis de los números besabais así —susurro cuando nuestras bocas se separan.
No sé qué pensar respecto a Wes. Hace solo unas horas que lo conozco. Sin embargo, creo que he conseguido asomarme más de lo que él me hubiera permitido de no ser una desconocida que en poco tiempo saldrá de su vida.
—¿Qué se supone que toca ahora? —me pregunta sin dejar de rozar la piel de mis hombros.
—Tú dirás. Es tu noche. ¿Qué te apetece hacer?
—Una locura.
—¿Como atracar una tienda de licores y beber escondidos en un parque?
—No. —Se ríe—. Quiero bañarme en el mar.
—¿Y eso es una locura?
—Quiero bañarme desnudo. Contigo.
Trago saliva. Eso sí empieza a sonar a aventura. Quiero formar parte del Wes que se deja llevar y que escapa de la rutina, de los planes y del protocolo.
Quiero tocarle la piel y que él acaricie lo más hondo de mí. Que nos marquemos, no sé por qué. Tal vez solo tiene sentido a algún nivel interno que se encuentra difuminado.
Me deshago de mi mochilita y la dejo caer en la arena. Él no dice nada. Solo me mira.
Empiezo a desabrocharme la blusa botón a botón. La piel se libera. La tela de mi sujetador asoma y, al deslizar la prenda hasta el suelo, soy testigo del movimiento abrupto de la nuez de Adán de este chico que me mira como si fuera la primera vez que ve a una mujer desnudarse.
Repito el numerito con mis Converse y, después, con mis shorts . Me quedo en ropa interior y es justo en ese momento cuando él decide imitarme.
Lo primero en caer son sus zapatillas, que deja en el suelo con cuidado. Lo segundo, su camiseta. Luego, los pantalones y, cuando se queda en calzoncillos, ambos nos miramos una vez a los ojos y acordamos deshacernos juntos de la tela que aún nos cubre.
Lo miro. Lo hago con detenimiento, y casi al instante me arrepiento de haberlo hecho tan directamente, porque su pecho está cubierto de un vello suave que lo hace parecer más hombre que chiquillo.
Durante una fracción de segundo me siento intimidada.
El halo salvaje que lo rodea se contrapone al aire tímido del chico que me ha dado un cigarrillo horas antes.
Pero esa sensación desaparece en cuanto percibo que él también me mira a mí y tengo la certeza de que nunca me he sentido tan deseada como en este instante en el que Wes observa cada centímetro de mi cuerpo.
No me siento incómoda. Siento algo diferente.
Algo que nunca había sentido con alguien a quien no me una algo más sólido que un paseo y unas cuantas cervezas.
Entramos en el agua casi a la vez. Lo hacemos con las manos entrelazadas, compartiendo una sonrisa, sin vergüenza, como si entre nosotros ya hubiera confianza.
El Pacífico nos recibe más frío de lo que esperábamos. Se me eriza la piel y mis pezones se endurecen. Veo los ojos de Wes deslizarse hasta ahí. Él sonríe con complicidad. Y yo le salpico en la cara, arrancándole una carcajada.
—¡Me cago en la puta! Está helada —exclama.
Se zambulle en el agua oscura y emerge con el pelo húmedo, invitándome a pasar los dedos. Lo hago. Y él vuelve a sonreírme.
—¿Esto era lo que querías? —le pregunto.
—Justo esto —dice con sinceridad—. No pensar.
—¿Pensar en qué?
—En que puedan vernos, en que nos roben la ropa, en que cojamos una pulmonía... o en ella.
Parpadeo.
—¿Hay una ella?
—¿No la hay siempre?
—¿Es esa la persona de la que quieres escapar?
—No. La persona de la que quiero escapar soy yo mismo.
Asiento despacio. Queriendo entenderlo, pero sin la necesidad de deber hacerlo.
Solo lo observo, a él, la sensación del agua colándose en los rincones y la vulnerabilidad que te acaricia la piel.
—¿Qué estás pensando? —me pregunta Wes de pronto.
—En nada.
—¿En nada?
—No.
—¿Cómo es eso posible? —Sonríe.
—Me gusta poner la mente en blanco de vez en cuando.
—Yo jamás he podido conseguirlo —reconoce.
—¿No? Entonces, ¿qué hay en tu cabeza en este momento?
Lo veo tragar saliva antes de darme una respuesta:
—Quiero tocarte. Pero no sé cómo pedírtelo.
Asiento de nuevo, mirándolo.
—¿Y ella?
—Ella se acabó. No éramos el uno para el otro. —Guarda silencio unos instantes, sin dar más explicación—. ¿Está mal que quiera que estés mucho más cerca?
Niego con la cabeza.
—Esta es tu noche. Nada que quieras hacer está mal.
No espero una reacción por su parte. Al menos, no una inmediata. Pero Wes me sorprende extendiendo la mano y cogiendo lo que desea. Y en este momento, lo que desea soy yo.
Sus dedos me rodean la muñeca lentamente y tiran de mí. No con demasiada fuerza, tampoco le hace falta: hay una corriente enredada en mis piernas que me acerca poco a poco a él.
Nos pegamos como dos imanes de cargas opuestas. Mi pecho roza el suyo y, como en una coreografía ensayada, mis piernas se enganchan a ambos lados de su cintura.
Casi al instante noto su erección coger forma jugueteando con mi piel.
Me estremezco.
—¿Y ahora qué? —le pregunto.
—No podemos llegar hasta el final —susurra.
—Lo sé.
—Por eso quiero que me distraigas de esa idea.
—¿Cómo?
—Hazme olvidar que no eres para mí y ayúdame a recordar este momento para siempre.
Su ruido me vibra en la piel. El sonoro temblor de su respiración entrecortada. El jadeo que contiene en su garganta mientras lo toco.
Sus gemidos se vuelven roncos mientras acerca mi boca a la suya y las fusiona en un beso lleno de sal. Yo aún lo acaricio. Él se atreve a buscarme a mí. El aire se me escapa de la garganta.
Me toca. Nos tocamos. Y tragamos los suspiros que se nos escapan. La fricción es distinta debido al medio en el que nos encontramos. Pero no es algo malo, sino al revés. Nos hace diferentes, únicos.
Aunque en realidad no lo seamos.