El verano que fuimos libres 4. Wes
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4. Wes

Wes

A pesar de la aglomeración de gente que hay al otro lado del paseo, la playa está vacía.

Hace cuarenta y ocho horas tuve una crisis de ansiedad porque la tentación de hacer saltar mi vida por los aires era tan intensa que había dado un paso bastante definitivo.

Y ahora aquí estoy. Caminando en una cálida noche de principios de verano, con las zapatillas en una mano y la otra hormigueándome por las ganas de tocar piel. La suya. La de Elise, la chica que me eligió entre la multitud y que me cegó con un pestañeo de sus ojos de plata.

Ha pasado media hora desde que abandonamos el recinto. Hemos hablado de cientos de cosas. Algunas han sido fáciles. Otras me han puesto un nudo en la garganta que aún no he digerido.

Creo que hay algo aquí. Una especie de conexión que no entiendo y que ni siquiera esperaba sentir. Creo que ella también la percibe. Pero no me atrevo a preguntar. O al menos pienso que no debería.

El agua helada del Pacífico nos muerde los pies mientras ella me habla de algunas anécdotas de su trabajo.

—Entonces, se tiró al suelo y le suplicó a su novia que le diera otra oportunidad. Menudo escándalo armó en un momento.

Me echo a reír.

—¿Y qué hiciste?

—Intenté levantarlo del suelo con ayuda de otra compañera y la novia acabó metiéndose en medio. Al final se besaron delante de todo el mundo y se fueron juntos en su coche. Fin de la historia.

—Putos locos. —Me carcajeo.

—Y que lo digas. Casi me cuesta el puesto.

—Cuéntame más —le pido. Tiene un timbre de voz casi melódico que, en contraste con las olas, me eriza el vello de la nuca.

—Tenemos un cliente habitual que es narcoléptico. Se duerme sobre la taza de café tres de las cuatro veces que viene a la semana. También tenemos una vieja gloria del cine que no supera que el tiempo pasa y un músico con problemas de memoria a corto plazo.

—No debes de aburrirte.

—No. Nunca. —Sonríe—. ¿Y tú? ¿Qué es lo más bochornoso que te ha pasado en el trabajo?

—Una vez me pegaron —confieso.

—¿Cómo?

—Uno de mis compañeros pensó que yo le mandaba flores a su secretaria, con la que mantenía una aventura, y me pegó un derechazo en la sala de juntas.

—Ay, Dios. ¿Eres de esos tíos que le levantan la novia a otro?

—No. Cora y yo nos llevábamos bien, pero nunca pretendí nada con ella. No obstante, la gente habla. Así que el rumor de que yo le había mandado aquellas flores se extendió como la pólvora.

—¿Y quién se las había mandado?

—Ella misma. Estaba intentando llamar la atención de su jefe.

—¿Y cómo terminó la historia? —pregunta mirándome con atención.

No respondo. Dar más detalles sobre aquel suceso implica hablarle de mi vida a un nivel para el que no estoy preparado en este momento. Por eso me limito a encogerme de hombros.

—Eres muy críptico, ¿lo sabías?

Sonrío. No puedo evitarlo. Pero incluso en ese gesto me noto de esa manera que ella ha señalado.

—Estoy siendo prudente.

—¿Prudente? ¿Por qué?

—Me descolocas.

—¿Yo?

La miro de reojo.

—Eres... despreocupada. Atrevida. No eres el tipo de mujer que suele fijarse en mí.

Eso parece hacerla pensar. Su ceño se frunce de una manera que contradice el aire despreocupado que he mencionado. Aunque, en el fondo, no me importa. Creo que nada lo hace cuando me mira de ese modo.

—¿Cómo es tu mujer ideal? —me pregunta, pero casi al instante coloca una mano en mi brazo para que no hable—.

No, no me lo digas: escucha a Lana del Rey, lleva manicura francesa y perlas en las orejas.

Tiene un nombre muy... francés —sigue diciendo—.

Chloé. Sélène. Danielle. Es el prototipo de mujer que las madres sueñan para sus hijos.

Es una señorita de puertas afuera, pero.

.. todo cambia cuando cerráis el dormitorio.

Quiere llevar a vuestros hijos a extraescolares tipo clases de tenis y que aprendan a hablar mandarín fluido mientras no bajan la media de sobresaliente en el colegio.

Me echo a reír. La carcajada explota en mi garganta y se pierde en la noche.

—¿Qué? ¿De dónde sacas eso?

Ella se ríe conmigo sin detener sus pasos. A continuación, sigue hablando:

—Creo que tienes un papel —me dice—. A veces eres Wes, el de la barba desaliñada y las camisetas frikis.

Otras, te obligas a comportarte como el embajador de las corbatas y las hojas de cálculo.

Aspiras a un puesto que ni siquiera te gusta y crees que deberías tener un par de niños antes de los treinta y cinco.

A ese Wes le pega una mujer que hornee cupcakes para la fiesta de Halloween.

Asiento, despacio.

—¿Y al otro Wes qué es lo que le pega?

Se piensa la respuesta. Al menos, dos segundos.

—Conocer a una chica en un festival. Llevarla a pasear a una playa mal iluminada. Y dejarse seducir por ella.

—¿Eso es lo que haces? —le pregunto con una sonrisa—. ¿Me estás seduciendo?

Ella no contesta.

—Quiero conocerte —dice en su lugar.

—Cualquiera diría que ya lo haces.

—Me gustaría tener más tiempo. Me has dado hasta el amanecer. Necesito saber más.

—¿Qué más quieres saber?

—¿Alguna vez has besado a una desconocida?

—Claro. —Sonrío—. He dicho que sigo un plan que no me pertenece, no que sea un auténtico pringado.

—Y... ¿me besarías a mí?

Veo la pregunta en sus ojos, más que en su tono de voz. Pero al instante parpadea y desaparece.

—No sé si sería correcto —contesto.

—¿Por qué? ¿No te apetece?

—Yo no he dicho eso.

—Creía que habíamos quedado en que esta noche era para eso. Para ser quien sientas que tienes que ser.

—Es cierto —admito como un idiota mientras escarbo en la culpa que me invade por estar mirando a otra después de una ruptura que casi me despedaza y por sentir algo en la boca del estómago por una persona a la que no conozco.

También por haber imaginado ese beso horas atrás y no atreverme a hacerlo ahora que ha llegado el momento.

—No voy a pedírtelo otra vez, Wes —dice de pronto—. Solo tú puedes decidir qué hacer con el tiempo que se te ha dado.

Alzo las cejas.

—¿Estás citando a Gandalf el Blanco?

—A Gandalf el Gris, en realidad.

—Que se pare el mundo, que acabo de encontrar a la mujer de mi vida.

Se echa a reír. De nuevo esa risa melódica que me enciende algo por dentro. No sé qué es. Pero tampoco quiero volver a San Francisco sin intentar descubrirlo.

Así que entrelazo mis dedos con los suyos con el objetivo de detener sus pasos.

Y eso hago.

Nos colocamos a una distancia prácticamente inexistente. Es pequeña, pero su altura me parece perfecta para que la reciba mi pecho.

Inspiro y huelo las estrellas que hay en su pelo. Es como un hechizo muy antiguo que se está activando justo ahora. O al menos eso me digo cuando inclino la cabeza hasta que consigo encajar mi boca con la suya.

Solo entonces, respiro.

Y me dejo llevar.