El verano que fuimos libres 3. Elise
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3. Elise

Elise

A lo largo de mi vida he tonteado con muchos chicos.

Me han besado cientos de veces y me han roto el corazón en más ocasiones de las que puedo contar con los dedos de una mano.

Por esa razón, sé cuándo una historia va a doler.

Aun así, hace mucho que decidí no pararlo.

Me gusta sentir la adrenalina. Me gustan los comienzos y las primeras miradas que significan algo.

—Entonces, ¿a qué te dedicas? —me pregunta Wes.

Han pasado unas cuantas horas y varios vasos de cerveza desde que nos sentamos en este bordillo.

Hemos hablado de un montón de tonterías.

Nada serio. Mientras tanto, el murmullo de la gente y de la música ha sido como ruido blanco que nos ha acompañado.

En algún momento miro el reloj. El festival debe de estar a punto de terminar.

—A perseguir el sueño americano en Los Ángeles —le respondo.

—¿Eres actriz?

—No. Soy camarera.

—Como la mayoría de las actrices de esta ciudad —señala.

—No creo que lo mío sea la interpretación.

Asiente. Sus ojos me observan. Lo hacen con una intensidad que no se corresponde con la cantidad de tiempo que llevamos uno en la vida del otro.

—Y ¿qué es «lo tuyo», Elise?

—Buscar buenas historias. Analizarlas, desmenuzarlas y, después, contarlas.

—¿Has estudiado Periodismo?

—Comunicación. Así que, si tengo un sueño, supongo que es ese.

Pego un trago a lo que queda de cerveza. Y alzo la vista de nuevo antes de indagar sobre su vida.

—¿Qué hay de ti? ¿Ya sabes lo que quieres ser de mayor?

—Ya soy mayor, así que se supone que ya estoy en ese punto. Trabajo con números.

—¿Contabilidad?

—No. Negocios, más bien.

—Suena... interesante.

—No lo es. —Sonríe.

—Creo que no te pega.

—¿El qué? ¿El mundo corporativo?

—Sí. Tienes ese aire tan... hípster.

—¿Hípster? —Echa un vistazo a sus pantalones vaqueros deshilachados y a sus Vans—. Imagino que lo dices por la ropa. ¿Cómo sabes que no es un disfraz?

—Porque no lo es.

Y la sonrisa que se dibuja en su rostro a continuación lo confirma.

—¿Por qué yo? —me pregunta de pronto.

—¿Por qué tú?

—Sí. Te miro y me pregunto... por qué esta chica, que podría tener a cualquiera, se ha fijado en mí.

Le sostengo la mirada mientras una sonrisa se forma en mi rostro. Noto algo entre los dos. Algo eléctrico.

—Ya te lo he dicho. Tu cara de querer escapar me cautivó.

Ladea la cabeza con una sonrisa preciosa y después se acerca más.

—¿Siempre haces estas cosas?

—Sí. Normalmente cuando alguien me lanza un reto, suelo aceptarlo.

—¿Una intrépida?

—O una inconsciente.

Se echa a reír.

—¿Y qué más?

—¿Qué más qué?

—¿Qué más eres? Cuéntame algo sobre ti.

Guardo silencio unos segundos. Los mismos que me llevan a pronunciar en voz alta uno de esos secretos que nunca comparto con nadie.

—Me da miedo sentirme sola cuando estoy rodeada de gente.

Mi respuesta y la intensidad en mi voz le hacen fruncir el ceño. Mira a nuestro alrededor. La música ya no suena. La gente sale en manada del recinto.

—¿Te sientes sola ahora? —me pregunta.

—No. Ahora no. —Le sonrío—. Tu turno. Dime algo tuyo que no sepa nadie.

Wes hace un movimiento con la cabeza una vez antes de declarar:

—A veces creo que sigo un plan que no me pertenece.

—Eso es triste.

—Lo sé.

—¿Siempre haces lo que se espera de ti?

—En un alto porcentaje de veces, sí.

—¿Y qué se espera de ti ahora, en este momento?

—Lo contrario de lo que estoy haciendo.

Arrugo la nariz.

—¿Y eso?

—En mi mundo, para todo hay un protocolo. Y yo debería estar actuando conforme a ciertas reglas que no estoy teniendo en cuenta.

—¿A qué te refieres con «tu mundo»? ¿Acaso eres un rico heredero o algo así?

—¿Lo considerarías relevante si lo fuera?

—En absoluto.

Wes vuelve a sonreír y percibo un deje de amargura en sus facciones en el que ahora mismo no tengo intención de indagar.

Por el contrario, dejo el vaso de cerveza, ya vacío, sobre la calzada y me giro hacia él.

—Vale. Hagamos una cosa. Somos dos desconocidos. No tengo expectativas sobre ti. No sé quién eres. Tú no sabes quién soy yo. No voy a juzgarte. ¿Qué harías si esta fuera la única noche para ser quien te apeteciera ser?

Él compone una expresión misteriosa.

—En realidad, esta es la única noche que tengo. Debo volver a la realidad después del fin de semana.

—¡Con más razón, entonces! Es tu noche. ¿Qué te gustaría hacer?

—Me quedaría contigo —dice con una sonrisa casi mágica—. Hasta que amaneciera.

—¿Conmigo? ¿Malgastarías tus únicas horas de libertad con alguien a quien ni siquiera conoces?

—Es lo justo. Tú me has elegido entre la multitud. Yo te elijo porque eres lo único que veo en este momento con claridad.

Una risa sonora escapa de mis labios.

—Nos estamos poniendo intensos —le digo.

—Es la cerveza. Y tus ojos. Sobre todo, tus ojos.

—No me conoces —susurro, porque tengo la sensación de que este chico quiere ver dentro de mí.

—¿No crees en los flechazos?

Vuelvo a reír y le doy con la mano en el hombro.

—No te lo estás tomando en serio.

—Hacía meses que no hablaba tan en serio —me asegura.

—¿Y qué has visto en mí?

—¿Estás de coña? Eres... diferente.

—¿Diferente?

—Despreocupada, libre. —Duda unos instantes antes de añadir—: Preciosa.

—¿Y?

—¿Cómo que «y»? Así funciona la atracción.

—Yo no quiero interesarle a nadie por mi físico. Sé cómo acaba: la gente se cansa.

—Entonces dame unas horas para conocerte. Al final de la noche te haré una lista.

—¿Una lista de qué?

—De todas las cosas que me han gustado de ti.

—¿Y si no te gusta ninguna?

—Eso es imposible. Ya tengo unas cuantas ocupando los primeros puestos.

A nuestro lado, la gente empieza a abandonar el recinto a tal velocidad que no nos queda más remedio que ponernos de pie. Él lo hace primero y después extiende una mano para ayudarme a levantarme.

Por el impulso, quedo prácticamente pegada a su pecho. Huele bien. A algo eléctrico, como lo que hay entre nosotros. Como una tormenta, quizá.

—¿Salimos de aquí? —le pregunto mirándolo a los ojos.

—Pensé que nunca lo dirías.