El verano que fuimos libres 2. Wes
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2. Wes

Wes

Existen dos clases de momentos: los que hacen que quieras quedarte a vivir en ellos y de los que te gustaría poder escapar.

Y yo, en este instante, no me encuentro a mí mismo. No sé qué hago aquí, por lo que no se me ha ocurrido pensar que, tal vez, no sea casualidad. Que ha sido el destino el que ha hecho que esté en este lugar en este preciso momento.

Ni siquiera cuando las siguientes tres palabras toman forma en mi oído a través de la música consigo ver más allá.

—Perdona, ¿tienes fuego?

Me giro hacia la voz que me ha hablado y me sorprendo al ver a una chica, muy cerca de mí, mirándome con los ojos más transparentes que he visto en mi vida.

—¿Cómo?

Ella sonríe.

—Fuego. ¿Tienes?

—Sí. —Reacciono buscando en mis bolsillos—. Toma.

—Gracias. —Sonríe de nuevo—. ¿Y un cigarro?

—Pues... también. Pero aquí no se permite fumar. —Aun así, pongo un cigarrillo entre sus dedos.

—Oh, cierto. ¿Me acompañas fuera? Odio fumar sola.

Luke, mi primo, me mira alucinado. Yo también lo estoy.

Tardo más de la cuenta en reaccionar. Quizá porque estas cosas no suelen pasarme. Quizá porque esta chica está claramente fuera de mi liga. Quizá porque llevo demasiado tiempo sin hacer nada que me sacuda los cimientos.

—Claro —respondo, provocando al momento que una mueca socarrona cobre vida en la cara de Luke.

Retorno mentalmente a esta mañana, cuando mi primo se ha plantado en mi casa y me ha obligado a meter unas cuantas cosas en una maleta, subirme a su coche y conducir casi seis horas.

«Tienes que salir de este agujero y tomar perspectiva. Tienes que volver a ser el Wes que eras».

«Yo creo que lo que tengo que hacer es no tomar decisiones precipitadas ».

Luke ha tirado de contactos para conseguir entradas para este festival, se ha hecho con un par de camisetas que no nos pondríamos en nuestro día a día en San Francisco y después se ha dedicado a que haya tabaco y cerveza en mis manos mientras suene la música.

Me jode admitir que es lo más vivo que me he sentido en el último año. Desde lo de Marcus. Y la primera vez que logro respirar de verdad, a pesar de que haga solo veinticuatro horas que lancé una relación de tres años por la ventana.

Una parte de mí piensa que lo último que debería hacer es acompañar a esta chica a través del recinto. La otra es la que accede. Y creo que solo tiene explicación a un nivel instintivo que no entiendo. Es como si algo sin nombre pulsara desde dentro de mi estómago.

La desconocida entrelaza sus dedos con los míos y tira de mí entre la cantidad de gente que baila sin control.

Nos lleva unos cuantos minutos salir fuera, donde en estos momentos hay casi más multitud que al otro lado de las vallas.

La playa de Santa Mónica, con la feria iluminada unos metros más allá, nos recibe con el ruido de las olas rompiendo a cierta distancia de nosotros.

Ya ha oscurecido, pero las farolas que hay a nuestro alrededor me ponen fácil la tarea de explorar el rostro de mi acompañante. Realmente es muy guapa.

—¿Nos sentamos? —Vuelve a cogerme de la mano y me lleva hasta un bordillo.

Ella lo hace, extendiendo las piernas y cruzándolas a la altura de los tobillos.

Yo hago lo mismo. A continuación, veo cómo enciende el cigarro que le he dado antes.

Le da una calada y después deja escapar el humo entre sus labios.

Apenas soy consciente de que la estoy mirando como un gilipollas. Pero ella se percata. Supongo que está acostumbrada a ser el blanco de muchas miradas. Parece cómoda bajo mi escrutinio, y no sé si eso me gusta o me confunde.

—¿Quieres? —me pregunta de pronto, ofreciéndome el cigarrillo.

—En realidad no me gusta, es mi primo el que...

—Entiendo. A mí tampoco. ¿Te importa si lo apago?

La miro confundido. Camuflo una carcajada. ¿Quién es esta chica?

—¿De qué te ríes? —me pregunta.

—De ti. De la situación. No lo entiendo.

—¿Nunca has usado una de esas típicas frases para ligar? Ya sabes: «¿Estudias o trabajas?», «Perdona, pero a mi amiga le gustas» o «¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?».

Sonrío de nuevo. Es un acto reflejo. Es... una chispa.

—¿«Tienes fuego» es tu frase estrella?

—La primera que se me ha ocurrido.

—¿Pretendías ligar conmigo?

—Sí, aunque mis amigas pensaron que no estabas receptivo. Parece que se equivocaban. —Sonríe.

—Entiendo... Entonces, ¿soy eso? ¿Un reto? ¿Alguna especie de desafío?

—No. Solo eres un chico frente a una chica, rompiendo el hielo.

Me quedo mirándola unos segundos. No puedo evitar sonreír mientras lo hago.

—Me llamo Wes —le digo seguidamente, extendiendo la mano. Ella la estrecha al instante.

—Elise.

—Cuéntame, Elise. ¿Qué haces en Los Ángeles?

—¿Cómo sabes que no soy de aquí?

—Tu acento te delata.

—Soy de Reno.

—¿Nevada?

—Sí. ¿Y tú?

—San Francisco.

—¿Vives aquí?

—No. Solo estoy pasando el fin de semana. Mi primo me obligó a... salir un poco.

—¿Eres fan de alguno de los grupos? —me pregunta.

—Sí. Bueno, no. En realidad, no.

Se echa a reír.

—Yo tampoco —reconoce—. De hecho, estoy aquí de casualidad. He venido con mi amiga Sam. Ella consiguió anoche las entradas. Le sobraba una. Y me invitó a venir.

—Ajá. ¿Y en qué parte del plan entraba lo de acercarte a un desconocido?

—En ninguna. Pero te vi, con tu camiseta de la Comunidad del Anillo , con tu cara de querer escapar, y me lancé.

—¿Cómo sabes que esta es mi cara de escapar? No me conoces.

—Sé distinguir a una persona en apuros cuando la veo. —Su mirada se queda enganchada en la mía. Y algo en sus ojos transparentes, de plata, me vibra por dentro, como un pellizco agudo informándome de que todo lo que yo creía saber está a punto de saltar por los aires.