El verano en que por fin acertamos Capítulo 36
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Capítulo 36

Noah

Las negociaciones habían empezado en serio el jueves catorce de agosto, mientras Emma seguía en Boston. Para la semana siguiente, la carpeta sobre mi escritorio era lo bastante gruesa como para cambiar el ángulo de una taza de café colocada encima.

Diane coordinaba los documentos de la venta. Emma y yo teníamos asesores separados, cada uno haciendo preguntas que yo habría preferido no entender. Volver a estar juntos no había hecho desaparecer esas preguntas.

Owen no aceptó todo lo que pedimos. Así supe que habíamos llegado a la parte en que la oferta se volvía real.

Aceptó que Harborlight hiciera ofertas por escrito al personal actual que trabajaba todo el año antes del cierre de la venta.

Aceptó reconocer su experiencia en la remuneración propuesta.

No prometió que ningún empleado perdería nunca su trabajo ni que ninguna habitación se pintaría jamás de un color que Bea hubiera odiado.

—No puedo comprometer todas las decisiones futuras —dijo.

Diane, con Emma acompañándonos por video, asintió.

—Podemos incorporar a los documentos los compromisos que sí estás haciendo.

Volví a leer la redacción. Decía lo que Owen haría y nada sobre las cosas que yo todavía deseaba que prometiera.

El cobertizo para botes fue lo primero que rechazó.

—Lo repararemos —dijo Owen—. No volveremos a abrirlo como un espacio habitual para eventos.

—Ahí es donde la gente quiere casarse.

—Ahí es donde algunas personas quieren casarse. El jardín y el edificio principal funcionan. El cobertizo para botes implica costos de acceso, seguros, personal y mantenimiento que no estamos incorporando a esta operación.

Había llevado fotografías. No fotografías de bodas, me dije. Ejemplos de cómo podía usarse el espacio. Las miró cortésmente y me las devolvió.

—¿Podríamos limitar el número de personas?

—Podríamos. Seguiríamos comprometiéndonos con un espacio para eventos que no necesitamos.

Emma estaba en la pantalla. No interrumpió. Pude ver que entendía mi argumento y también que entenderlo no iba a hacer que Owen lo aceptara.

—Bea mantuvo ese espacio abierto para el pueblo —dije.

—Sé que importa. No estoy comprando la obligación de operar cada parte de la propiedad como ella lo hacía.

Guardé las fotografías.

Hablamos de los equipos y suministros que pensaba guardar allí después de las obras estructurales. Las puertas anchas seguirían frente al agua. La gente pasaría ante ellas llevando sillas plegables y herramientas de mantenimiento. El edificio sobreviviría, y algo que yo amaba de él terminaría.

Hazel y Finn ya habían preguntado por volver para un picnic el verano siguiente. Lo planteé por separado: una ocasión, después de las reparaciones, con los controles de seguridad, los seguros, el personal y los permisos que ese uso requiriera.

Owen aceptó incorporar esa ocasión específica a las condiciones. No prometería acceso anual ni celebraciones públicas después. Diane anotó el límite. Lo leí dos veces, incapaz de convertir las palabras «una vez» en algo mayor.

Discutimos sobre el precio y lo que se quedaría con el edificio. Ada revisó las deducciones con nosotros. Necesité que me explicaran dos veces el ajuste de capital de trabajo.

Nada de eso era ganarse la lotería. Era suficiente para tener opciones que no habíamos tenido mientras cada dólar le pertenecía a la siguiente reparación.

Harborlight quería que me quedara durante una transición de un año como chef ejecutivo. Yo quería límites en las horas, una cobertura real para los días libres y un puesto al que Sam pudiera crecer sin esperar a que yo desapareciera.

—Entiendes que un título no elimina el trabajo de fin de semana —dijo Owen.

—Me gusta trabajar los fines de semana. No me gusta hacer todo el trabajo.

Emma bajó la vista hacia sus notas. Pude ver que sonreía.

El presupuesto incluía otro cocinero con experiencia y un puesto de jefe de cocina para Sam, al frente del servicio diario. Yo me encargaría del desarrollo de menús, la capacitación y los eventos más grandes. Pusimos la división por escrito.

La oferta de June era para gerente de operaciones. Cuando se la mostramos, leyó cada página con Cal a su lado, luego señaló una línea sobre disponibilidad.

—¿Qué significa esto en mi día libre?

Owen respondió. Ella le pidió que hiciera la respuesta más precisa.

Quise aplaudir y supe que ella lo odiaría.

Una de las encargadas de limpieza de tiempo parcial pensaba terminar después del verano. Otra quería menos horas, no más. Milo quería estar seguro de poder usar a Sam como referencia.

Negociamos el nombre Tideglass para el período inicial de operación. Hablamos de reservas, proveedores y calendarios de reparaciones. A Owen le gustaba el trabajo de Tess; Tess dijo que le enviaría sus tarifas. No ofreció un descuento para celebrar nuestro crecimiento emocional.

El veintiuno de agosto, Emma volvió con más que una bolsa para pasar la noche. La recibí en la puerta de la cocina, luego me detuve antes de tomar la maleta hasta que ella me ofreció el asa.

—Estoy aquí —dijo.

—Ya lo veo.

—Esta vez para algo más que una visita a un departamento.

Me reí y la besé. June pasó junto a nosotros con una cesta de ropa y dijo que el pasillo seguía siendo una ruta usada por huéspedes que pagaban.

Arriba, Emma guardó su ropa en la cómoda. Dejó la computadora portátil en su propia habitación. No habíamos hablado de si necesitaba conservar ese escritorio, y no pregunté. La habitación era suya hasta el final de nuestra estancia.

Esa noche leímos juntos la cláusula del cobertizo para botes. Tocó las palabras «una vez».

—¿Te parece suficiente?

—No.

Esperó.

—Me parece lo que podemos acordar —dije.

Dejó la página y se apoyó contra mí. Durante un rato nos quedamos sentados sin intentar hacer más agradable la respuesta.

El día en que finalmente se acordaron las condiciones principales, llevé los papeles arriba y los puse en la mesa. Emma leyó una vez más la sección de empleo.

—Enero —dijo.

—¿Qué?

—Tu curso.

Ahí estaba: la licencia de la que habíamos hablado, aprobada con sujeción al acuerdo de empleo final. Había estado tan ocupado con las otras disposiciones que ver las fechas impresas me hizo sentir extrañamente expuesto.

—Deberías reservarlo —dijo.

—Una vez que esté firmado el acuerdo.

Estudió mi rostro.

—¿Ese «una vez» es de verdad?

—Es de verdad.

Asintió.

Esa noche recorrí la cocina con Sam. Se suponía que haríamos una lista de los equipos incluidos en la venta. En cambio, él se detuvo junto a la batidora vieja.

—¿La reemplazarán?

—Eso espero.

—Siempre decías que le quedaba otro año.

—Le mentía a la batidora.

Se rio, luego sacó una hoja doblada del bolsillo trasero.

—Le dije a Owen que acepto el trabajo.

Dejé el inventario.

—¿Te quedas?

—Si se cierra la venta. Ahí entra en vigor la oferta.

—¿Y Portland?

—Los llamé esta tarde.

Esperé a que el alivio se convirtiera en algo que pudiera decir sin hacer que se tratara de mí.

—Te querían.

—Sí. Mejores equipos. Un chef del que podría aprender. Me cayó bien.

—¿Por qué aquí?

Extendió la oferta al lado de la batidora. Había notas en los márgenes.

—Portland es un puesto de segundo chef. Uno bueno. Aquí dirigiría una cocina que ya conozco. El horario, los pedidos, lo que pasa durante el servicio. Quiero averiguar si puedo hacerlo durante una temporada entera.

—Puedes.

—Alguien tiene que cubrir mis días libres de todos modos.

Tocó una línea. Owen había confirmado por escrito al cocinero adicional.

Sam había preguntado quién cubriría hasta que se ocupara el puesto y qué ocurriría si quedaba vacante.

Me mostró la respuesta: Harborlight organizaría una cobertura remunerada.

Sus días libres no dependían de una contratación exitosa.

—Y hago pedidos dentro del presupuesto —dijo—. No envío cada factura arriba para pedir permiso.

—Exacto.

—June dijo que me mostraría cómo lleva el registro de las reservas de invierno. Podría usarlo para el horario en vez de adivinar cada semana.

Ya había empezado a pensar en un invierno allí. Recordé su llegada dieciocho meses antes con un estuche de cuchillos prestado, intentando pasar inadvertido hasta saber lo que hacía.

—Me alegro —dije.

—Yo también. Pero si Owen hubiera dejado ambiguo lo del personal, habría aceptado Portland.

Bajé la vista hacia las notas.

—Habrías hecho bien.

Dobló la oferta por los pliegues gastados.

—¿Te parece bien que yo me haga cargo del servicio diario? ¿De verdad?

—Sí.

—Porque si vas a pararte detrás de mí cada vez que cambie algo...

—Dime que me mueva.

—Lo haré.

—Lo sé.

Tomó el inventario y puso una estrella junto a la batidora.

—Ese es mi primer pedido de equipo.

Abrí la boca para darle otro año, luego la cerré.

Arriba, Emma se había quedado dormida en el sofá con una novela abierta sobre el pecho. Casi había olvidado que leía por placer; todo el verano había estado leyendo contratos, horarios, peticiones ajenas. Me senté a su lado y levanté el libro antes de que se cayera.

Abrió un ojo.

—¿Terminaron juntos? —pregunté.

—Todavía no.

—Mala planificación.

—Hay complicaciones.

—Siempre las hay.

Puso los pies sobre mi regazo. Le froté suavemente un arco y soltó un sonido de completa satisfacción.

Por primera vez en años pude imaginar la posada continuando sin necesitarme por entero. La imagen dolía. También dejaba espacio para la mujer en el sofá, para una mañana de invierno en otro estado y para cosas que todavía no había aprendido.

Seguí dándole vueltas, viendo qué más podía caber.