El verano en que por fin acertamos Capítulo 22
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Capítulo 22

Noah

Ruth llegó a buscar la máquina de coser en un auto demasiado pequeño para que cupiera.

Había pospuesto el viaje dos veces desde junio, primero por un problema en el trabajo y luego porque, como le admitió a Emma por teléfono, no estaba lista para vaciar aquel rincón de la habitación. Ahora estaba de pie junto al maletero abierto, decidida a compensar la demora.

—Se pliega —dijo.

June miró el mueble de madera maciza.

—¿El auto?

Pasamos veinte minutos quitando un estante, abatiendo asientos y descubriendo que el optimismo tenía dimensiones.

Emma estaba junto a su madre con una cinta métrica.

—Te pregunté si necesitabas una camioneta.

—Preguntas muchas cosas.

—A veces porque necesito la respuesta.

En ese momento se parecían tanto que tuve que darme la vuelta para ocultar una sonrisa.

Ruth me descubrió.

—Puedes reírte después de levantarla.

Llamé a Cal. Llegó con su camioneta y unas correas de mudanza, y la máquina de coser se rindió sin sufrir daños.

Después almorzamos en el patio.

Ruth había traído fotografías de la casa de Bea. La mayoría estaban en sobres con fechas tachadas y sustituidas por otras a ojo.

Emma encontró una de ella a los trece años, con unos lentes de sol enormes junto a los escalones de la entrada de la posada.

—¿Por qué nadie me detuvo?

—Considerabas los consejos una intromisión —dijo Ruth.

—¿En pasado?

—Estoy siendo amable.

Había fotografías de Bea más joven de lo que yo jamás la había conocido, de pie en el comedor con un martillo. De Ruth con uniforme escolar. Del puerto antes de que alguien construyera el muelle nuevo.

Luego apareció una de Emma y de mí, sentados en el suelo de la cocina entre latas de pintura abiertas.

Me la pasó.

Estábamos sucios y riéndonos. Su rodilla descansaba contra la mía. Recordaba aquel día: una tormenta había retrasado la entrega de los muebles y habíamos pasado la tarde pintando en vez de inaugurar. Todavía no teníamos clientes a quienes decepcionar.

—Quédatela —dijo Ruth.

Emma la miró.

—¿No la quieres?

—Tengo siete más. Tu abuela documentó esa pared como si fuera un monumento nacional.

Nos reímos.

Más tarde, Ruth me preguntó si podía ayudarla a bajar una caja de la habitación de Bea. Emma tenía una llamada de trabajo y le dije que sí.

Habían ventilado y limpiado la habitación, pero no la habían vaciado. Un cárdigan colgaba del respaldo de la silla. Sobre la cómoda había unos lentes de lectura y una lata llena de botones.

Ruth se quedó inmóvil.

—Odio esta parte —dijo.

Esperé.

—Todos quieren las buenas historias. Las cosas graciosas que decía. Yo no dejo de recordar la última discusión.

—¿Sobre qué?

—Sobre si debía dejar de usar las escaleras sola.

Tomó el cárdigan, lo dobló, lo desdobló.

—Me dijo que la estaba tratando como a una niña. Le dije que se estaba comportando como una.

—Eso me suena.

—Sí. Seguía siendo ella misma.

Ruth se sentó en la cama.

Yo me quedé junto a la puerta.

—Hiciste muchísimo —dijo.

—No lo suficiente.

Levantó la vista de golpe.

—¿Suficiente para qué?

No respondí.

—Noah, se estaba muriendo. Sé que querías más tiempo. Yo también.

Ruth miró el cárdigan en su regazo.

—Te contaba cosas que nunca me contaba a mí. En qué habitación había goteras. Qué huésped tenía una aventura. Cuánto le preocupaba el techo. Yo llamaba y ella me preguntaba si estaba comiendo suficientes verduras.

—No quería que te preocuparas.

Ruth me dirigió una mirada cansada.

—Era su hija. La preocupación ya venía incluida.

Yo había usado la misma defensa con Emma. Allí, en la habitación de Bea, no sonaba mejor.

Ruth abrió la lata de botones. Dentro había botones de prendas que ya nadie tenía, una aguja doblada, una ovejita de plástico de algún adorno olvidado hacía mucho tiempo.

—Me dejó el dinero de la casa y algunos ahorros —dijo Ruth—. La gente me pregunta si estoy molesta por lo de la posada. No quiero dirigir una posada. Quería que viniera a visitarme un fin de semana sin traer los libros de cuentas.

Puso la oveja en la cómoda y comenzó a ordenar los botones por color; luego se detuvo con un puñado de botones azules.

—No sé por qué estoy haciendo esto.

Tomé la lata cuando me la ofreció. Debajo había una corona de papel doblada, de esas baratas que vienen en los paquetes sorpresa navideños. Bea la había llevado puesta durante todo el almuerzo. La levanté y una escama de papel dorado se desprendió sobre mi pulgar.

—Quédate con eso si quieres —dijo Ruth.

No podía explicar por qué no la quería ni por qué no podía soltarla.

Se puso de pie y levantó un extremo de la caja. Yo tomé el otro.

Bajamos la caja.

Cal llevó la máquina de coser a Portland y Ruth lo siguió en su auto pequeño. Emma estaba junto a mí cuando salieron.

—No quería que yo estuviera en la habitación —dijo.

—No dijo eso.

—Te lo pidió a ti.

La miré y luego miré la corona doblada que tenía en la mano. Había cosas de aquella conversación que podía contarle y otras que le pertenecían a Ruth.

—Tal vez no quería ser tu madre durante diez minutos.

La expresión de Emma cambió. Me preocupó haberlo dicho mal.

—La llamaré mañana —dijo.

Volvió a entrar. Subí la corona de papel y la dejé junto a la vieja solicitud del curso.

Esa tarde fui a la tumba de Bea.

Había ido varias veces desde marzo, por lo general cuando necesitaba hacer alguna tarea útil allí. Llevar flores. Limpiar la lápida. Revisar después de una tormenta.

Esta vez no llevé nada.

La tierra estaba seca. Había empezado a crecer hierba sobre el suelo removido. Alguien había dejado una conchita junto a la lápida.

Me senté en el banco al otro lado del sendero.

—Emma está aquí —dije.

Las palabras sonaban extrañas al aire libre.

Le conté a Bea sobre las bodas. Sobre la buena salsa que había preparado Sam. Sobre la habitación seis y la ducha.

Después dejé de dar informes.

Me quedé sentado hasta que pude oír pájaros en el seto y un auto en la carretera, más allá del cementerio.

La extrañaba. Estaba enojado con ella por las cuentas. Estaba agradecido de que hubiera confiado en mí. Deseaba que me hubiera preguntado antes de darme la mitad de algo que no sabía cómo soltar.

En el banco había espacio para todo eso.

Cuando regresé, Sam estaba solo en la cocina, practicando un plato para la siguiente boda.

—No tenías que quedarte —dije.

—Quería hacerlo.

Probé lo que había preparado.

Necesitaba más acidez. Se lo dije. Lo ajustó, volvió a probarlo y sonrió de oreja a oreja.

—¿Mejor?

—Mejor.

Lo anotó.

Miré el horario de trabajo.

—Me gustaría que te hicieras cargo de la cena del domingo la próxima semana.

—¿Contigo aquí?

—Estaré cerca si me necesitas. Pero estar a cargo significa estar a cargo.

Me observó un momento.

—Está bien.

Arriba, Emma había puesto la fotografía de nosotros pintando junto a la de Bea.

Me quedé en la puerta de su habitación.

—¿Puedo entrar?

Abrió los brazos.

Fui hacia ella y dejé que el día me alcanzara.