El verano en que por fin acertamos Capítulo 17
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Capítulo 17

Emma

Priya Shah quería una boda en la que la gente pudiera escucharse.

Parecía fácil hasta que sus primos enviaron un diagrama de iluminación.

—Es una fiesta —dijo Alex durante nuestra llamada de planificación—. Se entusiasmaron.

El diagrama incluía altavoces lo bastante grandes para comunicarse con otro condado.

—El lugar de su boda tiene vecinos —dije.

—Nosotros también tenemos vecinos —dijo Priya—. Nos gustaría seguir hablándonos con los dos grupos.

Ella y Alex se habían conocido mientras trabajaban en un proyecto de transporte público. Priya era ingeniera. Alex diseñaba espacios públicos. Sus discusiones sobre la boda giraban en torno al transporte, el acceso y dónde podía sentarse alguien si quería dejar de socializar.

Disfrutaba muchísimo de su compañía.

Planeamos una ceremonia en el jardín, la cena adentro y un baile que terminara a la hora acordada. Querían comida que les gustara a sus familias, pero habían elegido los platos juntos y no tenían interés en convertir a ninguna de las dos familias en un tema decorativo.

—Si una persona más la llama boda de fusión —dijo Priya—, le mando la hoja de cálculo.

Alex asintió.

—Tiene códigos de colores. Muy amenazante.

Esa semana, la posada parecía casi manejable.

Debería haber desconfiado de esa sensación.

El martes, el proveedor de sonido llamó para decir que su camioneta necesitaba reparaciones.

El miércoles, una huésped que había reservado el fin de semana equivocado preguntó si podíamos trasladar nuestro cinco de julio al doce de julio.

El jueves, Meredith me envió un borrador de la descripción del puesto regional.

Lo leí tres veces.

Dirección creativa. Responsabilidad sobre la cartera de cuentas regionales. Participación en las contrataciones. Un sueldo que me hizo sentarme.

Presencia regular en Boston.

Esa frase ocupaba más espacio cada vez que la miraba.

Imprimí la descripción y la llevé abajo.

Noah hacía una lista junto al congelador.

—¿Podemos hablar después del almuerzo?

Miró la hoja.

—Sí.

Nos sentamos en el patio a las dos.

Se la entregué.

La leyó con atención. Sus labios se movieron una vez ante una línea que yo sabía que importaba: crear y dirigir un equipo de producción regional.

—Esto es lo que querías.

—Sí.

—¿Ya es real?

—Está más cerca.

Leyó la siguiente página.

—¿Con qué frecuencia tendrías que estar allá?

—Tengo que preguntar. Dice presencia regular. No puedo tomar eso como permiso para trabajar desde Maine.

—No.

Esperé mientras doblaba la hoja y después la desdoblaba.

—Quiero alegrarme por ti sin fingir que no tengo preguntas —dijo.

—Hazlas.

—Si te dan el puesto, ¿quieres vivir en Boston?

Miré hacia el puerto.

—Parte del tiempo. Sí.

La respuesta solo me parecía desleal porque había pasado años aprendiendo a suavizarla.

Asintió.

—Está bien.

—Eso no es una solución.

—Todavía no.

—Voy a pedirle una reunión a Meredith —dije.

Me devolvió la descripción. No inventamos una semana de trabajo a partir de un párrafo que aún no se había convertido en una oferta.

Esa tarde, Elliot Shaw nos llamó a ambos. Había leído el resumen que Ada le envió con nuestro permiso y quería visitarnos después del feriado. Preguntó por la ocupación de las habitaciones, el número de comensales de las cenas y cuántas bodas queríamos organizar realmente.

—¿Cuántas podría albergar el lugar? —pregunté.

—Esa es otra pregunta —dijo—. Puedo ayudarlos a aumentar el volumen. Necesito saber si quieren el negocio que viene con eso.

Noah se inclinó hacia el altavoz. Elliot había mencionado una remodelación de la cocina, una mejor extracción de aire y un espacio para la repostería que no fuera también el camino hacia el área de lavado.

Observé a Noah dibujar un rectángulo en el margen de las notas de la llamada.

Hasta su letra cambiaba cuando deseaba algo.

Después de la llamada llevé a Tess la solicitud actualizada de flores de Priya. Sus primos querían flores en la zona tranquila de asientos, además de las mesas de la cena.

—¿Ya les dijiste que sí? —preguntó.

—Les dije que preguntaría.

Miró el plano, contó las mesas pequeñas y dijo que podía preparar floreros de una sola flor si se entregaban junto con el pedido existente. Sin instalación aparte. Llamé a Priya desde la tienda y le expliqué el costo. Eligió cuatro arreglos en lugar de ocho.

Tess anotó el cambio en el libro. Tomó siete minutos. En junio, yo había dedicado más tiempo a intentar que mi primera promesa pareciera menor de lo que era.

—Elise puede hacerlos —dijo.

—¿Tiene tiempo?

—Está ahí mismo.

Me volví. Elise levantó la hoja del pedido y dijo que sí tenía. Le pregunté dónde quería los recipientes vacíos después. Me lo mostró y también lo anoté.

El viernes, el proveedor sustituto de sonido llegó a probar el equipo.

Pasó un cable por una puerta.

—Lo fijaremos con cinta.

—Lo pasaremos por otro lado.

—Eso toma más tiempo.

—Ahora tenemos tiempo. No lo tendremos cuando lleguen setenta personas.

Miró a Noah, que había salido de la cocina.

Noah le sostuvo la mirada.

—Emma dirige el evento.

El cable cambió de lugar.

Me encontré con la mirada de Noah después de que el proveedor se alejara.

Se encogió apenas de hombros, como si solo hubiera comentado el clima.

Esa noche, Priya y Alex llegaron para el ensayo. Recorrieron juntos el espacio, moviendo sillas hasta que el recorrido le sirviera al abuelo de Alex.

Al terminar, Priya me tomó de la mano.

—Te ves cansada.

—Es mi expresión profesional.

—Deberías sentarte un minuto.

Se sentó primero, haciendo más difícil que yo me negara.

Al otro lado del jardín, Alex hablaba con Noah de comida.

—¿Ustedes dos trabajaban juntos antes? —preguntó ella.

—Estuvimos casados.

Parpadeó.

—¿Y ahora?

—Lo estamos averiguando.

—Eso suena valiente.

—A veces parece poco eficiente.

Priya se rio.

—Alex y yo pasamos tres semanas discutiendo sobre una mudanza antes de darnos cuenta de que cada uno imaginaba una vida cotidiana distinta. Yo discutía sobre su viaje al trabajo. Él creía que quería que abandonara a sus amigos.

—¿Cómo lo resolvieron?

—Dejamos de hablar de la idea de mudarnos y escribimos cómo sería un martes concreto.

Volví a mirar al otro lado del jardín.

Un martes concreto.

No habría velas ni ropa de boda en él. Habría un retraso de tren, un lavavajillas, alguien que quería compañía y otra persona que necesitaba dormir.

Me quedé en la silla hasta que pude imaginar ese día con más claridad que las partes románticas.