Capítulo 5
Emma
La madre de Lila Park llegó con una carpeta más gruesa que la que yo usaba para organizar un evento para cuatrocientas personas.
Lila llevaba una bolsa de papel de la panadería.
—Traje muffins —dijo.
—Yo traje el plan de mesas revisado —dijo su madre.
Ben Collins, el novio, tenía la expresión de un hombre que ya había aprendido a elegir su equipaje con cuidado.
Acepté los muffins.
La reunión empezó con las flores y enseguida se convirtió en una discusión sobre quién no había entendido a quién desde el Día de Acción de Gracias.
—Las peonías tienen que estar abiertas —dijo Vivian Park.
—Tendremos flores hermosas —dije.
—Pero abiertas.
—Las flores respetan poco las instrucciones. Nuestra florista es muy buena.
Lila bajó la vista para esconder una sonrisa.
Noah se unió a nosotros con platos de degustación. Puso uno frente a cada persona y describió el menú sin convertir la conversación en un espectáculo.
Vivian quería cambiar el pescado.
Lila quería el pescado.
Ben quería que todos comieran algo antes de expresar otra opinión.
—Lila —dije—, ¿qué te gusta de él?
Miró a su madre.
—Es lo que comimos cuando Ben me propuso matrimonio.
Vivian cerró la boca.
Noah esperó. El antiguo Noah habría ofrecido tres alternativas para aliviar la tensión.
—Entonces deberíamos conservarlo —dijo Ben.
Durante la media hora siguiente resolvimos cosas que podían resolverse e identificamos las que habría que soportar. El hermano del novio necesitaba una silla sin brazos. Una tía no podía subir escaleras. Los discursos se habían acumulado hasta ocupar cuarenta y siete minutos.
—¿Y si los reducimos? —pregunté.
Vivian parecía alarmada.
Lila parecía esperanzada.
Cuando los demás se fueron a inspeccionar las habitaciones, llevé a Lila al porche.
—Tu abuela recordaba las cosas —dijo.
—Sí.
—Una vez le dije que odiaba los micrófonos. Dijo que había otras maneras de hacerse oír.
Miré la silla de Bea a través de la ventana.
—Podemos mantener tus votos en privado, si quieres. Decirlos donde Ben pueda oírlos. El micrófono no tiene que transmitirlo todo.
Lila arrancó un hilo de su manga.
—Todos gastaron dinero para venir.
—Vinieron a verte casarte. Eso sigue siendo posible aunque hables en voz baja.
Se rio y después se puso seria.
—¿Puedes ayudarme a decírselo a mi madre?
Antes de irse, Vivian me mostró una imagen en el teléfono: dos arreglos altos sobre soportes estrechos, con follaje colgante que enmarcaba el lugar donde la pareja intercambiaría los votos.
—Esto ayudaría si tuviéramos que entrar —dijo.
Miré la imagen y después a Lila, que esperaba junto a la puerta con la bolsa de muffins doblada en un cuadrado pequeño.
—Podemos hacerlo —dije—. Tess conoce el salón. Hablaré con ella.
—¿Dentro de lo que acordamos?
Calculé las flores que ya teníamos, el soporte que había visto en la vitrina de Tess, la hora más o menos que llevaría montarlo. Era un cálculo hecho casi por completo a partir del deseo de que la reunión terminara bien.
—Sí.
Los hombros de Lila se relajaron. Vivian me agradeció. Puse una marca junto a las flores y seguí adelante.
Esa tarde fui a la florería de Tess Molina.
Estaba subida a una escalera de mano, sujetando una rama sobre la vitrina. La tienda olía a hojas mojadas y tallos cortados. Una cubeta junto a la puerta contenía flores demasiado maltratadas para vender, y un letrero escrito a mano decía LLÉVATE ALGUNAS SI TU DÍA NECESITA MEJORAR.
—Me preguntaba cuándo vendrías —dijo.
—Traje café.
—Eso reduce la condena.
Bajó. Nos miramos un segundo y después nos abrazamos torpemente alrededor de los vasos.
Tess había sido mi amiga más cercana antes de que me fuera. Después habíamos mantenido esa clase de amistad que sobrevivía en mensajes de cumpleaños, fotografías y promesas de programar una llamada cuando la vida se calmara.
La vida se había negado a cooperar.
—Estás enojada —dije.
—Me alegra que estés aquí. También estoy enojada. Soy una empresa con varios departamentos.
Nos sentamos en cajones volteados detrás del mostrador.
Le conté lo de la herencia. Escuchó sin el deleite que a veces muestra la gente cuando la catástrofe privada de alguien tiene una premisa atractiva.
—¿Cómo es vivir con él?
—Tengo reglas por escrito.
—Por supuesto.
—Él contribuye.
—Progreso.
Giré el vaso entre las manos.
—Debí haber llamado más.
—Sí.
Esa aceptación fácil dolió.
—No sabía cómo hablar de este lugar sin hablar de él.
—Podrías haber preguntado por mi lugar.
Miré alrededor de la tienda.
Cuando me había ido, Tess alquilaba una mesa de trabajo dentro de la tienda de otra persona. Ahora su nombre estaba pintado en la vitrina. Tenía un calendario de entregas en la pared y una empleada envolviendo ramos al fondo.
—Tienes razón.
—Lo sé. Es una carga.
Dejó que el silencio se quedara entre nosotras hasta que dejé de intentar adornarlo.
—Cuéntame de tu tienda —dije.
Durante veinte minutos lo hizo.
Me habló del préstamo, de la unidad de refrigeración que llegó abollada, de la asistente que era maravillosa con las flores y terrible con las llaves. Hice preguntas. Guardé el teléfono cuando se iluminó.
Al final sacó el pedido de Lila.
—Tu novia quiere peonías. Su madre quiere control. Una de esas cosas es de temporada.
Me reí de verdad por primera vez en todo el día.
Le mostré la imagen.
Tess la amplió, miró los soportes y me devolvió el teléfono.
—Eso es un arreglo adicional. Dos, en realidad. Con instalación.
—Podríamos usar las flores de la mesa de la ceremonia.
—Algunas. Los soportes hay que alquilarlos. No tengo esos.
—¿Y los de tu vitrina?
—Están vendidos. Y son demasiado ligeros para ese peso.
Me oí empezar a explicar la situación de la posada. Tess dejó su café en el piso.
—¿Ya prometiste esto?
—Dije que lo haríamos funcionar.
—¿A qué precio?
No respondí lo bastante rápido.
Se levantó y buscó su libro de pedidos. En la página del sábado, la boda de Lila compartía espacio con un almuerzo conmemorativo y una entrega a un restaurante en Portland. Debajo estaban anotadas a lápiz las horas de su asistente.
—Tengo una camioneta —dijo—. Elise tiene un par de manos. Tú has ofrecido ambas cosas.
—No intentaba…
—Sé lo que intentabas hacer. Igual no puedo mandar mi camioneta a dos lugares.
Miré fijamente los números a lápiz. Parecían tan corrientes. Seis horas. Kilometraje. Una hora de inicio. En mi cabeza, Tess había sido una amiga con flores.
—Dame un precio revisado. Se lo llevaré.
—¿Y si dicen que no?
—Resolveré otra cosa.
Escribió el costo del alquiler y las horas de instalación en una hoja nueva. No hubo sermón. Tenía que preparar otra entrega y yo le estaba quitando tiempo.
—Debí preguntar primero —dije.
—Sí.
Arrancó la hoja y me la dio.
En la puerta casi tomé un frasco pequeño de guisantes de olor, recordando cómo solía mandarme a casa con lo que le sobrara. Retiré la mano antes de llegar al vidrio.
—Llamaré al lugar de alquileres —dijo Tess—. No se reserva nada hasta que confirmes el precio por escrito.
—Entendido.
Volví al auto con los vasos de café vacíos y una cotización que no cabría debajo de la marca que ya había hecho.
En la posada encontré a Noah en una escalera, en el pasillo frente al departamento. Ajustaba la lámpara floja que había traqueteado durante todas mis llamadas.
—No tenías que hacer eso —dije.
Miró hacia abajo.
—A mí también me molestaba.
Una respuesta excelente, siempre que fuera verdad.
Puse la cotización de Tess junto a la computadora. En el espejo sobre la cómoda vi a una mujer con el pelo soltándose y una mancha de polen en la camisa.
Había pasado años vistiéndome para salas donde todos parecían haber llegado completamente ensamblados.
Abajo, June pidió ayuda. Dos huéspedes habían pedido el mismo desayuno para el día siguiente, salvo que uno no quería huevos, otro no quería lácteos y ambos creían haber reservado un omelet.
Dejé la cotización donde tendría que verla y fui a ayudar.
Llamé a Vivian antes de la cena.
—Dijiste que estaba incluido —dijo.
—Lo dije. Fue mi error. Puedo ofrecer un arreglo más pequeño dentro del precio original, o los dos soportes por el costo adicional que te envié por correo.
—¿Por qué debería pagar por tu error?
Apreté el teléfono contra la oreja. Abajo alguien se rio. Quería estar en cualquier otra parte del edificio.
—No deberías. Tideglass cubrirá la diferencia de alquiler del diseño que prometí. Necesito que apruebes el dibujo revisado y confirmar la instalación con Tess.
La cantidad saldría del margen que acabábamos de pasar una mañana calculando. Noah lo vería. Ada también. Lo anoté antes de poder encontrarle un nombre más agradable.
Vivian aceptó revisar el dibujo. Esta vez no me dio las gracias.
Esa noche Lila envió un correo.
Le dije a mamá que queremos dos discursos. Lloró un poco. Después preguntó de qué color sería el micrófono.
Respondí que podíamos cubrirlo si era necesario.
Llegó un segundo mensaje.
Gracias por preguntarme.
Lo leí en la mesa de la cocina mientras Noah buscaba un destapador en un cajón.
—¿Buenas noticias? —preguntó.
—Alguien tomó una decisión.
Levantó dos destapadores.
—Yo también estoy considerando tomar una.
Tomé uno de su mano.
—El de la izquierda se atasca.
—Lo recuerdas.
Sí. Recordaba mucho más de lo que era útil, incluido el sonido de su respiración cuando se reía cerca de mi oído.
Abrí la botella y se la devolví sin dejar que nuestras manos se tocaran.