El verano en que por fin acertamos Capítulo 3
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Capítulo 3

Emma

Ada Foster llegó con una computadora portátil, un termo y nada del optimismo que a veces la gente confunde con amabilidad.

—Antes de empezar —dijo—, nadie puede decir que solo ha sido un mal invierno.

Noah le apartó la silla.

—No iba a decirlo.

—Lo dijiste en febrero. Y en enero. En diciembre lo llamaste un comienzo lento.

Me cayó bien de inmediato.

Nos sentamos a la mesa del comedor antes de que terminara el servicio de desayuno. June cerró la puerta que nos separaba de una familia que debatía si un niño de seis años podía tomar café si era casi todo leche.

Ada giró la computadora.

Efectivo disponible: dieciocho mil seiscientos cuarenta dólares.

Leí la cifra y después la siguiente columna.

—Ochenta y dos mil en anticipos de clientes.

—Recibidos, sí.

—Sin mantenerlos por separado.

—Una parte se usó para gastos legítimos de los eventos. Otra sostuvo el negocio después de las obras del techo y las pérdidas del invierno.

Noah miraba la pantalla.

Había una diferencia entre un negocio que fracasaba y uno con un problema inmediato de liquidez. Tideglass había conseguido reunir características de ambos.

Ada nos explicó los costos. Comida. Mantelería. Nómina. Seguros. El pago de la hipoteca. Una línea de crédito de cuarenta y ocho mil dólares que vencía en septiembre. Saldos pendientes de las bodas que parecían alentadores hasta descontar la mano de obra y los suministros.

—Cancelar sería caro —dijo—. Realizar mal estos eventos también. Terminarlos bien les da margen para decidir.

—¿Cuánto margen? —pregunté.

—Puedo darles escenarios. No puedo hacer que el clima o el refrigerador firmen una garantía.

Noah se frotó un nudillo con el pulgar.

—Podemos llegar al final del verano.

—¿Con las horas de quién? —pregunté.

Me miró.

—Tus horas no son gratis solo porque no te pagues un sueldo.

Ada se recostó un poco en la silla.

La mandíbula de Noah se movió una vez.

—Lo tengo presente.

—¿Le estás pagando a Sam todo el tiempo extra?

—Sí.

—¿A June?

—Sí.

Ada intervino antes de que mis preguntas se convirtieran en un interrogatorio.

—Emma, los registros están aquí. Léelos. Noah, déjala.

Respiré hondo.

—Perdón.

Noah asintió, pero la disculpa todavía no había llegado hasta él. Lo entendía. A veces las disculpas necesitaban un lugar donde aterrizar.

Pasamos otra hora asignando costos reales a las seis bodas. Desde el porche llamé a un proveedor de mantelería y confirmé un pedido. Noah le pidió un precio más firme a un mayorista de pescado. Ada modificaba la proyección mientras hablábamos.

Para las once, el problema había adquirido contornos. Seguía siendo grande. Ya no era una niebla en la que pudiéramos vagar indefinidamente.

—Puedo encargarme de producir los eventos —dije.

Noah levantó la vista.

—Hasta el veintitrés de agosto. Tendré que acordar el tiempo con Northstar. Tengo días de licencia acumulados. Algunas de mis cuentas están en una etapa tranquila de planificación. Puedo seguir avanzándolas a distancia, pero no puedo fingir que no tengo otro trabajo.

—No te estaba pidiendo eso.

—Tenemos que dejarlo por escrito.

Ada abrió un documento nuevo.

—Excelente —dijo.

La expresión de Noah sugería que Ada le estaba exigiendo demasiado a la palabra «excelente».

Dividimos las responsabilidades. Yo me ocuparía de los clientes, los programas, los proveedores y la producción de los eventos.

Noah se encargaría de la comida y del personal de cocina.

June controlaría las operaciones de las habitaciones en vez de recibir instrucciones contradictorias de dos propietarios.

Ada nos enviaría informes semanales de caja a ambos.

Los gastos superiores a quinientos dólares requerían la aprobación de los dos, salvo las medidas de seguridad inmediatas. De todos modos había que informar esas medidas. Nada de promesas a los clientes sin consultar a la persona responsable de cumplirlas.

—Y tiempo libre —dije.

Noah se recostó en la silla.

—¿Durante la temporada de bodas?

—Especialmente durante la temporada de bodas.

—Tenemos once habitaciones.

—Que no van a explotar porque duermas.

—No conoces la habitación seis.

Ada tecleó sin sonreír.

Acordamos programar relevos, que todavía no era lo mismo que tomarse tiempo libre, pero se acercaba más que lo que teníamos esa mañana.

Después de que Ada se fue, Noah y yo seguimos a la mesa. Los platos del desayuno habían desaparecido. June había dejado un platito de tostadas entre nosotros.

—Pensaste que había ocultado las cuentas —dijo.

Rompí una esquina de una rebanada.

—Pensé que tal vez habías decidido que había cosas de las que yo no necesitaba preocuparme.

—No sabía qué había hecho Bea con todos los anticipos hasta que me hice cargo de la contabilidad.

—¿Cuándo?

—Cuando dejó de bajar.

Lo miré.

Me había llamado durante ese período. Recordaba las llamadas. Recordaba salir a los pasillos de los hoteles, ver al personal pasar centros de mesa en carritos mientras él me decía que Bea estaba cansada, que Bea recibía tratamiento, que Bea quería que dejara de enviarle fruta cara.

—Me dijiste que se las arreglaba.

—Ella me lo pidió.

—Y aceptaste.

Apartó las tostadas.

—Tenía muy claro lo que quería.

—Conmigo no fue clara.

—Quería que tuvieras tu trabajo. Dijo que dejarías todo, vendrías y pasarías todo el tiempo con cara de miedo.

—¿Eso lo dijo ella o lo dijiste tú?

Sus ojos se encontraron con los míos.

—Lo dijo ella.

Le creí. Eso era peor de una manera que no estaba lista para examinar.

—Podrías haberme dicho que te estaba pidiendo que ocultaras cosas.

—No sabía cuánto tiempo…

—Yo tampoco.

Miró hacia la cocina. Podía ver el resto de su frase esperándolo allí: los médicos tampoco, nadie lo sabía, había tenido días buenos. Todos los hechos que nos permitirían terminar la conversación sin cambiar nada.

—Estaba aquí, Emma. Trataba de hacer lo que ella pedía.

—Sé que la cuidaste. Te lo agradezco. Eso no hace que esta parte esté bien.

Tomó su taza, la encontró vacía y la dejó.

—No dije que lo hiciera.

Tampoco había dicho que no. Despedacé la tostada en trozos que no comí.

Ninguno volvió a tocar el plato.

Antes de que pudiera llamar a Boston, June nos trajo la proyección de ocupación.

—La habitación azul está libre de jueves a domingo —dijo—. Después tengo ahí a una pareja de Ohio. Vienen todos los años.

—Podría cambiarme cuando esté reservada —dije.

—Podrías. Te cambiarás seis veces antes de julio.

Saqué el teléfono y revisé los anuncios de departamentos que había guardado la noche anterior.

Un alquiler de verano exigía pagar toda la temporada por adelantado.

Otro estaba cuarenta y cinco minutos tierra adentro, con la ventana del dormitorio frente a un garaje.

Seguía pagando alquiler en Boston. Para mí, conservar ese departamento no era negociable, aunque no lo dijera de inmediato.

Noah estaba al otro lado del mostrador.

—Me iré yo —dijo.

—¿Adónde?

—Ya encontraré algo.

—Eres dueño de aproximadamente medio problema. No tienes que dormir en tu camioneta para que yo esté cómoda.

June se quitó los lentes.

—Y yo no voy a ofrecer el estudio de Cal. Ha adquirido una máquina de remo y la convicción de que la usa.

Me reí a pesar de mí misma. Noah no.

El departamento sobre la cocina tenía dos dormitorios de verdad, un baño compartido y una puerta al pie de la escalera que lo separaba del pasillo público.

Ya estaba destinado a alojamiento del personal; poner huéspedes allí no nos daría una habitación extra que simplemente pudiéramos vender.

La habitación azul era diferente. Retirarla de la oferta significaba perder dinero cada noche reservada, además de la cantidad que decidiéramos que yo debía aportar.

—Los dos deberíamos pagar algo por el departamento —dije—. Que Ada lo incluya en el presupuesto operativo. Servicios y lo que corresponda. Y acordar que cualquiera de los dos puede reconsiderarlo.

—No pensaba encerrarte.

—Estoy intentando decir que elegirlo ahora no significa elegirlo para todo el verano, sin importar cómo vaya.

Noah miró la escalera por encima de mí.

—Habitaciones separadas. Compartimos los costos. Nos avisamos si se está volviendo imposible.

—Sí.

June guardó la proyección en su carpeta.

—Entonces venderé la habitación azul.

Su tono práctico ayudó. No había ningún significado especial en que la habitación siguiera disponible para huéspedes que pagaban.

Había una tarifa, una reserva, una cama limpia que alguien necesitaba.

Podía tomar esta decisión sin decidir qué significaba dormir frente a él, al otro lado de un pasillo.

Al menos ese fue el argumento que me di.

Esa tarde llamé a Meredith Kerr desde el cobertizo para botes vacío. Las puertas daban al puerto, y la madera vieja olía a sal y polvo. Estaba donde antes había habido una silla, mientras Noah me ataba el zapato el día de nuestra boda.

No le mencioné eso a mi jefa.

—Una posada heredada —repitió—. Con tu exmarido.

—Esa es la parte menos relevante.

—Es la parte más memorable.

Le expliqué los seis eventos, los saldos pendientes, mi propuesta de horarios. No le pedí que interpretara el duelo como una estrategia de personal.

Hizo preguntas prácticas. ¿Qué cuentas podía conservar? ¿Quién asistiría a la visita al lugar de julio? ¿Estaba pidiendo desaparecer?

—No —dije—. Estoy pidiendo hacer un plan.

Por primera vez ese día, sentí que la frase se dirigía a la persona correcta.

Meredith aceptó un acuerdo de prueba: licencia acumulada para las semanas más intensas, trabajo de planificación a distancia alrededor de ellas, días específicos en Boston y una revisión en junio. Me estaba ayudando. También estaba protegiendo a su empresa. Ambas cosas podían ser ciertas.

—No le dones tu carrera a un edificio —dijo.

—No lo haré.

—Y no me envíes correos a las tres de la mañana para demostrarlo.

Cuando volví adentro, Noah cortaba fresas.

—Lo resolví —dije—. Me quedo toda la temporada.

Su cuchillo se detuvo.

—Está bien.

—¿Eso es todo?

Dejó el cuchillo con cuidado.

—Gracias.

Me había preparado para un alivio demasiado grande para rechazarlo o una lista inmediata de lo siguiente que necesitaba. Las palabras sencillas no me dejaron dónde poner mis defensas.

—Hay condiciones.

—Ada las envió por correo.

Saqué del bolso el acuerdo que Ada había impreso. Noah se lavó las manos antes de firmar. Firmé después de él, junto a la fecha: veintisiete de mayo. Un verano de trabajo definido, con una revisión si los acuerdos dejaban de funcionar.

Dejé una copia en la oficina y guardé la otra. Nada en la página exigía que alguno de nosotros quisiera más que eso.

—También tengo condiciones para el departamento.

Ahora sonrió, apenas lo suficiente para hacerme recordar algo inconveniente.

—Supuse que la mantequilla era solo el comienzo.

Tomé una fresa de la tabla.

Era más dulce que las que compraba en Boston.

Eso tampoco me gustó.