El verano en que dejaste de odiarme Epílogo 1
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Epílogo 1

Te esperaba

Carlos Rivera

Soy aquel que desde siempre te esperaba. Puedo admitir, que, aunque fuera una locura, no dudaba. Sí… En mi corazón, tu espacio yo guardaba. Y ahora que estás aquí, veo el amor convertido en ti. Te encontré, en la guerra de mi vida. Tú habías sido mi bandera. Y te encontré…

Junio. Diez meses después.

D icen que cuando eres feliz el tiempo pasa volando. Tenían razón. A veces me cuesta creer que hayan pasado diez meses desde aquella verbena, en la que estuve a punto de perder a la mujer de mi vida, por no darme cuenta de que ella llevaba demasiado tiempo rompiéndose en silencio.

En septiembre crucé por primera vez la puerta del colegio como profesor. Todavía recuerdo los nervios del primer día y la sonrisa de Sofi esperándome al salir, preguntándome qué tal había sobrevivido a mis primeros preadolescentes.

En diciembre llegaron nuestras primeras Navidades juntos.

Descubrí que discutir con ella por dónde colocar una bola en el árbol porque los gatos eran auténticos asesinos de adornos podía hacerme igual de feliz que cualquier otra cosa.

Reme, por supuesto, decidió que el Belén estaba mal montado y acabó reorganizando media casa desde la silla de ruedas mientras nosotros fingíamos que seguíamos teniendo voto.

Después llegó Sevilla.

El premio de aquella yincana absurda que casi perdemos por discutir y que acabó regalándonos uno de los viajes más bonitos de nuestra vida.

Vi a Sofi emocionarse delante de la Giralda, perderse por las calles del barrio de Santa Cruz y quedarse completamente en silencio cuando pasó la primera procesión.

Creo que ese fue el momento en el que entendí que algunos lugares no se visitan. Se sienten. Igual que algunas personas.

Y casi sin darme cuenta... ha llegado junio. Y otra vez las Hogueras de Alicante.

Un año.

Apenas un año. Y, sin embargo, siento que llevo toda una vida queriéndola.

Esta noche volvemos a estar todos juntos, como el año anterior en la fiesta de Fanzara , solo que esta vez ya no hay silencios incómodos, ni rumores, ni miedo.

Solo una hoguera esperando a arder... y un último deseo que llevo demasiado tiempo guardando.

Cuando por fin llegamos a la playa, cargados hasta arriba con sillas, neveras, bolsas y media casa a cuestas, cruzamos la pasarela adaptada para personas de movilidad reducida hasta el final.

Allí, entre mi hermano y yo cargamos a nuestra abuela Reme en brazos hasta sentarla en una silla que hemos comprado solo para ella.

Comenzamos a cenar entre risas mientras nos ponemos al día de todo lo acontecido estos últimos meses, que no es poco. La noche cae y conforme avanzan los minutos, me siento más y más nervioso.

Mi abuela ríe feliz con las chicas.

Han seguido hablando con ella prácticamente todos los días. Cuando Sofi estaba trabajando, Jenni y Lore la llamaban por videollamada y podían pasarse horas charlando. Sé que le han devuelto las ganas de vivir desde que irrumpieron en casa de mi abuela.

El huracán Lore y el tifón Jenni.

Así las llama cuando no la escuchan. Y lo hace sonriendo. Porque, aunque jamás lo reconocerá en voz alta... Hace mucho que dejaron de ser las amigas de Sofi para convertirse en parte de la familia. Las quiere como si fuesen sus nietas.

Mi hermano y yo comenzamos a preparar la hoguera como es tradición en la noche de San Juan mientras las chicas salen disparadas hacia el paseo prácticamente a la carrera. A los pocos minutos vuelven con una sonrisa en la cara que indica que algo traman.

Se sientan en la arena al lado de mi abuela y le entregan una pulsera como las que ellas compraron el año pasado, esta es de color blanca y amarilla.

Jenni le coloca la pulsera con un cuidado casi reverencial. Lore termina de ajustar el cierre. Mi abuela se emociona mientras se la ajustan del todo. Cuando terminan, la observa como si fuera una joya, pero todos sabemos que el valor no está en el hilo.

Está en las personas que la rodean.

Además, han comprado unos llaveros de conchas marinas con perlas y estrella de mar, Sofi se queda con el azul, Jenni con el rosa, Lore con el morado, alegando que no había en negro que es su color favorito, y a mi abuela le regalan el amarillo para que vaya a juego con la pulsera.

Mientras las observo, no puedo evitar emocionarme.

Mi hermano se coloca a mi lado con los ojos vidriosos.

—Es una más… —dice con un nudo en la garganta.

Asiento. Ya que si intento hablar sé que me voy a poner a llorar.

Mi padre se acerca despacio.

—Ya está.

Levanto la vista. La hoguera empieza a elevarse hacia el cielo. Las llamas bailan igual que hace un año. Solo hay una diferencia. Esta vez no llevo un único deseo en el bolsillo. Llevo toda una vida escrita en dieciséis hojas dobladas.

Nos ponemos todos en círculo rodeando la hoguera y cada uno comienza a escribir su deseo para este año.

Yo no escribo el mío. Observo como uno por uno lo escriben y lo lanzan al fuego, incluida mi abuela.

La miro y la muy pícara me sonríe, aunque la conozco lo suficiente para saber que el deseo que ella ha pedido se lo llevará a la tumba.

Sofi me da un codazo suave. Me giro para mirarla. Cuando lo hago, deja un beso sobre mi mejilla antes de lanzar su deseo al fuego.

Ha llegado el momento.

—¿Te acuerdas de que el año pasado me preguntaste qué había pedido? —pregunto casi temblando.

—Sí —responde en un susurro.

—Nunca te lo dije.

Sofi niega con la cabeza despacio.

Cojo la caja que dejé a mi lado hace rato y se la entrego.

Es una vieja caja metálica de galletas de mantequilla, azul, con las esquinas desgastadas y alguna abolladura que ha sobrevivido al paso de los años. Sofi la sostiene entre las manos con cuidado. Como si intuyera que dentro hubiera algo frágil o algo capaz de rompernos a los dos.

Saca una hoja doblada, vieja, amarillenta y arrugada. Las dobleces casi han borrado la tinta.

Lo abre despacio, sonriendo.  Es el primer deseo que pedí con quince años.

2010

Ojalá algún día baile conmigo en la verbena.

El segundo deseo a mis dieciséis años lo abre con una sonrisa a medias.

2011

Que Sofi me mire.

Otro.

En el tercero sus labios empiezan a temblar.

2012

Ojalá deje de verme como un crío.

En el cuarto deseo deja de pasar las hojas con prisa. Las acaricia como si le diera miedo romper dieciséis años de mi vida escritos a mano.

2013

Ojalá algún día me bese.

Cuando llega al deseo de mis diecinueve años levanta la vista.

Tiene los ojos completamente llenos de lágrimas.

Intenta decir algo, pero no puede.

2014

Que ningún cabrón la haga llorar más.

Sofi empieza a temblar.

—No puede ser… —susurra abriendo el siguiente papel.

2015

Que algún día tenga el valor de sacarla a bailar.

Se lleva una mano a la boca.

2016

Ojalá deje de verme como el hermano pequeño de Dani y me dé una oportunidad.

2017

Ojalá algún día pueda cogerle la mano.

2018

Que se enamore de mí.

2019

Que pueda presentarla como mi novia.

2020

Ojalá sea feliz. Aunque no sea conmigo.

Sofi deja caer el papel sobre sus piernas.

Llora en silencio. No intenta ocultarlo. Y yo tampoco.

2021

Ojalá poder olvidarla, pasar página y conocer a otra

2022

Ojalá vuelva a casa.

2023

Ojalá encuentre el camino hacia mí, aunque tarde toda una vida.

2024

Ojalá algún día deje de tener miedo y pueda decirle todo lo que siento para construir una vida juntos.

El último papel tarda varios segundos en abrirlo.

Reconozco la letra enseguida. Es la más reciente, la del verano pasado. La del día en que todo empezó a cambiar sin que ninguno de los dos lo supiera.

2025

Que Sofía se vea algún día con los mismos ojos con los que la veo yo. Que algún día deje de tener miedo a perderla. Casarme con Sofía. Que dentro de un año siga cogiendo esta misma mano. Una vida entera con ella…

Sus labios tiemblan mientras termina de leer.

Cada segundo que tardaba en levantar la vista es una tortura.

Empiezo a preguntarme si he cometido una locura enseñándoselo.

Quizá dieciséis años de secretos son demasiado peso para una sola persona. Quizá nunca debieron salir de aquella caja.

Al rato, levanta la vista hacia mí.

Llora de una forma distinta. Ya no es tristeza. Es la emoción de descubrir que, mientras ella pensaba que todo acababa de empezar... yo llevaba dieciséis años soñando exactamente con ese momento.

Con un cuidado infinito vuelve a doblar el papel. Después otro. Y otro. Hasta guardar los dieciséis deseos exactamente igual que estaban.

Cierra la caja con las dos manos y la abraza contra su pecho. Como si estuviera abrazando todos esos años que nunca llegué a contarle.

Nadie dice nada.

Ni mi padre.

Ni Dani.

Ni Lore.

Ni Jenni.

Ni siquiera mi abuela, que lleva media vida teniendo respuesta para todo. Solo se escucha el crepitar de la hoguera y el romper de las olas unos metros más allá. Respiro hondo. Ha llegado el momento.

Me arrodillo delante de ella.

La arena cruje bajo mi rodilla. Sofi abre mucho los ojos. Después vuelve a mirarme y pronuncia, casi sin voz, la única frase que consigue salir de sus labios.

—Llevas dieciséis años pidiéndome a mí...

Sonrío.

Porque sí. Porque esa siempre fue la verdad.

Niego despacio.

—Este año no he escrito ningún deseo.

Frunce ligeramente el ceño.

—¿Por qué?

No puedo evitar sonreír.

Miro un instante la hoguera. Las llamas siguen elevándose hacia el cielo igual que todos los años.

Pero esta vez...

Esta vez ya no necesito pedirle nada al fuego. Porque la mujer a la que llevo toda la vida escribiéndole al fuego... Está delante de mí.

Vuelvo a mirarla.

—Porque entendí que había llegado el momento de dejar de pedírselo al fuego...

Meto la mano en el bolsillo. Mis dedos encuentran la pequeña caja de terciopelo. El corazón me golpea tan fuerte el pecho que estoy convencido de que todos pueden oírlo. La saco despacio y la sostengo entre las manos.

Y, por primera vez en muchos años...

Tengo más miedo que aquel chaval de quince que escribió su primer deseo.

La abro. El anillo brilla a la luz de la hoguera. No aparto la vista de sus ojos.

—...y empezar a pedírtelo a ti.

Toda mi vida cabe en la respuesta que está a punto de darme.

Sonrío con los ojos llenos de lágrimas.

—Sofi… —mi voz se quiebra desde lo más profundo—. Llevo dieciséis años escribiéndote deseos al fuego porque no tenía el valor de decírtelos a la cara. Dieciséis años queriéndote en silencio. Dieciséis años viéndote sonreír, sufrir, crecer… y siempre, siempre, queriéndote más.

Trago saliva, pero las lágrimas no me dejan.

—He tenido miedo. Mucho miedo. Miedo a perderte, miedo a no ser suficiente, miedo a que nunca me miraras como yo te miro a ti. Pero ya no quiero tener miedo. Ya no quiero pedirle nada al fuego.

La miro a los ojos, completamente desnudo por dentro.

—Te quiero con todo lo que soy. Con mis defectos, con mis errores, con mis dieciséis años de deseos guardados.

Quiero pelear contigo por tonterías. Quiero despertarme cada mañana a tu lado.

Quiero cuidarte cuando estés rota y que tú me cuides cuando lo esté yo.

Quiero una vida entera contigo, Sofi. La quiero tanto que duele.

Trago saliva y la miro a los ojos, sin esconderme más.

—¿Quieres casarte conmigo?

Sofi rompe a llorar con más fuerza. Se tapa la boca con una mano, mirándome como si todavía no pudiera creer que esto sea real.

Y entonces...

Sonríe entre lágrimas con esa sonrisa que lleva siendo mi lugar favorito desde que tengo uso de razón.

Las lágrimas siguen resbalando por sus mejillas mientras niega con la cabeza, como si todavía no pudiera creer que todo aquello sea real.

Alarga una mano.

Sus dedos acarician mi mejilla con una ternura que me desarma.

—Gael...

Contengo la respiración.

—¿Sí?

Esboza esa sonrisa que lleva quince años siendo mi lugar favorito.

—Sí.

Una sola palabra.

La más bonita que he escuchado jamás, pero no termina ahí.

—Sí quiero casarme contigo.

Noto cómo el aire vuelve de golpe a mis pulmones.

Ella ríe entre lágrimas antes de lanzarse a mis brazos y yo… también.

La aprieto contra mí con tanta fuerza que casi temo hacerle daño. Entierro la cara en su cuello mientras las lágrimas, que llevaba conteniendo demasiado tiempo, terminan por vencerme.

—Te amo.

Hace una pequeña pausa.

—Te amo más de lo que jamás he sabido explicar. Y eres el hombre más maravilloso que he conocido nunca. Gracias por no dejar de elegirme... incluso cuando yo todavía no era capaz de elegirme a mí misma.

El mundo se detiene.

No las hogueras.

No el mar.

No la noche.

Mi mundo.

Y durante unos segundos soy incapaz de responder. Porque hay palabras que uno lleva demasiado tiempo esperando escuchar. Palabras con las que has soñado tantas noches que, cuando por fin llegan, cuesta creer que sean de verdad. Así que hago lo único que llevo dieciséis años queriendo hacer.

La beso despacio.

Como si quisiera grabar ese instante para siempre.

Como si dentro de veinte años pudiera cerrar los ojos y volver exactamente a este momento. A esta playa. A esta noche. A esta hoguera. A la mujer de mi vida diciendo que sí.

Y entonces comprendo que, después de dieciséis deseos...

Ya no necesito volver a pedir ninguno más.

Dicen que todos recordamos un verano capaz de cambiarnos la vida.

El mío tuvo hogueras. Deseos escritos a mano. Dieciséis oportunidades. Y una mujer que, sin saberlo, siempre había sido mi único deseo.

Por eso...

Yo siempre pensaré en aquel como el verano en que dejaste de odiarme.

Aunque, ahora que lo pienso...

Creo que ninguno de los dos llegó a odiar nunca al otro.

Solo tardamos demasiado tiempo en entender que llevábamos toda una vida queriéndonos.