Capítulo 58
Rata de dos patas
Paquita La Del Barrio
Rata inmunda, animal rastrero. Escoria de la vida… Infrahumano. Espectro del infierno. Maldita sabandija… Cuánto daño me has hecho.
T ras las últimas palabras de Gael, la plaza permanece completamente en silencio. Un silencio extraño. Pesado. Hasta que una voz rompe la quietud.
—Pues... ahora que lo dice...
Todos giramos la cabeza. Es una de las mujeres del coro de la iglesia.
—Yo me enteré por Carmina.
Otra vecina levanta la mano.
—Pues a mí me lo contó en el supermercado.
—A mí, en la farmacia.
—Y a mí, después de misa.
—Yo la escuché decir que Sofi quería quedarse con la casa de Reme.
—Y que estaba embarazada.
—Y que había engañado a Gael.
Cada frase da paso a otra como una ficha de dominó.
Las miradas empiezan a dirigirse hacia Carmina. La observo detenidamente y por primera vez desde que la conozco... parece pequeña.
Busca a Enrique. Después a Daniel. Por último… a Gael. Ninguno da un paso hacia ella.
Enrique acaba rompiendo el silencio.
—¿Es verdad?
Carmina intenta sonreír.
—Yo solo repetía...
—¿Es verdad?
La vuelve a interrumpir. Esta vez con una voz tan seria que hasta a mí se me eriza la piel. Ella baja la cabeza. No responde y tampoco hace falta.
Toda la plaza entiende la respuesta.
Enrique cierra los ojos durante un instante. Cuando vuelve a abrirlos... parece haber envejecido diez años.
—Llevo toda la vida intentando justificarte.
Hace una pausa.
—Hoy no puedo.
La plaza permanece muda.
Enrique se gira hacia mí, con los ojos llenos de lágrimas.
—Perdóname, Sofi.
Niego con la cabeza, incapaz de encontrar palabras. No porque no acepte sus disculpas, sino porque nunca imaginé que llegase este momento.
Enrique vuelve a mirar a Carmina.
—Cuando terminen las fiestas... —inspira hondo antes de continuar—. Tenemos muchas cosas de las que hablar.
No añade nada más, pero no hace falta.
Carmina agacha la cabeza mientras los murmullos vuelven a recorrer la plaza. Y, por primera vez en semanas... no hablan de mí.
Justo cuando parece que todo ha terminado, una voz conocida rompe el momento.
—Ya era hora.
Me giro buscando a Marta. Mi mejor amiga desde que las dos llevábamos coletas y las rodillas siempre llenas de heridas.
Se acerca sonriendo.
—Llevaba un año esperando este momento.
Frunzo el ceño.
—¿Qué dices?
—Que ya era hora de que dejarais de hacer el idiota los dos.
Jenni arquea una ceja.
Lore hace exactamente lo mismo.
—Un momento... —dice Jenni—. ¿Cómo que «un año»?
Marta me mira divertida.
—¿No se lo has contado?
Quiero que se abra la tierra bajo mis pies.
Ahora mismo.
—Marta...
Pero ya es demasiado tarde.
—El verano pasado, en la verbena, esta mujer no apartaba los ojos de Gael.
Las dos giran despacio hacia mí con esa sonrisa peligrosa que conozco demasiado bien.
—Vaya, vaya, vaya... —dice Lore cruzándose de brazos.
—Así que había expediente secreto... —añade Jenni.
—No es lo que parece...
—Ah, ¿no? —responden las dos al mismo tiempo.
Marta se ríe.
—Si hasta le pregunté qué le pasaba y me dijo que era una tontería.
Jenni se lleva una mano al pecho.
—¿Y tú nos has ocultado semejante información? Eso duele.
Lore asiente muy seria.
—Muchísimo.
Las miro completamente avergonzada.
—¡Pero si ni siquiera os conocía!
Las dos se quedan pensándolo un segundo.
—Bueno... es verdad —responde Jenni.
—Te lo perdonamos —dice Lore.
—De momento —replica Jenni.
Las tres empiezan a reír. Y yo… también. Durante minutos, las chicas siguen riéndose a mi alrededor. Jenni insiste en que le debo una explicación. Lore dice que piensa interrogarme en cuanto lleguemos a casa. Marta sigue jurando que llevaba un año esperando este momento.
Y, por primera vez en muchísimo tiempo...
Las risas vuelven a sonar más fuertes que los rumores.
Busco a Gael entre la gente. Está hablando con su padre y con Daniel. Entonces levanta la vista y nuestras miradas vuelven a encontrarse, fundiéndose como el acero con el fuego, y siento ese vuelco absurdo en el estómago que llevo semanas empeñándome en negar.
Porque… durante semanas me repetí que ya no quedaba nada por salvar.
Y, sin embargo...
Allí estaba el hombre al que seguía amando tras haberme pedido perdón delante de todo un pueblo. El mismo del que juré olvidarme y del que, en realidad... nunca dejé de estar enamorada.
La tensión se fue disolviendo poco a poco entre abrazos, disculpas y conversaciones que llevaban demasiado tiempo esperando.
El alcalde coge el micro una vez más y, por suerte, esta vez no nos revienta los oídos.
—Bueno, pues una vez entregado el premio… ¡Disfrutemos de la última cena!
La plaza rompe en aplausos y poco a poco comienzan a dispersarse para colocar las mesas y las sillas.
Nos ponemos manos a la obra y en cuestión de minutos lo tenemos todo montado.
Reme preside la mesa como la reina que es.
Enrique se sienta a su lado, y al otro lado Lore y Jenni.
Marta se sienta al lado de Enrique. Gael se sienta al lado de Marta, justo enfrente de mí y Dani a mi lado con la mujer y las niñas.
Cuando ya estamos abriendo los táperes, aparece Carmina que se sienta sin que nadie la invite en el otro extremo de la mesa.
Un silencio se instala de repente. Todos la observan sin dar crédito. Después de la que ha liado… ¿Cómo tiene la cara de sentarse con nosotros?
En fin… Si me pinchan no sangro.
Marta me da un ligero apretón en la pierna para hacerme saber que está de mi parte. Las chicas me miran con esa expresión de que, si me quiero ir, nos vamos sin dudar.
Suena un mensaje en mi móvil. Lo miro y veo que es el grupo.
Las miro y niego con una sonrisa en la cara. De verdad, me siento tan afortunada de tenerlas...
Ambas sonríen con maldad. Oh, oh. Mierda. Están tramando algo.
—Anda, mira. Al final la bruja tenía nombre —dice Jenni sin poder callarse.
—Y no le hace falta la escoba —remata Lore.
Todos empiezan a reírse a carcajadas sin poder contenerse. Cuando al fin nos tranquilizamos, las chicas vuelven a la carga.
—Enrique, te voy a decir una cosa que llevo callándome desde que llegué al pueblo —dice Jenni.
Enrique arquea una ceja.
—¿El qué? —pregunta con una sonrisa.
—A ver... —empiezo a decir, pero Jenni me corta.
—No entiendo cómo este señor tiene un hijo de treinta años. Está usted estupendísimo.
Enrique se ríe.
—¡Jenni! No seas exagerada —la riño aguantándome la risa.
—No exagero. Pregúntale a Lore.
Lore asiente muy seria.
—Confirmo. Lo comentamos el primer día.
Me llevo una mano a la frente.
—Os juro que no las conozco.
—Muchas gracias... —contesta Enrique algo cohibido.
—No, no. Muchas gracias no. Explíqueme el secreto —replica Jenni.
Toda la mesa ríe.
—Porque yo pensaba que el guapo era Gael...
Mira a Enrique.
—...pero veo de dónde le viene.
Reme rompe a reír.
—¡Si es que mi hijo siempre ha sido muy guapo!
Carmina levanta la cabeza indignada.
—¡Pues por algo es mi marido! —contesta enfadada.
—Por el momento —canturrean Jenni y Lore como si nada.
Reme ni se inmuta.
—Menos mal que el niño ha salido a Enrique...
Toda la mesa se queda en silencio. Carmina la fulmina con la mirada.
—¿Cómo dice?
—Lo que has oído.
Carmina resopla mientras mira hacia todas partes. Gael observa la conversación con cara de póker.
—Lo siento, Gael —dice Jenni encogiéndose de hombros—. Tu padre está estupendo para la edad que tiene.
—Cuidado no te escuche Liam y tengas problemas… —replica Gael aguantándose la risa.
—Eso es lo que quiero, que cuando vuelva me apague este fuego con su manguera —contesta Jenni tan tranquila antes de dar un sorbo a su bebida.
Durante dos segundos nadie dice absolutamente nada. Después, toda la mesa rompe a reír. Hasta Enrique termina soltando una carcajada mientras niega con la cabeza.
—Madre mía... —murmura entre risas.
—Yo aviso desde ya que no pienso responsabilizarme de esta criatura —dice Lore señalando a Jenni con el pulgar.
—Ni falta que hace. Yo me responsabilizo sola... bastante tengo con esperar a que vuelva mi bombero.
—¡¡¡Pero si la que te has ido has sido tú!!! —la corrige Sofi entre risas.
Jenni chasquea la lengua.
—Minucias… Lo importante es que me empotre a la vuelta.
Reme se seca una lágrima provocada por la risa.
—Bendito sea el día que aparecisteis por este pueblo.
—Y bendito el día que usted decidió adoptarnos sin preguntarnos primero —responde Lore.
—Eso, eso. Que ahora ya no se libra de nosotras —añade Jenni.
—Ni quiero.
El silencio que sigue ya no resulta incómodo. Es tranquilo. De esos que solo existen cuando uno está exactamente dónde quiere estar.
Recorro la mesa con la mirada y me encuentro con Reme observándonos en silencio. No dice nada. Solo sonríe con esa satisfacción tranquila de quien acaba de ver cumplirse un deseo que llevaba demasiado tiempo guardando.
Gael, en cambio, me está mirando con esa intensidad que hace que todas las células de mi cuerpo entren en combustión espontánea.
Sonríe el muy canalla.
Le devuelvo la sonrisa casi sin darme cuenta. No hace falta decir nada.
Tras varias semanas…
Los dos sabemos exactamente dónde queremos estar. Quizá todavía nos quedan conversaciones difíciles. Heridas que terminar de cerrar. Promesas que demostrar con hechos. Pero, por primera vez desde que todo empezó...
El futuro deja de darme miedo.
Porque he descubierto que el amor no consiste en no equivocarse.
Consiste en tener el valor de pedir perdón y la valentía suficiente para volver a empezar.