Capítulo 57
Y ahora
Manuel Carrasco
La dueña de mi inspiración, la que despierta en mi la voz dando sentido a todo lo que no lo tiene.
Me paro en este renglón para decirte que te quiero…
Escúchame, si estás ahí, quiero que sepas, que sigo aquí sintiéndote con este miedo.
Porque no aguantes y el corazón se te distraiga por momentos…
Y te olvides de mí. Y ahora que mi canción te toca, que tiembla de emoción.
Que sus palabras juegan como locas a extrañarte.
Y ahora, si ves cómo te lloran. Acuérdate de mí, necesito tanto verte…
E l pueblo entero está celebrando el fin de la yincana como si hubiera caído el premio gordo de la primitiva. El alcalde nos hace una seña para que subamos a recoger el premio.
Por un momento dudo.
Todavía no he perdonado a Gael. Y aceptar ese premio… es obligarme a compartir tiempo y espacio con una persona que me ha defraudado.
Gael sube primero. Yo me quedo abajo con los pies clavados en el suelo. Las chicas me dan un codazo, animándome a subir.
Niego con la cabeza despacio.
La gente comienza a murmurar, como no. En este pueblo hablar de los demás debería declararse deporte nacional.
Gael me mira desde arriba del escenario con una intensidad que me desarma.
En ese momento, siento una mirada clavándose en mi desde algún punto de la plaza. Giro la cabeza y veo que es Laura, con una mirada que denota que no le caigo demasiado bien…
—Sube arriba y recoge el premio, tía. No le des el gusto a esa de verte mal. Es lo que quiere… —murmura Jenni pegada a mi oído.
—O subes o la arrastro de los pelos y ahí sí que van a hablar, pero bien… —susurra Lore en el otro oído.
¡Madre mía! Es como tener un ángel y un demonio posado sobre los hombros.
Cojo aire y me armo de valor.
Mis pies comienzan a moverse despacio, como si no tuvieran prisa por llegar. Gael no me quita la mirada en ningún momento. Cuando llego arriba, el alcalde pone su mejor sonrisa ensayada frente al espejo y retoma el show.
—Bien, chicos. Como ya comentamos antes de iniciar el concurso, el premio es un viaje para dos personas a Sevilla con todos los gastos pagados para la semana santa del año que viene. Son buenas fechas ya que todavía no hace calor excesivo y si os gustan las procesiones…
Dejo de escuchar al alcalde en el momento en que la mano de Gael roza la mía apenas un segundo.
—¿Sofía? —pregunta el alcalde mirándome fijamente.
Miro alrededor y toda la plaza está en silencio.
Mierda.
Me he quedado empanada en el peor momento. Miro a mis amigas en busca de ayuda y las muy… están sonriendo mientras susurran entre ellas.
—¿Qué? —pregunto muerta de la vergüenza.
Mejor quedar de idiota a contestar cualquier cosa.
—Te preguntaba que si aceptas el premio —repite el alcalde con cara de querer estar en cualquier parte menos aquí.
—Sí, no se preocupe. Lo aceptamos —responde Gael por los dos.
« ¡Tendrá morro! »
Lo miro con cara de pocos amigos cruzándome de brazos. Como me toque la seta le meto con el micro en la cabeza…
—Si no quieres ir conmigo te lo cedo, no te preocupes. Sé que te encanta Sevilla… —murmura para que solo lo escuche yo.
« ¡Ya estamos! ¿Por qué no puede comportarse como un imbécil y que así me sea más fácil mantenerme en mi sitio? »
Una integrante de la comisión de fiestas sube con un cheque simbólico y un cartel con el viaje a Sevilla. Nos lo entrega y Gael se acerca hacia el alcalde. Susurra algo y al momento tiene el micrófono sujeto entre las manos.
—Buenas tardes, no les voy a robar mucho tiempo. Quería dar las gracias a la comisión de fiestas por la buena organización que han tenido este año y por este premio tan fantástico.
La gente empieza a aplaudir, pero Gael les corta con un gesto con la mano.
—Pero, antes de bajar de este escenario, hay algo que no puedo seguir callándome. Durante semanas o quizá meses, os habéis encargado de hablar mal de Sofía y crear rumores que no eran ciertos.
Gael hace una pausa y mira hacia todas partes en la plaza.
—Algunos la juzgasteis. Otros la señalasteis. Muchos preferisteis creer un rumor antes que preguntarle qué había pasado.
Otra pausa.
—No sé quién los empezó ni quien los siguió, pero se dijeron cosas muy graves sobre alguien que no se lo merece en absoluto.
Sofi es una chica fantástica, que cuida de mi abuela como si fuese su nieta, le hace compañía y la llena de vida.
Ha estado a su lado cuando muchos de los que hoy habláis ni siquiera os habíais preguntado cómo estaba Reme.
Silencio.
Parece que hubieran detenido el tiempo y estuviesen todos congelados.
Yo incluida.
—Tampoco está embarazada ni ha pretendido pegar un braguetazo con el tonto de Gael, y si lo hubiese estado, me habría hecho el hombre más feliz del mundo. Y sí, también sé que se dijo que quería quedarse con los bienes de mi abuela…
Más de una baja la vista.
—Pero lo peor no fueron los rumores. Lo peor fue verla soportar todo ese daño sin haber hecho absolutamente nada para merecerlo.
Agacho la cabeza al sentir todas las miradas posadas sobre mí.
—Podría seguir enumerando las barbaridades que habéis dicho sobre ella hasta la hora de cenar, pero creo que bastante ha sufrido este tiempo sin defenderse de las falsas acusaciones.
Niega despacio.
—Y no acertasteis ni una… Ella eligió el silencio y, por el camino, se fue apagando poco a poco.
Varias lágrimas descienden por mis mejillas sin poder frenarlas.
—Cuando era pequeño, mi abuela siempre me decía que pedir perdón no te hace más pequeño. Te hace mejor persona.
Levanto la vista lo justo para ver como Reme mira a Gael con orgullo.
—Y yo… Sofi, quiero pedirte perdón por no haberme dado cuenta por lo que estabas pasando y no haber estado ahí por y para ti. No supe protegerte Te fallé cuando más me necesitabas y eso es algo que voy a lamentar toda mi vida.
Se gira hacia mí y sonríe de esa forma que hace que todo deje de importar.
—Porque si existe una persona buena en este pueblo... es Sofi.
Siento cómo se me llenan los ojos de lágrimas otra vez.
—La más cabezota también, eso no voy a discutírselo nunca.
La plaza se ríe.
Yo niego con la cabeza y él vuelve a mirarme.
—Pero también la más generosa. La que siempre está cuando alguien la necesita.
La que jamás deja solo a nadie, incluso cuando ella es quien más ayuda necesita.
—sonríe con ternura entre las lágrimas que también brillan en sus ojos—.
Pero, sobre todo, eres la mujer de la que llevo enamorado desde que era un adolescente de quince años.
La única con la que quiero construir mi futuro.
Baja la vista un instante antes de volver a encontrar la mía. Como si las siguientes palabras le costaran más que todas las anteriores.
—Y he estado a punto de perderte por no cuidar lo más importante que tenía.
El silencio vuelve a caer sobre la plaza.
—Eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Eres buena de una forma que asusta. Generosa hasta doler. Valiente, aunque digas que no lo eres.
Las lágrimas siguen cayendo por mis mejillas sin que pueda detenerlas. El corazón me late tan fuerte que duele.
Toda la plaza parece contener la respiración. O quizás, soy yo.
Gael da un paso corto hacia mí, despacio. Como si estuviese midiendo si voy a salir corriendo.
—No sé si algún día conseguiré que me perdones. No sé si volveremos a ser nosotros, pero sí sé una cosa…
Ya no habla al pueblo. Solo me habla a mí.
Da un paso.
—No pienso volver a permitir que nadie hable mal de ti.
Otro paso.
—Tampoco volveré a ocultarte nada. Ni siquiera cuando piense que no tiene importancia. Porque he aprendido que el silencio también puede hacer daño.
Pum pum. Pum pum. Mi corazón golpea tan fuerte contra el pecho que tengo miedo de que todo el pueblo pueda escucharlo.
—Llevo semanas intentando convencerme de que podía aprender a vivir sin ti y he descubierto que no quiero aprender. Porque el único sitio donde quiero seguir construyendo mi vida... es contigo.
La plaza se queda en un silencio absoluto.
Siento que el corazón me va a explotar dentro del pecho. Las lágrimas caen sin control por mis mejillas. No puedo ni hablar. Solo puedo mirarlo.
Gael camina hacia mí con paso firme los pocos pasos que nos separaban, sin importarle que todo el pueblo nos esté mirando. Se detiene a solo unos centímetros. Sus ojos están rojos y brillantes.
—Sofi… —susurra, tan bajo que apenas se escucha.
Otro paso.
—Sofi, perdóname… Perdóname por no haberte protegido. Perdóname por dudar. Perdóname por no haber sido el hombre que merecías.
Su voz se rompe del todo.
—Te quiero. Te quiero con todo lo que soy y con todo lo que tengo. Y si todavía queda, aunque sea una mínima oportunidad, te prometo que voy a pasar el resto de mi vida demostrándote que puedes confiar en mí. Porque no quiero una vida si no es contigo.
Una lágrima rueda por su mejilla. No se la limpia. Tan solo se queda mirándome completamente expuesto, como si acabara de entregarme su corazón delante de todo el pueblo y ya no le quedara nada más que ofrecer.
El silencio que nos envuelve pesa más que cualquier palabra.
Y, por primera vez desde que todo se rompió...
Comprendo que no me está pidiendo una respuesta. Me está pidiendo una oportunidad.
No puedo moverme. Las piernas no responden. Solo puedo mirarlo. Toda la plaza desaparece. Ya no escucho a nadie. Ya no escucho los murmullos, ni los aplausos. Ni siquiera mi propia respiración.
Solo lo escucho a él.
Solo veo a ese hombre que acaba de quedarse sin armadura delante de todo un pueblo.
Solo veo esos ojos llenos de miedo. Porque sí, Gael también tiene miedo.
Miedo de haber llegado demasiado tarde.
Entonces entiendo algo.
Nunca dejó de quererme. Y yo... nunca dejé de quererle a él.
Es mi orgullo quien sigue enfadado, no mi corazón.
Doy un paso. Luego otro. Y otro. Hasta que...
No lo pienso. Doy el paso que nos separa y me lanzo a sus brazos. Gael me aprieta contra su pecho con tanta fuerza que casi me levanta del suelo. Entierro la cara en su cuello e inhalo su olor, ese olor que pensé que nunca volvería a sentir tan cerca.
—Perdóname —murmura contra mi pelo, con la voz rota—. Perdóname por no haberte protegido, por no haberte cuidado. Por todo.
—Te odio —sollozo contra su camisa, aunque mis brazos lo aprietan con más fuerza—. Te odio por hacerme quererte tanto, incluso cuando intenté olvidarte.
Siento su sonrisa temblorosa contra mi sien.
—Entonces déjame pasar el resto de mi vida haciendo que cada abrazo pese más que todos los errores que cometí —susurra con la voz rota, besándome el pelo, las sienes, las mejillas mojadas.
Nos quedamos abrazados en medio de la plaza, rodeados de murmullos, aplausos y algún silbido de celebración. Por primera vez en semanas, el mundo exterior deja de importar. Ya no existe el pueblo. Ni los rumores. Ni las miradas. Solo estamos él y yo.
Cuando por fin nos separamos lo justo para mirarnos, Gael me seca las lágrimas con los pulgares y apoya su frente contra la mía.
—Has sido un imbécil... —digo entre lágrimas.
—Lo sé.
—El más imbécil del pueblo —recalco.
—También lo sé.
—Pero eres mi imbécil...
Una sonrisa temblorosa aparece en sus labios.
—¿Eso significa que todavía tengo alguna posibilidad?
Niego despacio mientras una risa se mezcla con el llanto.
—Significa que todavía vas a tener que ganártelo.
—Acepto el reto.
Me acaricia la mejilla con una ternura infinita.
—¿Aceptas ir a Sevilla conmigo? —pregunta en voz baja, con una sonrisa pequeña y esperanzada.
Asiento, riendo entre lágrimas.
—Solo si me prometes que nunca más vas a dejarme sola —susurro.
Sus ojos no vacilan ni un instante.
—Nunca más —jura, besándome otra vez con devoción—. Te lo prometo. Nunca más.
No es un beso de película para el pueblo. Es un beso real, desesperado, lleno de todo lo que hemos callado estas semanas. Un beso que sabe a perdón, a segundas oportunidades y a futuro. Un beso que no intenta reparar nada. Solo celebra que, después de todo, seguimos encontrándonos el uno al otro.
Y, mientras el mundo entero desaparece a nuestro alrededor...
Comprendo que no era el amor lo que habíamos perdido.
Era el camino para regresar hasta él.
Y, por fin, habíamos encontrado el camino de vuelta a casa.