El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 56
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Capítulo 56

Suerte

Shakira

Le, ro, lo, le, lo, le. Le, ro, lo, le, lo, le… Sabes que estoy a tus pies. Contigo, mi vida, quiero vivir la vida. Y lo que me queda de vida, quiero vivir contigo…

M arcos sigue riéndose todavía. No sé qué ha pasado entre él y Sofi ni necesito saberlo. Me basta con haber visto la cara que ha puesto ella cuando se ha colocado a su lado y la forma en la que le ha arrancado la carta de la boca con la mano.

No ha sido rabia.

Ha sido miedo o quizá algo todavía peor.

Él sigue haciendo comentarios con un par de amigos mientras mira hacia donde están las chicas.

No me gusta nada.

Daniel aparece a mi lado con una botella de agua.

—¿Qué miras tanto?

Señalo discretamente con la cabeza.

—Al idiota ese.

Mi hermano tarda dos segundos en entender de quién hablo.

—¿Marcos?

Asiento.

—No le quites ojo.

—¿Ha pasado algo?

Aprieto la mandíbula.

—No lo sé.

Y precisamente por eso pienso enterarme.

Por suerte, Jenni y Lore parecen haber entendido el mensaje mejor que nadie. Acaban de dejarlo en ridículo delante de medio pueblo. Y, por la cara que tiene... diría que todavía le escuece.

El alcalde carraspea junto al micrófono.

—¡Atención! Antes de la última prueba tenemos preparado algo especial para conseguir puntos extra.

La plaza vuelve a guardar silencio.

—Cada pareja elegirá a uno de sus integrantes para participar. Los puntos conseguidos se sumarán a la clasificación general.

Daniel empieza a reírse.

—¿De qué te ríes?

—De que acabáis de ganar.

Frunzo el ceño.

—Todavía no sabemos cuál es la prueba.

—Yo sí…

El alcalde sonríe con malicia.

—¡¡¡Concurso de dardos!!!

Mi hermano me da un golpe en el hombro.

—Te lo dije.

Desde pequeño siempre se me ha dado bien lanzar cualquier cosa. Balones, piedras, aviones de papel. Y, para mi suerte... también dardos.

—¿Quién tira por vuestra pareja? —pregunta uno de los organizadores.

Sofi me mira.

—Ve tú.

—¿Estás segura?

Asiente.

—Mucho.

Por primera vez en todo el día... no discutimos.

Camino hasta la línea de lanzamiento mientras noto decenas de miradas clavadas en mí. El organizador coloca diez globos a distintas alturas.

—Diez dardos. Un punto por globo explotado. Y cinco puntos extras para quien los explote todos.

Respiro hondo.

Primer lanzamiento.

¡Pum!

Segundo.

¡Pum!

Tercero.

¡Pum!

Empiezan a escucharse aplausos.

—¡Vamos, tito! —gritan mis sobrinas.

Cuarto.

Quinto.

Sexto.

No fallo ni uno.

Cuando reviento el noveno globo, hasta el alcalde silba impresionado.

Solo queda uno.

El más pequeño. El más lejano… Lanzo el último dardo. Durante un segundo parece desviarse...

Hasta que...

¡PUM!

Toda la plaza estalla en aplausos.

—¡¡¡PLENO!!!

Daniel levanta los brazos.

—¡Sabía que no fallabas ni uno!

El organizador aparece sujetando un enorme peluche de un gatito blanco con una bufanda azul.

—Además de los puntos extra... el ganador se lleva este premio.

Lo cojo entre las manos.

Podría quedármelo. Podría dárselo a mis sobrinas, pero solo pienso en una persona. Camino hasta donde está Sofi. Ella me mira completamente desconcertada mientras le tiendo el peluche.

—Alguien me dijo una vez que los gatos siempre encuentran el camino de vuelta a casa.

Sus ojos se encuentran con los míos. No dice nada. Solo abraza el peluche contra su pecho como si acabara de olvidarse de que todo el pueblo sigue mirándonos. Y, por primera vez en semanas... tengo la sensación de haber acertado más que con los diez dardos.

El alcalde vuelve a coger el micrófono.

—¡Y llegamos a la última prueba de esta edición de la yincana!

La plaza rompe a aplaudir.

—Cada miembro de la pareja responderá por separado a una serie de preguntas sobre la otra persona. Cuantas más respuestas coincidan... más puntos conseguiréis.

Daniel se gira hacia mí.

—Pues esta la ganáis también.

—No estoy tan seguro.

Hace semanas que Sofi apenas me dirige la palabra. Y, aun así...

Sigo sabiendo cómo toma el café. Qué película ve cuando está triste. Qué canción canta, siempre desafinando. Y que, cuando está nerviosa, se muerde por dentro la mejilla izquierda.

El alcalde continúa.

—¡Que pase el primer participante!

Nos separan para que ninguno escuche las respuestas del otro.

Me toca primero.

—Nombre de su mascota.

—Romeo y Eros.

—Comida favorita.

—Los huevos con salchichas y las croquetas de su madre.

—¿Mar o montaña?

—Montaña.

—¿Qué mascota tendría si pudiera elegir cualquiera?

No necesito ni pensarlo.

—Un gato.

El alcalde sonríe.

—¿Qué es lo primero que hace al despertarse?

Me río.

—Apagar tres veces la alarma porque dice que cinco minutos más nunca hacen daño.

Media plaza estalla en carcajadas.

—Correcto... ya veremos luego.

Continúan llegando preguntas.

Su color favorito, su estación del año, qué sabor de helado le gusta más, su libro favorito…

Las respondo todas sin fallar una.

Cuando terminan conmigo, le toca a Sofi. Me hacen salir para no escuchar nada. Espero junto a Daniel mientras jugueteo con uno de los dardos que todavía llevo en la mano. Cinco minutos después el alcalde vuelve a llamarnos. Nos colocamos uno al lado del otro.

—Bueno... vamos a comprobar cuántas respuestas habéis acertado.

Empieza a leerlas una por una.

—Mascota.

—Romeo y Eros.

Coincidencia.

—Comida favorita.

—Huevos con salchichas… y las croquetas de su madre.

Coincidencia.

—Animal favorito.

—Gato.

Coincidencia.

—Lugar ideal para perderse un fin de semana.

—La montaña.

Coincidencia.

Cada respuesta correcta provoca más aplausos y más murmullos hasta que el alcalde levanta la última tarjeta.

—¿Qué es lo que más miedo le da?

La plaza se queda en silencio.

Leo mi respuesta escrita: «Perder a las personas que quiere».

El alcalde mira la hoja de Sofi y sonríe. La enseña al público y pone exactamente la misma frase. Durante unos segundos nadie dice nada. Después... toda la plaza rompe a aplaudir.

—¡Pleno de respuestas!

Jenni empieza a saltar. Lore abraza a mi abuela. Daniel me da un golpe en el hombro.

—Hermano... vosotros no estáis enamorados. Lo vuestro ya es enfermedad.

No puedo evitar reírme.

Y, por primera vez desde que empezó el verano... veo a Sofi sonreír sin esfuerzo.

—Con esta última prueba... ya tenemos pareja ganadora de la yincana.

Hace una pausa. Todos contienen la respiración.

—¡¡¡Gael y Sofía!!!

La plaza estalla en aplausos y vítores celebrando el resultado final de la yincana, pero yo casi ni escucho la voz del alcalde ni la información sobre el premio porque en ese momento Sofi me está mirando fijamente, como hacía demasiadas semanas que no hacía.

Y, por primera vez desde que me dejó...

Me mira como si todavía hubiera una oportunidad para nosotros.