El verano en que dejaste de odiarme Epílogo 2
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Epílogo 2

Welcome to the Jungle

Guns N’ Roses

In the jungle welcome to the jungle. Feel my, my, my serpentine. I wanna, I wanna hear you scream.

Halloween. Mi noche favorita del año. Y sí, me toca trabajar. Pero tampoco voy a quejarme. Trabajo en un pub, está decorado como si un psicópata con muy buen gusto hubiese entrado con carta blanca y, además, hoy puedo ir disfrazada sin que nadie me mire raro.

Bueno... más de lo habitual.

Este año me ha tocado de vampira. Colmillos, labios rojo sangre y una capa que me hace parecer más la villana de una película de serie B que una camarera.

Me encanta.

Por si fuera poco, Sofi, Gael, Jenni y el resto han venido a pasar la noche conmigo hasta que termine el turno. Los muy pesados dicen que no piensan dejar que trabaje sola en Halloween.

Como si yo necesitara protección.

Sofi y Gael aparecen vestidos de demonios, completamente conjuntados. Dan un poco de asco de lo monos que están.

No puedo evitar sonreír.

Hace apenas unos meses parecía imposible imaginarlos así. Y ahora se pasan el día mirándose como si el resto del planeta les estorbara.

El amor. Qué enfermedad más rara. Menos mal que yo estoy vacunada.

—Como sigáis así os voy a cobrar suplemento por exceso de azúcar —les digo mientras dejo dos copas sobre la barra.

Gael rompe a reír.

—Eso es envidia.

—No, eso es diabetes.

Jenni casi se atraganta con la bebida.

—Yo estoy con Lore. Desde que volvisteis en agosto dais bastante asquito.

—Pues bien que lloraste cuando Gael se declaró en mitad de la plaza —replica Sofi sacándole la lengua.

—Porque por una vez en su vida dio la cara, pesada.

—Y porque te encanta el salseo romántico —añado yo.

—También.

Las tres rompemos a reír.

Durante un rato el pub vuelve a llenarse.

La música sube de volumen, empiezan a entrar más clientes disfrazados y apenas tengo un segundo para respirar entre copa y copa.

Un payaso asesino me pide un gintonic. Una monja satánica, un mojito.

Y un tipo vestido de plátano insiste en que le ponga un chupito que dé mucho miedo.

No hago preguntas.

Hay cosas que es mejor no saber.

Cuando por fin consigo cinco minutos de tregua, apoyo los codos sobre la barra y resoplo.

—¿Cansada? —pregunta Sofi.

—No. Lo siguiente.

—Te dije que te vinieras a trabajar con nosotros.

—Y yo te dije que prefiero aguantar borrachos antes que niños de doce años.

Gael levanta una ceja.

—No sabes lo que dices.

—Sí lo sé. Los borrachos, al menos, acaban yéndose a su casa.

Todos estallan en carcajadas.

En ese momento la puerta del pub vuelve a abrirse. Entra una ráfaga de aire frío y dos personas disfrazadas. No les presto demasiada atención hasta que una de ellas se acerca despacio a la barra.

—¿Qué os pongo? —pregunto en automático mientras seco una copa.

—Buenas noches.

Reconozco esa voz.

Se me hiela la sangre. Levanto la vista muy despacio.

No.

No.

No puede ser.

De todos los pubs. De todas las ciudades. De todas las noches del año...

Tenían que aparecer precisamente aquí.

Miro a Jenni con cara de estar a punto de saltar la barra y engancharla de los pelos, como el sticker que le encanta utilizar contra Sofi cada vez que nos trolea.

—¿Cómo sabían dónde trabajaba?

Silencio.

Jenny bebe.

Sigo mirándola.

Jenny bebe otra vez.

—No me mires así...

—¿Qué has hecho?

—Yo no he hecho nada.

Silencio.

—Bueno...

—Jennifer... ¡Habla de una puta vez!

—Solo le dije en qué ciudad estabas.

—...

—Y el nombre del pub.

—...

—Y que veníamos disfrazadas.

—...

—Pero no pensé que fuese a decírselo.

Me quito el delantal y salgo de la barra dispuesta a echarlos.

¡Tendrá jeta!

Después de lo que ví, dije que no quería saber nada de él y tiene el morro de presentarse en mi trabajo disfrazado de vampiro buenorro… ¡Como si eso fuese a hacer que lo vaya a perdonar!

—¡Fuera de mi pub!

—Tecnicamente, no es tuyo. Además… conozco a la dueña y tengo permiso para estar aquí —replica con una calma que me deja helada.

¡Y una mierda!

—¡O te vas o te saco a la fuerza, tu mismo! —contesto todavía más enfadada.

Paso por su lado dispuesta a sacarlo si hace falta a rastras del local, cuando me sujeta de la muñeca inmovilizándome contra la pared.

—He venido hasta aquí para hablar contigo y me vas a escuchar quieras o no quieras. Llevas meses ignorando mis llamadas y mensajes… Pero, ahora ya no te me escapas…

Mi corazón late acelerado contra mi pecho. Intento coger aire para no dar un espectáculo en mitad del local.

—Aparta.

—No.

—Noah...

—Solo cinco minutos.

Mi mano se mueve sola y acaba en su cara dándole un sonoro guantazo.

—¡He dicho que no!

—Cinco.

—Ni cinco, ni cuatro, ni...

Se lleva la mano a la mejilla y con los ojos llenos de dolor insiste:

—Lore.

Su forma de decir mi nombre consigue exactamente lo que más rabia me da. Que durante un segundo levante la vista. Sus ojos están exactamente igual que la última vez. Y eso me enfada todavía más.

—Llevas cuatro meses colgándome el teléfono, bloqueándome y desapareciendo cada vez que intento hablar contigo.

Aprieto la mandíbula.

—¿Y todavía no has captado la indirecta?

Él suelta una risa sin humor.

—La capté el primer día.

Silencio.

—Lo que pasa es que también sé que no me dejaste explicarte.

Por un instante veo cómo aprieta la mandíbula.

—Entonces, deja de perseguirme —respondo

Intento soltarme.

Esta vez suspira.

—Lore... no sabes lo que viste aquella noche.

Me quedo completamente quieta. La rabia vuelve a subir por mi garganta.

—¿Perdona?

—No fue lo que piensas.

Suelto una carcajada tan seca que hasta Jenni deja de respirar.

—¿Ah, no?

Doy un paso hacia él sacando fuerzas de donde ya no me quedan.

—Porque yo juraría que vi perfectamente cómo te estabas besando con otra.

El pub entero parece desaparecer.

Solo estamos él y yo.

Noah niega muy despacio.

—Pues entonces viste justo el único segundo de toda la historia que podía hacerte creer eso.

Frunzo el ceño.

—No pienso escucharte.

—Lo harás.

—Ni en sueños.

—Lo harás porque llevo cuatro meses intentando encontrarte para explicártelo.

Silencio.

—Y porque no pienso volver a perderte sin haber podido decirte la verdad.

Mi corazón da un vuelco absurdo. Uno de esos que odio. Porque me hace recordar exactamente por qué me dolió tanto aquella noche.

Lo fulmino con la mirada.

—No sabes nada de mí.

Él sonríe con una tristeza que no esperaba.

—Eso es lo que vienes repitiéndote desde Alicante.

Hace una pausa y remata, casi en un susurro.

—Pero… los dos sabemos que no es verdad.

No soy capaz de responder.

Porque, por primera vez desde aquella maldita noche... hay una mínima parte de mí que duda.

Y eso...

Eso me da mucho más miedo que volver a verlo.