Capítulo 55
Rabiosa
Shakira
Oye, mami, vuélvete loca. Arúñame la espalda y muérdeme la boca, ajá, aja… Oye, papi, vuélveme loca. Arúñame la espalda y muérdeme la boca, ajá, aja… Rabiosa ah, ah, rabiosa, ah, ah
A l llegar a lo alto de la cuesta, las chicas me esperan muy sonrientes. Se nota que se lo están pasando genial a mi costa, pero no seré yo quien las contradiga.
Gael llega poco después con su sobrina, la pequeña, colgada de su espalda y su hermano Daniel que lleva cogida de la mano a la mayor.
Laura aparece mágicamente y se acerca a Gael toda sonriente.
« ¡Que falsa es! »
—Gael, ¿bajamos juntos? —pregunta acercándose demasiado.
« ¿Es que no sabe lo que es el espacio personal? »
—No, gracias —responde Gael delante de todo el mundo:
Silencio.
No ha sido borde, pero tampoco le ha dedicado una sola mirada.
—Voy a bajar con mis sobrinas... y, si Sofi quiere, con ella.
Laura se queda con cara de póker. No me extraña… Yo no sabría dónde meterme.
—Claro... parece que algunas aprovechan cualquier excusa para que las toquen.
Un murmullo comienza alrededor de nosotros.
—Pues peor sería aprovechar cualquier excusa para intentar separar a dos personas que se quieren —dice Reme desde su silla de ruedas.
Miro a Enrique que está sujetando la silla mientras gira la cara para que no lo vean reírse.
—Qué obsesión tienes con meterte donde no te llaman, hija —contesta Lore cruzándose de brazos.
—Relájate, Laura. Que el Splash es de agua, no de veneno —remata Jenni con una sonrisa venenosa en los labios.
Y ahí, la gente comienza a reírse muy alto.
Otros, siguen cuchicheando. Laura, que sabe que allí no pinta nada, se lanza por la cuesta aparentando una calma que sé que no tiene, mientras intenta parecer una modelo de pasarela.
Saluda con la mano a algunos jóvenes, los cuales creo que son alumnos suyos.
¡No puedo con ella!
Al llegar al final, intenta levantarse con estilo y lo único que consigue es que, tras resbalarse como me pasó a mí, se va de boca contra el suelo.
La multitud comienza a reírse mientras ella intenta levantarse con la poca dignidad que le queda.
Es decir, ninguna.
—Ay, hija... Si es que para ir de estrella primero hay que aprender a caer —dice Reme, demasiado alegre tras el espectáculo.
—A eso lo llamo yo un aterrizaje elegante —replica Jenni.
—¿Veis? El suelo pone a todo el mundo en su sitio —remata Lore chocando los puños con Jenni.
Me giro para que no me vean reírme. Porque, aunque Laura me esté dando el día, mis amigas y Reme acaban de recordarme algo que casi había olvidado.
Que cuando alguien intenta hacerte daño, tener a las personas adecuadas a tu lado lo cambia todo.
Porque, a pesar de que nos conocemos de no hace tanto tiempo, se han convertido en un pilar fundamental en mi vida. Y Reme...
Reme podrá ser una cascarrabias, pero detecta a las víboras a kilómetros.
Supongo que la experiencia es un grado.
—Tito… ¿Qué es el veneno? —pregunta la pequeña arrugando la frente.
Gael nos mira con cara de «ya os vale».
Acaricia el pelo de la peque y con más paciencia que un santo, responde:
—Es lo que tienen algunas especies de animales en su interior. Si te muerden o te pican, te hacen mucha pupa…
La niña asiente al comprender la explicación de Gael.
—Venga, vamos a lanzarnos —dice Daniel aguantándose la risa.
Gael mira la cuesta, luego la piscina improvisada al final del recorrido y niega con la cabeza.
—Con camiseta esto pesa una tonelada.
Se la quita de un tirón y durante un segundo... toda la cuesta parece quedarse en silencio.
Madre.
Mía.
Los veranos en el campo le han sentado demasiado bien.
Hombros anchos, brazos marcados, el pecho perfectamente definido y un ligero tono dorado que hace que más de una deje de escuchar lo que está diciendo el monitor.
Hasta un grupo de chicas empieza a cuchichear unos metros más allá.
—Pues sí que está fuerte el profesor... —se le escapa a una.
—Normal que media comarca suspire por él —responde otra.
Yo aparto la mirada en el acto.
O lo intento.
Porque vuelve a escapárseme.
Y otra vez.
¡Qué poca dignidad me queda!
Gael dobla la camiseta y se la deja sobre las piernas a Reme.
—Abuela, ¿me la vigilas?
—Como alguna venga a robármela, le doy con la silla —responde ella tan tranquila.
Las niñas estallan en carcajadas.
—¡Tito, corre! —grita la mayor tirándole de la mano.
Los cuatro se lanzan cuesta abajo riendo como niños pequeños.
Y yo...
Yo sigo preguntándome por qué demonios tenía que estar tan guapo.
Cuando llegan abajo, Laura da un paso hacia las niñas con una sonrisa. No sé si pretende caerles bien... o simplemente hacer como que aquí no ha pasado nada.
No llega a averiguarlo.
La pequeña da dos pasos hacia atrás y levanta las dos manos.
—¡No te acerques!
Laura se queda quieta.
—¿Por qué?
La niña la señala con el dedo y responde muy convencida:
—Porque eres venenosa.
Durante un segundo se hace un silencio sepulcral. Y acto seguido... media cuesta estalla en carcajadas.
—Perdonad... los niños dicen lo primero que se les pasa por la cabeza —dice Gael muerto de la vergüenza.
Y Reme, que no pierde la oportunidad, replica:
—Por eso suelen decir más verdades que los mayores.
Y así, entre risas, agua, pistolas, globos y pullas, pasamos el resto de la mañana hasta que se nos hizo la hora de comer.
Reme, en su papel de comandante, nos dijo que ella ya no estaba para tanto trote y que prefería comer en casa para luego tumbarse a descansar hasta la tarde que empezasen el resto de los juegos.
Gael y Dani, empapados de agua, subieron a su abuela por la escalera en un visto y no visto.
Cuando entramos en el piso, Gael se marcha a la habitación que usa cuando está allí y sale a medio vestir sin camiseta, y yo… me quedo unos segundos de más mirándolo.
« No me extraña… con esos músculos… »
Las chicas me dan un codazo. Reme sonríe con malicia. Y Dani, que ahora que las niñas se han ido con Enrique… solo piensa en comer.
—Tengo más hambre que un oso —anuncia Dani entrando directo en la cocina.
—Pues abre la nevera. No vaya a ser que se te caiga un brazo por prepararte un bocadillo —replica Reme.
Dani se lleva una mano al pecho.
—Abuela, un poco de compasión.
—La compasión está en el cajón de abajo. Búscatela tú mismo.
Todos rompemos a reír ante el descaro de Reme.
Voy hacia la cocina a beber agua y Gael viene al momento. Abre la nevera y se queda mirándola fijamente, como si los ingredientes fueran a multiplicarse por el simple hecho de contemplarlos.
—¿Qué hay para comer? —pregunta levantando la voz para que se le escuche.
—Lo que encuentres y seas capaz de prepararte —contesta Reme.
Él sonríe resignado.
—Perfecto. ¿Alguien quiere un bocadillo?
—Yo —responde Dani al instante.
—Yo también —dice Lore levantando la mano.
—Otro para mí —añade Jenni.
Gael suspira.
—Al final voy a abrir un bar.
Mientras va sacando el pan, el jamón y el queso, noto que se mueve por esta cocina como si todavía fuera un adolescente que pasa los veranos aquí con su abuela.
Sin pensar demasiado, me acerco.
—Déjame ayudarte.
Él levanta la vista.
—¿Seguro?
Asiento.
Durante unos minutos ninguno habla. Yo corto los tomates. Él prepara los bocadillos. De vez en cuando nuestras manos se rozan al coger el mismo plato.
No hace falta decir nada.
Hay silencios que duelen. Y otros... Que empiezan a curar.
Cuando terminamos la mesa ya está puesta, ya que, Dani y las chicas han sido amenazados de muerte por Reme.
Durante la comida, Reme monopoliza la mayor parte de la conversación contando anécdotas de cuando Gael y Dani eran pequeños.
Por primera vez en estas semanas, me relajo lo suficiente como para sonreír delante de Gael, el cual sigue sonrojado al descubrirse que durmió hasta los doce años con un peluche en forma de dinosaurio.
Cuando estamos en lo mejor de la sobremesa…
—Se acabó. Fuera todos —dice Reme.
Todos la miramos.
—¿Qué?
—Que una tiene una edad y necesita echarse la siesta. Y vosotros también. Esta tarde quiero que ganéis esa yincana que para hacer el ridículo ya tenéis energía de sobra.
—Pero si aún son las tres... —protesta Lore.
—Precisamente. Las mejores siestas empiezan antes de darte cuenta.
—¿Y si hacemos guardia por si se escapan estos dos? —añade Jenni.
—Ni guardias ni historias. Cada uno a su casa. Ya conspiraréis luego.
Así que tras recoger lo poco que hemos ensuciado, nos marchamos para dejarla descansar. Los chicos se quedan allí por si necesita algo en nuestra ausencia.
***
A las seis en punto estamos todos en la plaza de nuevo tras una mini siesta que nos ha sentado a gloria bendita. El alcalde vuelve a coger el micro, no sin antes reventarnos los tímpanos.
—¡Buenas tardes! ¿Preparados para seguir haciendo el ridículo?
Los vecinos aplauden entre risas.
—Bien... La siguiente prueba es... ¡¡¡La carta traviesa!!!
Un murmullo recorre la plaza al instante.
Uy...
Eso no puede traer nada bueno.
—La prueba consistirá en que las parejas se pondrán todas en fila y la carta irá pasando de boca en boca hasta que solo queden dos personas, independientemente de que sean de la misma pareja, o no. Si las personas que quedan son de la misma pareja, puntúa doble.
Se escuchan silbidos, aplausos y más de un «¡uuuuuuh!» entre el público.
Las chicas se frotan las manos mientras escuchan las instrucciones. Reme, desde su silla de ruedas, arquea una ceja como quien espera ver arder el pueblo. Daniel levanta los pulgares en señal de ánimo. Y entonces aparece mi suegra favorita...
Bueno.
Mi única suegra posible.
Carmina.
—Laura, ponte aquí... al lado de Gael —dice mientras la coloca prácticamente a empujones.
Laura no tarda ni dos segundos en obedecer. Se sitúa pegada a él con una sonrisa que me pone los nervios de punta. Aprieto la mandíbula. Jenni resopla. Lore pone los ojos en blanco. Y Reme...
Reme sonríe. Esa sonrisa solo significa una cosa.
Carmina acaba de mover ficha. Pero todavía no sabe que está jugando contra tres tramposas... y una anciana con demasiados años de experiencia.