El verano en que dejaste de odiarme Capítulo 54
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Capítulo 54

Pan y mantequilla

Efecto pasillo

Camina, cada paso tuyo a mí me contamina. Mueve las caderas como gelatina. Lindura divina, te comería con pan y mantequilla. Candela, un par de chupitos de ron miel y velas…

N unca pensé que correr con el tobillo atado al de Gael pudiera hacerme recordar lo bien que encajábamos cuando dejábamos de intentar llevarnos la contraria.

Pero la realidad me golpea en forma de mujer.

Laura se acerca hacia Gael con esos pantalones cortos que parecen diseñados para provocar infartos y una sonrisa de anuncio de pasta de dientes.

—¿Las víboras tienen piernas? Pensé que se arrastraban… —dice Jenni lo suficientemente alto para que Gael y la susodicha lo escuchen.

Parece que me lee el pensamiento la muy…

—Solo le falta mudar la piel por el calor… —replica Lore.

—¡Ehhh! Que aquí la experta en animales soy yo —responde Jenni conteniendo la risa.

—Yo tengo un master en zorras y en víboras —remata Lore, cruzándose de brazos y perdonándole la vida con la mirada a Laura.

Tengo que morderme la lengua para no reírme.

—Venga chicas, vamos a beber algo fresquito antes de que empiece la siguiente prueba —digo intentando sacarlas de aquí antes de que la sangre llegue al río.

—Ay… Yo quería participar contigo —dice Laura demasiado melosa, mientras toca el brazo de Gael.

¡La mato!

« Gael ya no es nada tuyo… »

Noto cómo se me revuelve el estómago.

Gael baja la vista hacia la mano de Laura y, con toda la naturalidad del mundo, da un pequeño paso hacia un lado.

El suficiente para que deje de tocarlo.

—Creo que las parejas ya están hechas —responde con educación.

No añade nada más.

Ni sonríe.

Ni busca conversación.

Y, por alguna extraña razón, ese simple gesto consigue que me relaje un poco.

Solo un poco.

Empiezo a caminar hacia la barra para sofocar este calor y ya de paso, la mala ostia cuando escucho a Jenni gritar:

—¡Oye! La manita relajá .

—Eso, que van al pan y esa barra no es tuya —le sigue Lore.

Una vecina se acerca hasta mí con una curiosidad digna de periodista.

—¿Las conoces?

Bebo un largo trago de agua antes de contestar.

—No. No sé quiénes son.

El micrófono pita con un chirrido que hace que media plaza se tape los oídos. El alcalde vuelve a aparecer en el escenario.

—¡Atención! ¡Segunda prueba!

Hace una pausa dramática.

—¡¡¡La carretilla!!!

¿Perdón?

Miro a Gael. Luego miro mis brazos. Después vuelvo a mirar a Gael.

Me niego.

Peso demasiado. Él mide un mundo. Y no pienso ir recogiendo mis dientes por toda la plaza delante de medio pueblo.

—Ni hablar —murmuro dando un paso atrás.

Gael se gira hacia mí.

—No te vas a caer.

—Eso lo dices porque los dientes son míos.

—Sofi...

—No.

—Confía en mí.

Suelto una carcajada seca.

—¿Ahora?

La palabra se queda flotando entre los dos. Durante un instante vuelve ese silencio incómodo de las últimas semanas.

Gael baja la vista un segundo.

—Solo para esta prueba.

Maldito.

Así dicho cuesta muchísimo decir que no.

Me coloco resignada. Él se agacha frente a mí.

—Las manos aquí.

Le obedezco.

Cuando va a cogerme de los tobillos, vuelvo a tensarme.

—No me sueltes.

Levanta la cabeza inmediatamente.

—Ni aunque me pagaran.

Y, por alguna razón estúpida, le creo.

—¡Preparados! —grita el alcalde.

El silbato suena y doy el primer paso.

Segundo.

Tercero.

—¡Más despacio! —protesto.

—¡Si voy despacio!

—¡Pues no lo parece!

—¡Sofi, confía un poquito!

—¿Te recuerdo cómo acabó la última vez que confié en ti?

Silencio.

—Tienes razón... —murmura.

La culpa en su voz me desarma durante una décima de segundo.

Demasiado.

—¡Venga, pareja! ¡Que vais los últimos! —grita el alcalde.

Levanto la cabeza.

El resto ya nos saca varios metros.

—Como perdamos por discutir, Jenni y Lore no nos lo perdonan en la vida...

Gael resopla.

—Entonces deja de discutir cinco minutos.

Lo miro de reojo.

Tiene razón.

Odio cuando tiene razón.

—Vale... manda tú.

Me mira sorprendido.

—¿En serio?

—No te acostumbres.

Una sonrisa diminuta aparece en la comisura de sus labios.

—A la de tres aceleramos.

Asiento.

—Una...

—Dos...

—¡Tres!

Y entonces ocurre algo que no esperaba. Gael empieza a cargar prácticamente con todo mi peso. Yo solo tengo que avanzar con las manos mientras él hace el esfuerzo por los dos.

—¿Estás haciendo fuerza tú solo? —pregunto jadeando.

—Sí.

—Pues así cualquiera.

—Calla y avanza.

—Qué mandón eres...

—Y tú muy protestona.

—Eso también.

Sin querer... me río.

Él también.

Solo un poco.

Lo suficiente para que Jenni pegue un grito desde la banda mientras carga con Lore.

—¡¡¡MILAGROOOO!!! ¡¡¡HAN HABLADO SIN INTENTAR MATARSE!!!

Toda la plaza rompe a reír.

Seguimos avanzando adelantando a algunas parejas. Parece que nuestros cuerpos recuerdan algo que nuestras cabezas llevan semanas empeñadas en olvidar y todo empieza a fluir solo.

Él regula el ritmo. Yo acompaño cada movimiento. Giramos el cono sin perder el equilibrio. Esquivamos a otra pareja que acaba de caerse. Escucho a la gente aplaudir.

—¡¡¡VAMOS, SOFI!!!

—¡¡¡GAEL, NO AFLOJES!!!

Cada vez estamos más cerca de los primeros.

—¡Ahora! —grita él.

Aceleramos.

Los adelantamos por la derecha. La plaza entera empieza a animarnos.

—¡¡¡CORRED!!! —grita Enrique

—¡¡¡QUE YA LOS TENÉIS!!! —ahora es Dani quien levanta la voz por encima del resto.

Y justo en ese momento… cuando quedan pocos metros...

Gael pisa mal desestabilizándonos. Cierro los ojos antes del impacto, pero nunca llega. Cuando los abro, Gael está de rodillas sujetándome sin dejarme caer. Sus rodillas están llenas de tierra.

Durante un instante todo parece detenerse.

Lo miro antes de que las palabras salgan solas de mi boca:

—Te has hecho daño...

—¿Tú no?

Niego despacio con una pequeña sonrisa en los labios.

—Pues entonces ha merecido la pena…

Me quedo un momento embobada mirándolo. Aparto la mirada porque esa frase le desarma por completo.

No respondo. Porque si lo hago... me rompo.

—¡¡¡VENGA!!! ¡¡¡QUE OS ADELANTAN!!! —grita mi madre haciéndome volver a la realidad.

Gael vuelve a ponerse en pie, y cargando con casi todo mi peso, acelera lo máximo que puede.

Los últimos metros son un caos.

Mis brazos ya no pueden más. Las piernas de Gael tiemblan… Pero ninguno afloja.

Cruzamos la meta un segundo después.

—¡¡¡GANADORES!!!

Toda la plaza aplaude.

Gael me suelta inmediatamente para ayudarme a levantarme.

—¿Estás bien?

Asiento mientras intento recuperar el aire.

Tiene las rodillas completamente llenas de tierra.

—Te las has dejado...

Él baja la vista y se encoge de hombros.

—Mejor las rodillas que tú…

¡Maldito Gael!

¿Por qué tiene que decir justo esas cosas cuando más empeñada estoy en seguir enfadada?

No sé quién empieza a aplaudir. Primero uno. Luego otro. Y otro. Hasta que media plaza está dándonos una ovación como si acabáramos de ganar una medalla olímpica.

—¡Esos tortolitos! —grita Lore levantando los brazos.

—¡Primer puesto para los recién casados! —añade Jenni.

—¡¡¡NO SOMOS NADA!!! —respondemos Gael y yo exactamente al mismo tiempo.

Las muy traidoras chocan las palmas.

—Pues hasta discutís al unísono...

Resoplo fingiendo que me molestan, pero, muy en el fondo, hacía semanas que no me reía así. Y eso... es bastante más peligroso que cualquier prueba de aquella yincana.

El alcalde vuelve a coger el micrófono.

—¡Un fuerte aplauso para todas las parejas! La clasificación provisional se publicará esta tarde antes de reanudar la yincana.

Un murmullo recorre la plaza.

—Pero antes... ¡vamos a refrescarnos un poco!

En quince minutos dará comienzo el ya tradicional Splash de las Fiestas.

Los más valientes podrán lanzarse por la rampa acuática instalada en la cuesta de la iglesia.

¡Y no os preocupéis! Habrá mangueras, cubos de agua y guerra de pistolas para quien quiera sobrevivir al calor.

Los niños empiezan a gritar de emoción. Más de un adulto también.

—¡Nos vemos de nuevo a las seis de la tarde para continuar con las pruebas! ¡No lleguéis tarde, que aún quedan muchos puntos por repartir!

Nada más terminar el anuncio, Jenni se gira hacia nosotras con una sonrisa que da bastante miedo.

—Chicas...

Lore ya está dando saltitos.

—Tengo una idea.

Trago saliva.

Cuando esas dos dicen que tienen una idea... siempre hay una víctima. Y, por cómo me están mirando... empiezo a sospechar que voy a ser yo.

—¿Sabéis contar? Pues no contéis conmigo —digo antes de echar a correr por la plaza.

Ambas me persiguen durante minutos hasta que al final me rindo.

Jadeando y con más sed que un camello en mitad de un desierto, comenzamos el ascenso hasta la cuesta de la iglesia.

Las chicas, que parecen Lara Croft versión pija —Jenni— y versión gótica —Lore—, apenas están cansadas.

¡La madre que las parió!

Cuando llegamos a lo alto, los niños ya están lanzándose y algunos adolescentes están picándose con las pistolas de agua.

Una colchoneta gigante recorre toda la cuesta hasta la plaza. Chorros de agua la mantienen empapada mientras varios voluntarios echan jabón cada pocos minutos para que aquello resbale todavía más.

Lo que viene siendo una trampa mortal.

Jenni observa toda la cuesta con esa sonrisa que solo pone cuando está a punto de cometer un delito sin antecedentes penales.

Lore se frota las manos.

Mala señal.

Muy mala.

—Ni de coña —digo frenando en seco.

Jenni y Lore intercambian una mirada.

Esa mirada.

La que significa que ya han tomado una decisión sin contar conmigo.

—Venga, Sofi. Solo es tirarte una vez.

—No.

—Dos.

—Tampoco.

—Tres y te invitamos luego a un granizado.

Las miro con los ojos entrecerrados.

—¿Me estáis intentando comprar?

—Sí.

—Qué barato sale vuestro cariño...

Lore me rodea los hombros.

—Es que no tenemos más presupuesto.

No puedo evitar soltar una risa.

Error.

En cuanto me relajo, las dos aprovechan. Cada una me agarra de un brazo.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Soltadme!

—¡A la de tres!

—¡Una!

—¡Dos!

—¡¡¡No me empujéis!!!

No llegan al tres.

Me lanzan igualmente.

—¡¡¡OS ODIOOOOOOOO!!!

Desciendo a toda velocidad por la colchoneta mientras el agua me salpica la cara. Grito tanto que creo que media provincia acaba de enterarse de mi nombre.

Llego abajo como un proyectil.

Intento ponerme en pie. Mala idea. El jabón hace de las suyas y vuelvo a perder el equilibrio. Cierro los ojos esperando besar el suelo, pero nunca llega. Un brazo rodea mi cintura sujetándome antes de caer. Abro los ojos despacio.

Gael.

Otra vez.

Sus manos siguen sujetándome con firmeza.

—¿Estás bien? —pregunta sin apartar la mirada de la mía.

Asiento demasiado deprisa.

—Sí...

No me suelta inmediatamente. Espera a comprobar que recupero el equilibrio. Solo entonces, aparta las manos.

—Menos mal... —murmura.

—¿El qué?

—Que esta vez sí llegué a tiempo.

No sé qué contestar. Porque esa frase significa mucho más de lo que parece.

—¡¡¡OOOOOOOH!!! —grita media cuesta.

Levanto la cabeza.

Jenni y Lore están arriba haciendo un corazón con las manos.

—¡¡¡BESO, BESO, BESO!!! —empiezan a corear varios adolescentes, encantados con el espectáculo.

—¡Qué pesados sois! —grito completamente roja.

—¡¡¡OTRA VEZ!!! —grita Lore desde arriba de la cuesta—. ¡¡¡SE PEGAN MÁS QUE LAS ETIQUETAS DEL TÁPER!!!

—No las conozco... —murmuro tapándome la cara con las manos.

Gael baja la cabeza para que solo yo pueda escucharlo.

—Pues yo me alegro de conocerlas.

Y el muy idiota... consigue que vuelva a sonreír.

Mientras subo otra vez la cuesta hacia las chicas, intento convencerme de que todo aquello no significa nada.

El problema... es que mi corazón parece no estar dispuesto a colaborar.