Capítulo 53
Deja que mueva mueva
Sonia y Selena
Con una mano en mi cintura, deja que mueva mueva mueva. Eso eso eso es lo que quieres de verdad y conmigo bailar y bailar toda la noche, eso eso eso es lo que quieres pa' gozar.
N o pienso apuntarme a la yincana. Bastante ridículo he hecho ya estas últimas semanas, como para encima, ponerme ahora a correr con un tobillo atado al de otro desgraciado delante de medio pueblo.
Por no recordar la cenita de anoche… Intenté varias veces acercarme a hablar con Sofi para decirle que lo de invitar a Laura a cenar había sido cosa de mi madre, no mía.
Nada.
No hubo manera. Mi madre no me dejó respirar y me tuve que conformar con verla de lejos charlando con las chicas y bailar un par de canciones con… su primo el de Zumosol .
Estoy apoyado en la barra con Dani y un par de amigos mientras terminamos la cerveza.
—¿Te vas a apuntar a la yincana? —pregunta uno.
—Ni de coña —respondo demasiado rápido.
—Dicen que el premio es un viaje a Sevilla.
—Pues que lo disfrute otro —replico de mala leche.
Ahora mismo me da igual Sevilla, París o el Caribe. Yo solo quiero dejar de pensar. O, mejor dicho... Quiero dejar de pensar en ella.
Aunque, visto lo visto, eso parece misión imposible.
Miro alrededor casi sin querer. Sofi está al otro lado de la plaza con Jenni, Lore... y mi abuela.
Todavía no entiendo cómo han conseguido adoptarla en menos de veinticuatro horas. Las cuatro hablan animadamente y mi abuela no deja de reír. Hace meses que no la veía así.
Qué cabronas.
La palabra me hace sonreír sin querer.
Algo estarán tramando… Desde aquella llamada con Jenni llevo con la mosca detrás de la oreja.
« Confía en nosotras » .
« Operación Verbena » .
Muy bonito.
Pero nadie me ha explicado qué demonios significa eso.
Solo sé que cuando esas dos sonríen de esa manera... alguien termina metido en un lío.
El alcalde vuelve a subir al escenario con un folio en la mano.
—¡Bueno! Ya tenemos las parejas de la yincana.
Empiezan los aplausos.
La gente se acerca. Yo sigo donde estoy. Ni me inmuto.
—Primer equipo...
Va diciendo nombres. Aplausos, silbidos. Más nombres. Más parejas. Hasta que...
—Gael Navarro...
Levanto la cabeza.
Perdón.
¿Qué?
Miro alrededor convencido de haber escuchado mal. Dani empieza a descojonarse.
—¿No decías que no te apuntabas?
—¡No me he apuntado!
El alcalde continúa.
—...y Sofía Martínez.
Silencio.
Toda la plaza gira la cabeza al mismo tiempo. Incluida Sofi. Nos miramos exactamente igual, con la misma cara de gilipollas.
Los dos hablamos a la vez.
—¡Yo no me he apuntado!
Media plaza rompe a reír. El alcalde consulta el papel.
—Aquí pone que ambos entregasteis vuestra inscripción antes de las once.
—¡Eso es imposible! —grito.
Al otro lado de la plaza, Sofi levanta una mano.
—¡Yo tampoco!
Entonces veo algo.
Jenni y Lore. Las dos intentando contener la risa. Mi abuela... Ni siquiera hace el esfuerzo. Está riéndose abiertamente.
Ah, ya entiendo.
Operación Verbena.
La madre que las parió.
Busco con la mirada a las tres culpables. Jenni levanta el pulgar. Lore me guiña un ojo. Mi abuela simplemente se encoge de hombros con esa cara de: ¿Qué vas a hacer?
Resoplo.
Estoy rodeado de delincuentes. Y encima, organizadas. Que es todavía peor.
El alcalde vuelve a hablar por el micrófono:
—¡Primera prueba!: —deja una pausa dramática—. ¡Carrera con los tobillos atados!
¡Ja! Qué sentido del humor tiene el de ahí arriba…
Mi hermano se acerca con una sonrisa de imbécil en la cara y deja caer:
—¿Qué decías? Ah, sí. Que no ibas a correr con el tobillo atado al lado de otro desgraciado… Bueno, al menos es Sofi…
Lo miro con ganas de asesinarlo, pero en lo único que puedo pensar es que voy a tener a Sofi para mí, aunque sean unos minutos.
Me acerco hasta la línea de inicio donde los organizadores del concurso se encargan de anudar a cada pareja.
Lore se acerca disimuladamente arrastrando la silla de mi abuela. Cuando llega a mi altura murmura:
—Uy... qué casualidad.
Jenni, que viene justo detrás, dice mirando al cielo.
—El destino es maravilloso.
Mi abuela… intenta silbar, pero con la dentadura no puede.
Sofi llega al momento arrastrando los pies. Parece que va al matadero.
Cuando nos tienen atados cojo el brazo de Sofi y ésta se zafa del agarre.
—No hace falta que me sujetes.
—Pues como no te sujete nos estampamos.
—Pues nos estampamos.
Joder…
El pito suena indicando la salida, y nada dar tres pasos, nos caemos al suelo. Todo el pueblo comienza a reírse.
¡Me cago en la leche! ¡Que cabezota es!
La ayudo a levantarse y antes de arrancar a correr vuelvo a hablar.
—Escúchame Sofi, o te sujetas o nos vamos a estar cayendo toda la mañana…
Silencio.
—Solo tienes que seguir mi paso.
—No pienso seguirte a ningún sitio —responde Sofi.
Puedo ver la indecisión en su rostro. Mira hacia el resto de concursantes que ya nos han adelantado y resignada se sujeta de mi brazo.
Empezamos a correr completamente desacompasados; no en vano le saco tres cabezas. Poco a poco encontramos el ritmo y, cuando estamos llegando a la meta en segunda posición...
La gente nos anima, hasta mi abuela desde su silla.
Un subidón comienza a correr por mi cuerpo. Acelero el paso y Sofi tropieza con su otro pie. La sujeto instintivamente de la cintura durante dos segundos... en los que nos quedamos pegados el uno al otro sin hablar.
Solo respirando.
Cuando estamos llegando a la meta en segunda posición, una de las parejas nos adelanta por el otro lado justo cuando Sofi tropieza.
—¡¡¡VAMOS TORTOLITOS QUE QUEDÁIS TERCEROS!! —grita Lore cruzando la línea de meta en primera posición con Jenni.
Corremos los últimos metros como podemos y cruzamos la meta terceros por apenas medio metro de los segundos.
Las chicas saltan, gritan y celebran la victoria como si hubieran ganado unas Olimpiadas. Mi abuela aplaude desde la silla de ruedas con una sonrisa que hacía demasiado tiempo que no le veía.
Yo apenas escucho nada.
Solo la miro a ella. Todavía tiene una mano apoyada en mi antebrazo. Se da cuenta unos segundos después y la aparta despacio, como si acabara de recordar que ya no debería tocarme.
Pero durante un instante...
No se apartó. Ni yo quise que lo hiciera. Tampoco dejó de reír. Llevaba semanas sin escuchar esa risa.
La echaba de menos más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
No sabía si la Operación Verbena iba a funcionar, ni si algún día volvería a mirarme como antes. Pero, por primera vez desde que me dejó...
Sentí que todavía no estaba todo perdido.