Capítulo 52 #2
—Lore, levanta un poco más.
—¡Si levanto más se cae!
—¡No se cae! ¡Empuja!
—¡Estoy empujando!
—¡Pues empuja mejor!
—¡No discutáis, que me estáis poniendo más nerviosa vosotras que la gravedad! —protesto.
Las tres rompen a reír.
Al final, contra todo pronóstico, llegamos abajo. Cuando las ruedas pisan la calle, levanto la vista.
Mi pueblo.
Las calles están llenas de banderines de colores que cruzan de balcón a balcón. Huele a tortilla recién hecha, a pollo asado, a coca de tomate, a cerveza fría y a pólvora vieja que parece quedarse impregnada en las piedras todos los veranos.
Los niños corren con pistolas de agua. Los adolescentes ya empiezan a hacer el tonto. Los mayores sacan las mesas plegables de los locales y saludan a cualquiera que pase por delante. Siempre ha sido así.
Y ojalá nunca deje de serlo.
—¿Preparada, comandante? —pregunta Lore.
La miro de reojo.
—He sobrevivido a una guerra bastante más complicada que bajar estas escaleras.
Las dos sonríen.
Empujan mi silla hasta la plaza. Nada más aparecer, varias personas se quedan mirándome.
—¡Reme!
—¡Pero bueno!
—¡Cuánto tiempo!
Levanto una mano saludando como si fuera la reina de Inglaterra.
—No hagáis tanto escándalo, que aún me vais a hacer creer que me habéis echado de menos.
—¡Claro que sí!
—¡Ya era hora de verla por aquí!
Y por primera vez en muchísimo tiempo... Me siento parte del pueblo otra vez.
Llegamos hasta la plaza. En el escenario ya está colocado el atril. El alcalde golpea dos veces el micrófono. Ese chirrido insoportable hace que media plaza se tape los oídos.
—Probando... uno... dos...
Ahora sí.
—Muy buenas noches a todos...
Mientras comienza el discurso, las chicas dejan mi silla junto a una de las mesas, pero noto que no paran quietas. Se miran. Se hacen gestos. Desaparecen unos segundos. Vuelven.
—Mañana a las diez de la mañana comienza la primera prueba de la yincana.
Tenéis hasta las once de esta noche para apuntaros.
Se concursará por parejas y el premio es un viaje a Sevilla con alojamiento y excursiones incluidas —sigue hablando el alcalde, explicando las normas y demás información que ahora mismo no consigo retener en mi mente ya que por el rabillo del ojo estoy vigilando a las chicas.
Jenni guarda discretamente unos papeles doblados dentro del bolso. Lore hace el gesto de «todo controlado».
No hace falta ser adivina para saber que acaban de cometer algún delito menor.
Cuando regresan, me inclino un poco hacia ellas.
—¿Qué habéis hecho?
Las dos sonríen exactamente igual. Eso nunca trae nada bueno.
—Nada...
—Mentís fatal.
—Bueno...
Lore mira alrededor para asegurarse de que Sofi sigue hablando con unas vecinas.
Entonces susurra:
—Digamos que... mañana las parejas de la yincana van a ser... interesantes.
No puedo evitar que se me escape una carcajada.
—¿Habéis amañado el sorteo?
Jenni carraspea.
—No. Todavía no. Preferimos llamarlo... corregir una injusticia del destino.
Las miro orgullosa. Estas dos son más peligrosas que una caja de bombas.
Y me encantan.
En ese momento, Jenni se acerca a mi oído.
—Tenemos que conseguir que jueguen juntos.
Estas dos no me conocen todavía.
—Dejadme a mí —respondo mirando hacia mi nieto que, como no, está mirando a Sofi mientras, ella saluda a unos amigos.
Cuando el alcalde finaliza el discurso de inauguración de las fiestas, baja del escenario y comienza a saludar a los vecinos con esa sonrisa ensayada
Cuando al fin mira en mi dirección, le hago una seña con un dedo para que se acerque.
El alcalde tarda una eternidad en llegar. Se para a saludar a media plaza, estrecha manos, besa mejillas y, si llega a haber una cabra por allí, también la saluda.
Si piensa que voy a morirme antes de que llegue... la lleva clara.
—¿Qué necesita, Reme?
Miro a ambos lados para asegurarme de que nadie escucha.
—¿Sigues debiéndome aquel favor del noventa y ocho?
El alcalde se queda blanco.
—Reme...
—¿Sí o no?
Suspira.
—Sí.
—Pues mañana quiero que dos personas jueguen juntas.
—Eso no puedo hacerlo... —contesta el alcalde intentando hacerse el digno.
Con que esas tenemos…
Abro el bolso y saco un sobre. El alcalde me mira, luego mira el sobre, se rasca la nuca mirando hacia todas partes, mira el sobre de nuevo y finalmente me mira a mí.
—Pues qué pena... —suspiro mientras vuelvo a guardarlo muy despacio en el bolso.
Empiezo a mover la silla de ruedas como si fuera a marcharme.
Uno...
Dos...
—¡Espere! —dice el alcalde.
Sabía yo que no iba a aguantar.
El alcalde traga saliva.
—¿Quiénes? —pregunta como si estuviera llegando a un trato para cometer un delito.
—Mi nieto Gael y Sofi, la hija de Ana.
El alcalde mira al cielo unos segundos.
—Reme... un día va a acabar conmigo.
—Pero hoy no.
El alcalde asiente cerrando el trato. Se marcha con deberes pendientes para mañana.
Jenni y Lore se acercan en cuanto el alcalde está a unos metros.
—¿Ya lo tiene convencido? —pregunta Lore.
—Era más fácil de lo que pensaba —contesto saludando con la mano a una vecina que, me juego la mano y no la pierdo, estaba intentando poner la oreja.
—¿Qué había en el sobre? —pregunta Jenni.
—Nada —respondo con una mueca
Silencio.
—¿Cómo que nada?
—Nada de nada. Estaba vacío.
Las dos me miran como si acabaran de descubrir que llevo décadas viviendo del crimen organizado.
—¿Entonces por qué ha aceptado? —pregunta Lore algo contrariada.
Sonrío satisfecha del resultado de mi argucia.
—Porque él tampoco sabía lo que había dentro.
Hago una pausa.
—Las personas honradas no se ponen nerviosas cuando ven un sobre vacío.
Otra pausa.
—Las que esconden algún muerto... sí.
—Señora... creo que me estoy enamorando de usted —responde Lore justo antes de darme un abrazo.
—Pues ponte a la cola.
—¿Hay mucha?
—Llevo ochenta y cuatro años rompiendo corazones.
Jenni resopla.
—Esta mujer es peligrosísima.
Sonrío satisfecha.
Ni ellas imaginan hasta qué punto.
A los pocos minutos empiezan a sacar las mesas plegables, las sillas y los táperes. En cuestión de minutos, la plaza se llena del olor a tortilla de patatas, empanadillas, ensaladilla rusa y carne empanada.
Las chicas colocan mi silla junto a una mesa. Sofi se sienta a mi lado. Justo cuando estoy pensando en comer escucho la voz que menos ganas tenía de oír.
—¡Laura! Ven, mujer. Siéntate con nosotros.
Levanto la cabeza muy lentamente.
Ahí está. Mi nuera acaba de invitar a esa muchacha a nuestra mesa. Todos saben que lo hace a propósito.
Miro a Gael.
La expresión de mi nieto es un poema.
—Mamá... —murmura incómodo.
—¿Qué pasa? Hay sitio de sobra.
Sí. Sitio hay. Vergüenza ya no tanta.
Laura sonríe con educación y se sienta junto a Gael. Sofi deja de mover el tenedor. No dice nada, ni falta que hace. La conozco demasiado bien. Cuando una mujer deja de hablar de golpe... es porque está librando una guerra por dentro.
Carmina empieza a servir bebida como si aquello fuera la cena de Nochebuena.
—Laura, prueba la tortilla. A Gael siempre le ha encantado.
Ya estamos. No pierde una oportunidad…
Miro a Jenni, luego a Lore. Ellas me miran a mí. Las tres pensamos exactamente lo mismo. No aguanto ni un minuto. Apoyo las manos en los reposabrazos.
—Niñas —digo más alto de lo que pretendía.
Las dos se acercan.
—¿Sí?
—Llevadme.
—¿Dónde?
Señalo discretamente la otra punta de la plaza.
—A cualquier sitio donde no tenga que cenar viendo este circo.
Lore casi se atraganta de la risa.
Jenni hace un esfuerzo sobrehumano por mantener la compostura, y, fracasa en el intento.
—Mama… ¿A dónde vas? —pregunta mi hijo.
Lo miro por encima de las gafas.
—A cenar tranquila. Porque con algunas personas... se me corta la digestión.
—Abuela… cenemos todos juntos… —interviene Daniel.
Recorro la mesa con la mirada.
Carmina. Laura. Mi hijo. Daniel. Y, por último, Gael.
Pobrecillo...
A ese ya lo doy por perdido.
—No.
Hago una pausa.
—Esto parece un nido de víboras y yo ya tengo una edad para andar esquivando mordiscos.
Mi hijo Enrique comienza a toser para no reírse. Gael esconde la cara entre las manos. Laura… no sabe dónde meterse.
Y Carmina...
Carmina aprieta tanto la mandíbula que por un momento pienso que se le van a romper las muelas.
—Agente Reme, iniciamos cambio de posición —anuncia Lore poniéndose firme.
—Objetivo asegurado —añade Jenni con una voz grave tan exagerada que por poco me hace escupir la dentadura.
Sofi se levanta sin pensárselo.
—Voy con vosotras.
Claro que viene. Jamás la dejaría sola y mucho menos esta noche.
Entre las tres maniobran con la silla como si estuvieran escoltando a una jefa de Estado.
Levanto un dedo.
—Con cuidado, que luego dicen que conduzco mal.
Las cuatro nos alejamos entre risas hasta una mesa libre en la otra punta de la plaza.
Muchísimo mejor.
Hay cenas que alimentan el cuerpo. Y otras...
Te salvan la salud mental.